Sólo me tengo a mí

Por Oswaldo Osorio Image

Casi siempre la adolescencia es una etapa crítica en la que se viven situaciones críticas y se toman decisiones críticas. Pero en el caso de Tristán Romeo, el adolescente de La buena vida (1998), opera prima del joven director español David Trueba, el asunto es más crítico todavía, y de eso ya nos previene su mismo nombre, cuyos referentes histórico-literarios están marcados por un ineluctable sino trágico. En principio este adolescente es uno como cualquiera, que se las tiene que ver con cuestiones como el colegio, la familia y el despertar al amor y al sexo; pero es el advenimiento de una tragedia lo que modifica substancialmente su comportamiento y su visión de la vida y, por ende, lo que hace de él un adolescente singular que protagoniza también una singular historia. Para efectos de tratamiento del tema, el someter al protagonista en un momento crítico de su vida a situaciones todavía más extraordinarias, permite una mirada más profunda y una reflexión más amplia a esos años que nunca nadie olvida.

Esta película tiene la virtud de hacer comedia en medio de la tragedia sin quitarle la gravedad a las situaciones. Su humor descansa, principalmente, en unos diálogos ingeniosos, en algunas situaciones que de lo trágicas resultan cómicas y en el personaje del abuelo, que se encuentra en las antípodas del protagonista, pues lo que Tristán tiene de confundido el abuelo lo tiene de lúcido, o cuando el joven se muestra con miedo ante el camino de un futuro todavía por recorrer, el viejo resulta temerario porque vive en el pasado y ya no espera nada de la vida. El joven quiere vivir y el viejo quiere morir, y la película nos obliga a ver las mismas situaciones pero a través de estas dos miradas opuestas.

Por otra parte, La buena vida, que se podría definir como una epopeya de la cotidianidad, es además una historia original y bien contada, con unos personajes llenos de fuerza y encanto, todos ellos articulados a la presencia de Tristán Romeo (interpretado con plena eficacia por el actor Fernando Ramallo), quien nos da una segunda versión de esos otros personajes que vemos desfilar por su vida y luego desaparecer, porque la sensación de pérdida es un elemento determinante en esta historia y en la construcción del personaje central: son las sucesivas pérdidas de seres queridos, ya por muerte o distanciamiento, las que se constituyen en los giros argumentales de la película y las que marcan la evolución del personaje en la historia; son esas pérdidas las que permiten, por encima de todo lo emotivo y divertido que resulte el filme, una reflexión sobre aspectos como el amor, la familia, la tristeza, la soledad, la muerte y, por supuesto, la adolescencia.

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