La soledad, el dolor, la tristeza y esa lluvia

Por Oswaldo Osorio Image

Tan impactante y reveladora es esta película en toda su propuesta narrativa, argumental, cinematográfica y de creación de personajes, que causa dificultad decir algo sin antes reflexionar mucho sobre ella, digerirla y, si es posible, verla una segunda vez. Se trata de una película coral, donde no es uno sino varios personajes los que llevan el ritmo de, no una tampoco, sino varias historias, las cuales se tocan en algunos puntos o se entrelazan, no por casualidad, sino porque así es la vida, y también porque estos personajes y estas historias tienen en común la misma soledad, la misma tristeza y el mismo malestar consigo mismos y con el mundo que los rodea. Este no es un filme convencional, sus tres horas de duración así lo advierte de antemano, y luego lo vemos confirmado con esa historia que empieza como una taquicardia, luego sigue casi todo el tiempo como un dolor profundo y creciente, para terminar como un lógico disparate y una leve esperanza de vida.

Pero antes seguir hablando de ella, es necesario mencionar que su joven director, Paul-Thomas Anderson, ya nos había sorprendido en su opera prima, Boogie nights (1998), con su vertiginosa y aguda mirada sobre el mundo del cine porno durante los años setenta, un filme de ascenso y caída donde se evidencia la debilidad de la naturaleza humana cuando baja la guardia ante las adversidades, y la facilidad con que éstas pueden hacer de la vida un callejón sin salida. Magnolia (1999) tiene muchos de estos elementos, sobre todo en lo que tiene que ver con adversidades y callejones sin salida, porque sus diez personajes y sus más o menos seis historias, no son precisamente los más afortunados y están atrapados en las trampas de sus propias decisiones, de sus debilidades, de su pasado y su mala suerte.

Causa y consecuencia

¿Pero cómo hablar de una película con diez personajes y seis historias de manera entendible y sin parecer muy complicado? Tal vez de la misma forma como Paul-Thomas Anderson lo hizo con imágenes y mediante un montaje que necesariamente tuvo que tomar un gran protagonismo con el ensamblaje y relación de todo ese material tan diverso, pero, al mismo tiempo, con tantos canales internos por los que, implícita o explícitamente, podía haber comunicación entre todos ellos. Un primer punto de partida, entonces, es la premisa que pone en duda la casualidad y, en oposición, propone la causalidad: todo puede estar relacionado o ser consecuencia de acciones pasadas. Esto, por su parte, nos lleva a otro punto de convergencia de casi todas las historias: el pasado. Dice uno de los personajes que “siempre creemos haber terminado con el  pasado, pero que el pasado no ha terminado con nosotros”. Es el pasado el que une (o desune) a algunos personajes con otros: a un hijo abandonado, que se esconde bajo sus teorías para dominar mujeres, lo une con el padre que lo abandonó y que agonizante sufre por ello; a un niño genio de un programa de televisión, manipulado por los adultos, con un frustrado hombre que alguna vez fue también un manipulado niño genio de televisión; o a una mujer, drogadicta y amargada por los abusos de que fue víctima en la infancia, con su padre que se siente culpable y con su madre que nunca supo nada.

Pero por encima de ese pasado que todo lo marca y por encima de ese preciso y sincopado montaje, que sabe hasta qué punto dejar avanzar una historia para continuar con otra y luego retomarla en esa misma tensión sostenida en que la dejó y aumentarla o resolverla; por encima de esos dos elementos que, como la lluvia (¡y qué lluvia!), todo lo unen en esta película, hay una serie de sentimientos que atraviesan a todos los personajes, a todas esas situaciones, sin importar que el niño genio nunca se vea con ese policía inseguro y de principios firmes, o que el enfermero tímido, que sufre con la agonía de su paciente, no tenga relación alguna con muchos de los otros personajes. Esos sentimientos son la soledad, la frustración, la tristeza, el dolor y unos anhelos para casi todos imposibles de alcanzar. No son sentimientos aislados, por supuesto, sino que obedecen a esa premisa de la causalidad, donde las consecuencias de las acciones y decisiones del pasado han llevado a esa soledad, ésta a la frustración y al dolor y todo ello a una sorda insatisfacción que los hace desear lo que han perdido o que nunca han tenido.

¿Cúal sueño americano?

Con esta película nuevamente vemos el revés del sueño americano, pero con una audacia narrativa y con una incisiva mirada poco comunes en el cine norteamericano. La propuesta de una película como Belleza americana (Sam Mendes, 1999), por ejemplo, que ha sido tan aplaudida y recibida con una complicidad casi esnobista, tanto por el público como por la Academia que la llenó de galardones, es una propuesta muy parecida a la de Magnolia, pero, y sin demeritar tampoco el filme de Mendes, resulta ingenua y pobre frente al delirante arrobamiento de las situaciones, personajes y narración del filme de Paul-Thomas Anderson. Mientras que Belleza americana muestra un poco de insolencia ante la llamada clase media norteamericana, manteniendo estereotipados todos esos antihéroes que propone y con los que, por lo tanto, logra una sospechosa identificación con el público; Magnolia, con respecto a estos antihéroes y lo que representan, verdaderamente trata de mirar en sus entrañas y sacarles un poco de lágrimas y sangre. Y esto lo hace con honestidad y a veces sin pudor, al punto de parecer una película demasiado ensañada con la soledad, el dolor y la tristeza, pero eso sí, exenta de cualquier pesimismo radical que pueda entorpecer o corromper esa mirada lúcida y abierta sobre el universo que recrea, una mirada que trasciende las anecdotas y las situaciones mismas, para plantear preguntas sobre la naturaleza y condición humanas con relación al mundo contemporáneo.

Es por eso que con esta película estamos ante un cine maduro, complejo y significativo, un cine que le apuesta por igual a una originalidad y honestidad en sus planteamientos argumentales y temáticos y también en sus recursos cinematográficos, porque esta película no sería lo mismo sin el virtuosismo de un montaje que le impone una perfecta dinámica al paralelismo y entrecruzamiento de las historias y personajes, montaje que se sirve y marca el ritmo de y a una banda sonora que tiene una importante presencia dramática y narrativa, y un momtaje que ordena unas imágenes concebidas con gran cuidado en la creación de ambientes y en la caracterización de personajes. En definitiva, una película que no sólo es cine (por aquello de las imágenes en movimiento) ni sólo es una historia (con acciones, conflicto y personajes), sino que es todos estos elementos concebidos y dispuestos de tal forma -de esa forma de la que muy pocos conocen el secreto- que les confiere la calidad de arte.

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