La dialéctica de los esquemas

Por Oswaldo Osorio Image

Durante mucho tiempo se consideró al director norteamericano Brian De Palma como el sucesor de Alfred Hitchcock en aquello de concebir y manejar el suspenso cinematográfico. Esta idea se tuvo, principalmente, a finales de los setenta y principio de la década siguiente, gracias a películas suyas como Hermanas (1973), Carrie (1976), Vestida para matar (1980) o Blow out (1981).

Sin embargo, a lo largo de la década del ochenta y lo que  va corrido de ésta, esa idea se ha ido disipando. Durante ese tiempo el cine de Brian De Palma ha perdido la vistosidad que le confería su especialización en el suspenso, más exactamente en un sub-género llamado thriller sicológico, para dispersarse en géneros y temáticas ajenos a él. Esa dispersión vio películas de tan buena factura como Los intocables (1987), pero también otras tan dudosas como La hoguera de las vanidades (1990).

Aunque es indudable que De Palma aprendió mucho del primer maestro, Hitchcock, tanto que llegó a ser criticado en muchas ocasiones por copiarlo, también es cierto que con sus películas supo refinar y sistematizar el suspenso propio de Hollywood, un suspenso que podríamos llamar más comercial y efectista, ya que se funda en la solapada mirada de la cámara, en el manejo sugestivo de la música, en el histrionismo que engaña y en la conveniente administración de falsas pistas, de lo oculto y lo sugerido.

Independientemente del género al que se inscriba, la gran cualidad del cine de Brian De Palma es la inventiva y dinámica visual de un estilo caracterizado por la fluidez narrativa. De ahí que su principal talento radique en la pericia con que maneja el ritmo en la edición, a la que, incluso, llegó a incorporar algo de la teoría del montaje de las atracciones de Eisenstein. Son estos elementos los que le han permitido casi siempre llevar a buen término las elaboradas historias que concibe y que, por lo general, descansan sobre complejas estructuras narrativas.

Su última película de suspenso puro, su último thriller sicológico, fue Demente (1991), desde entonces ha realizado Carlitos way (1993), una vivaz historia sobre un gángster que quiere jubilarse; Misión Imposible (1996), lo más descaradamente comercial de toda su carrera; y Ojos de Serpiente (Snake eyes), su más reciente película y la razón principal de este comentario.

Su Último Legado

Después de ver Ojos de serpiente, tal parece que jugar al director taquillero le quedó gustando a Brian De Palma, porque con una película de género, un buen presupuesto respaldándolo y la presencia de Nicolas Cage, una estrella que no puede estar en mejor momento, esta producción iba a la fija; además, es evidente que no corrió ningún riesgo, ni siquiera el más mínimo: sucumbió a los vicios del cine de género y apegarse a los esquemas parece haber sido su principal precepto.

Este filme cuenta la historia de una conspiración, y de un policía corrupto que saca ética y moralidad de no se sabe dónde para desenmascararla: un político es asesinado en un gran encuentro de boxeo a causa de intereses económicos y militares, este suceso dispara una trama cargada de un poco de intriga, un poco de suspenso y un poco de acción, todo en la proporción justa para hacer una película a la medida del gran público, de los grandes dividendos.

Es cierto que, en un principio, el filme muestra algunos destellos de pericia narrativa, con todas las cualidades que antes mencionaba: inventiva visual, fluidez, gran trabajo en el montaje y una elaborada estructura narrativa. Esto sucede, especialmente, cuando es reconstruido el momento del asesinato superponiendo los distintos puntos de vista de los testigos. Pero pasada esta secuencia, que no por ser un modelo ya conocido deja de ser magistral, la película cae inevitablemente en los esquemas propios del género, al punto de hacerla en muchas oportunidades del todo predecible, y por eso, carente de fuerza.

Lo más esquemático de todo es la construcción de los dos personajes centrales, interpretados por Nicolas Cage y Gary Sinise: son viejos camaradas de armas y grandes amigos; el primero, es un policía que se dedica al soborno y la extorsión oficial a pequeña escala; el segundo, tiene un alto cargo en el ejército, y con sólo verlo, ya sabemos que es “el malo de la película”, sabemos que en cualquier momento va a traicionar a su amigo y le partirá el corazón cuando lo inste a elegir entre él (su amigo del alma) y “hacer lo correcto”. Lo sabemos porque ya conocemos los estereotipos y encasillamientos que maneja Hollywood con sus actores: la tiranía del star system impone que Nicolas Cage tenga sus pecadillos, pero que no sea inmoral ni malvado (especialmente si va a ser el próximo Superman); y también dicta que si Gary Sinise fue un malo convincente en El Rescate (1996), entonces puede repetir su interpretación, aunque parezca el mismo personaje en dos películas diferentes.

Aparte del ya mencionado esquematismo de la historia y sus personajes, a Ojos de serpiente se le abona su buen ritmo narrativo, lo cual la hace una película entretenida. Claro que esta cualidad, para un director como Brian De Palma, no debería resultar nada halagüeña. Este buen ritmo narrativo  sólo nos dice que detrás del filme hay un director que conoce su oficio (como tantos hay), pero eso ya lo sabíamos, lo sabíamos, incluso, desde que realizara hace treinta años aquella precaria pero encantadora película con un casi impúber Robert De Niro, titulada Hi mom.

Pareciera que estamos siendo testigos, como nos ha ocurrido ya tanto, de la decadencia de un director que alguna vez fue uno de los grandes. Y es que de la alucinante El fantasma del paraíso (1974), de aquella epopeya gángster, algo chapucera pero llena de vitalidad, titulada Caracortada (1983), o de la casi perfecta Los Intocables, a estas dos últimas concesiones al cine-crispeta, es decir, Misión Imposible y Ojos de serpiente, hay demasiada diferencia. Ni la industria, ni el cine de género y mucho menos los casi sesenta años de edad que tiene este director, sirven de excusa para explicar esta actitud suya para con el cine. Sólo esperamos que algún día, el ya irregular y otrora atractivo cine de Brian De Palma, vuelva a ser lo que era antes; esperamos que no se muera dejándonos esta desafortunada película como su último legado.

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