De la buena consciencia

Oswaldo Osorio

Un traductor afgano y un pelotón de soldados alemanes. Ahí están los dos mundos, como tantas veces nos los han contado las películas europeas, con su mirada extrañada y compasiva, aunque la mayoría de veces condescendiente. Entonces este filme repite el guion sobre la historia del salvaje Medio Oriente, signado por la violencia y la barbarie, mientras los europeos son testigos impotentes de una realidad que nunca alcanzan a comprender, pero que aún así insisten en intervenir.

Este pelotón de soldados alemanes es asignado a proteger un pueblo en Afganistán. Tropas inútiles de la OTAN que solo hacen gestos de auxilio, pero que, cuando llegan los momentos decisivos, su burocracia militar no les permite intervenir. Eso es lo que se lee de fondo en esta película y por lo que de alguna forma alcanza a ser valiosa, aunque sea para los espectadores que nunca han visto las tantas películas que han contado esta misma historia, y de mejor manera.

La directora parece querer dar cuenta de los dos mundos a través de su pareja de protagonistas, el comandante del pelotón y el traductor, pero fracasa en su propósito, porque nunca alcanzamos a acercarnos a ninguno de los dos, pues están construidos con gestos obvios y mecánicos, diseñados para decir literalmente lo que ella quiere decir: "Aunque soy un soldado invasor, en esencia soy un hombre noble y humanista que lucha contra el sistema"; o "Soy un joven optimista, a pesar de ser también sobreviviente de la violencia y la injusticia del fundamentalismo islámico".

Ver esta película es esperar lo previsible y repasar el discurso condescendiente del cine europeo aquejado por la buena consciencia sobre todos esos pueblos bárbaros. Puede que sea un cine necesario, sobre todo para aquellos que necesitan el didactismo geopolítico e ideológico del mundo actual, pero la forma elemental como abordan los temas y los personajes impide valorarlo como un cine significativo, sensible y sutil.

Esta directora había logrado acercarse a la complejidad de esos dos mundos en choque con su película La extraña (2010), pero aquí solo pudo contar una historia obvia y cargada de intenciones políticamente correctas, una historia cansada y previsible que quiere dar lecciones de compasión, crítica política y sentimentalismo, pero que solo consigue que el espectador se moleste con su mensaje por la debilidad de sus argumentos.   

 

Publicado el 11 de octubre de 2015 en el periódico El Colombiano de Medellín.     

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