Poesía forzada

Por Oswaldo Osorio Image

Giuseppe Tornatore nos ha emocionado y conmovido con películas como Cinema Paraíso (1989), Todos estamos bien (1992) o El fabricante de estrellas (1997). Ahora con esta nueva película trató de hacer lo mismo, pero su esfuerzo en hacerlo fue demasiado evidente y el efecto de emocionar y conmover fue débil e intermitente, cuando no sospechosamente complaciente. Tal vez la explicación de esta poca fortuna para lograr lo que antes hacía con tanta facilidad y efectividad (y honestidad), sea que el director italiano quiso “internacionalizarse”, pero por el camino más fácil, y también riesgoso, para un director con talento, esto es, apoyarse en grandes productores, rodar en inglés, con actores de Hollywood y haciendo un tratamiento de su historia más “accesible” para el mayor número de público posible.

Es probable que Tornatore ya se haya dado cuenta de que su entrañable Cinema paraíso ha tenido más espectadores de los que nunca tendrá este nuevo filme, porque ese universo y el tono intimista no exentos de poesía que logró crear con aquella historia sobre el cine y la nostalgia, es sólo malograda imitación en La leyenda del pianista en el océano (Novecento, 1999). Estas virtudes también están presentes en la conmovedora Todos estamos bien, donde el universo es la vejez y el tono la tristeza causada por la soledad y la desilusión; y también en la trágica El fabricante de estrellas, otro homenaje al cine y a sus espejismos. Y es que Giuseppe Tornatore hasta ahora había sido uno de esos directores con un cine que no sólo es la sumatoria de un argumento, unos diálogos y unas imágenes, sino que con la combinatoria de estos tres elementos crea un cuarto, el cual a veces sólo es perceptible cuando se tiene dispuesta esa misma sensibilidad que fue necesaria para ser creado. Es esa capacidad para poner en juego y hacer latentes ciertos sentimientos, atmósferas, estados de ánimo o ideas. Es ese factor indefinible logrado muchas veces en sus películas por directores como Francois Truffaut, Luis Buñuel, David Lynch, Eliseo Subiela, Wong Kar-Wai o Aki Kaurismaki.

Y es que a esta historia sobre un hombre que nace en un enorme crucero y toda su vida la pasa en él tocando el piano como un virtuoso, negándose a poner alguna vez pie en tierra, le falta ese factor x que la pudiera hacer entrañable o conmovedora como las otras; muy a pesar de que argumentalmente la idea, extraída de la novela de Alessandro Baricco, es muy atractiva y es permanente la espectativa que se crea en torno al futuro de este singular hombre llamado Mil Novecientos. Pero es que ese universo de leyenda poética que trata de crear Tornatore, casi siempre es inconsistente y poco satisfactorio, ya porque le falta verosimilitud a la historia y su personaje, o porque hace muchas concesiones al sentimentalismo y a un artificioso tono poético. Es como si ese factor x del que hablo, lo hubiera querido crear a priori y luego sumar al filme, y no hacerlo posible gracias al juego de los elementos de la puesta en escena.

Personaje fantasma

Es precisamente en la construcción de su personaje central, médula de todo el filme, con lo que más artificial e inconsistente se muestran tanto película como director. Porque la esencia de este personaje sólo se sostiene sobre la anécdota de nunca haber tocado tierra y en su virtuosismo en el piano, que parece haber conseguido por generación espontánea. Por lo demás, resulta un fantasma como carácter, un ser asexuado, apolítico, amoral y con la dimensión sicológica de una tecla de piano. Todo esto se puede corroborar con la pobreza y laconismo de sus diálogos, que tampoco logran revelarnos un verdadero personaje. No importa que no sea real, con que sea verosímil, sólido y con fuerza es suficiente, aunque sea hecho de pura leyenda y fantasía. Su justificación de porqué no bajaba del barco, por ejemplo, demuestra su debilidad y elementalidad como personaje, pues decir que no iba a tierra porque le asustaba, no lo que veía, sino lo que no veía, esas calles sin final (!) que se abrían tierra adentro, parece más una excusa. Y si era una excusa, ¿cuál era la razón verdadera? No se sabe, la película nunca lo dijo, ni siquiera lo insinuó.

Otro indicio de que este personaje, y por ende la película, tiene serias carencias, es que muy a pesar de que fuera interpretado por un actor de probada versatilidad y talento como Tim Roth, éste no pudo superar los límites impuestos por su personaje. Por eso Mil Novecientos se antoja como una imagen bidimensional que sólo sirve como ilustración al relato de otro, de un narrador que facilita todo y es impuesto en detrimento del relato cinematográfico. Nada qué ver este personaje plano y sin identidad con los sentimientos vivos y esa humanidad que se desprenden, por ejemplo, de la relación entre Toto y Alfredo en aquel cine de pueblo, o de Mastroiani viejo y solo buscando a sus hijos en una ciudad inhóspita para él, o también del buscador de estrellas que, de pueblo en pueblo con una cámara sin película, encontró su propia estrella trágica.

Como toda gran producción, la factura de La leyenda del pianista en el océano es impecable. Pero también como en toda gran producción, son evidentes las concesiones que se hicieron, y la sensibilidad y talento de Giuseppe Tornatore se vieron sometidos por un tratamiento superfluo y artificioso. Sólo habría que recordar esa secuencia del duelo al piano entre Mil Novecientos y el célebre jazzman Jelly Roll Morton, uno de los creadores del jazz (que no el inventor como dicen en la película). Es todo un monumento al efectismo y al lugar común, que Roland Emmerich o cualquier otro director bajo contrato en un estudio de Hollywood no lo hubiera podido hacer peor.

En la película el narrador varias veces nos dice que un hombre no está acabado mientras tenga una buena historia que contar y alguien que la escuche, pero eso no se aplica justamente en este caso, porque de nada sirve una buena historia si no se sabe contar y tampoco sirve alguien que la escuche, si luego, como a los que esperamos siempre una película de Tornatore, se les decepciona de esta manera con la historia contada.

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