El inútil oficio de calcar

Por Oswaldo Osorio Image

La última película del otrora sugestivo director Gus Van Sant parece un chiste de mal gusto, cuando no una gran estupidez. Y es que se le ocurrió la disparatada idea de hacer un remake de Psicosis (Psycho, 1960), una de las películas más míticas de la historia del séptimo arte y por la que la gente más recuerda a ese gran maestro del suspenso (y del cine por supuesto) que fue Alfred Hitchcock. Claro que remakes innecesarios (y esto es ya un pleonasmo) los hay por centenares, lo que no hay es calcos exactos, copias milimétricamente idénticas de una película, que es lo que hizo Gus Van Sant y que es también lo que obliga a cambiar el adjetivo de innecesario por el de absurdo. Sería como si a alguien se le ocurriera volver a hacer, tal cual, El ciudadano Kane.

Gus Van Sant comenzó a perder su horizonte cuando hiciera ese producto típicamente hollywoodiano titulado En busca del destino (1997). Él era un director que nos tenía acostumbrados a otro tipo de cine, más original, más lírico y más sugestivo, como ya lo había calificado inicialmente. Porque no otra cosa se puede decir de películas suyas como Drugstore cowboys (1988), Los dueños de la noche (1991) o Todo por un sueño (1996). Para hacer esta película-espejo antepuso como excusa, según sus propias palabras, que pretendía renovarla para hacerla accesible a las nuevas generaciones y de paso homenajear al maestro Hitchcock. Esta explicación no podría satisfacer a nadie por muchas razones:

Primero que todo, resulta por completo inútil este ejercicio porque la fuerza de la película original está estrechamente ligada al hecho de haber sido realizada hace casi cuarenta años, con lo que su historia y sus ingredientes principales, el suspenso y la sorpresa, tienen gran eficacia y validez vistos desde la perspectiva temporal. Pero contar de nuevo una historia ya conocida hasta el cansancio y con un suspenso casi elemental, digerido y reinventado cada tantos años, conocido y superado por el público hace cincuenta películas, es cosa que no causa gracia ni efecto en nadie.

Y esto es lo más paradójico y lo que más desvirtúa el intento de Gus Van Sant: la película original fue concebida por Hitchcock teniendo en cuenta al público más que cualquier otra cosa: “La construcción de esta película es muy interesante y es mi experiencia más apasionante como juego con el público. -le contaba a Francois Truffaut- Con Psicosis, dirigía a los espectadores...” Y en efecto, lo que más llamó la atención del maestro fue el hecho de poder asesinar a la protagonista antes de la mitad de la película, cosa que resultaba una verdadera sorpresa, pues contradecía aquella regla de oro en Hollywood, aún hoy vigente, que no permite que muera la estrella (en este caso Janeth Leigh), por lo menos no antes del último rollo. Claro que este fue el único detalle del que se olvidó Gus Van Sant: no asesinó a una estrella, porque Anne Heche de ninguna manera lo es, razón de más para que se haya perdido el efecto logrado por la primera versión.

Puro cine

Un crítico, de quien no importa su nombre porque muchos han dicho casi lo mismo, escribió sobre Psicosis: “...la trama es absurda y se remata con una ridícula lección de sicología para aficionados, pero aún así logra sobrecoger una y otra vez, lo cual no es poco decir teniendo en cuenta que el impacto inicial depende del elemento sorpresa.” Hitchcock sabía esto, sabía que la película se sustentaba más en la sorpresa que en el suspenso, porque su intención era hacer horror y no una película de intriga como siempre; sabía que hacía un filme sin mayores connotaciones, que se trataba de puro cine y así se lo dijo a Truffaut: “No es una gran interpretación lo que ha conmovido al público. No es una novela de prestigio lo que ha cautivado al público. Lo que ha emocionado al público es el film puro.”

Pero resultaba imposible que Gus Van Sant pudiera hacer esto mismo casi cuarenta años después, no sólo porque ya no podía sorprender a nadie, y mucho menos horrorizar, pues los resortes que mueven el miedo de los espectadores ya se encuentran a años luz y ese viejo horror ya no asusta a nadie, sino porque hacer un “film puro” con elementos de aquella época pero para el público de los noventa resulta un evidente anacronismo. Es por eso que la película de Hitchcock, con su blanco y negro, sus viejas estrellas  y la dinámica y estética del cine de los cincuenta, se ve como lo que es, como la importante obra que fue en su tiempo, llena de momentos brillantes y con una propuesta original. En cambio, la Psicosis 99 se ve anticuada, elemental y sin sustancia.

Y es que lo único que hizo Gus Van Sant fue ponerle color y cambiar los actores, y dicho así escuetamente se dimensiona aún más la inutilidad e incoherencia de esta película. Todavía habría sido más lógico hacer un remake como cualquier otro, que acaso indignara pero que no produjera este desconcierto. No hace mucho Andrew Davis hizo esto con La llamada fatal (1954), esa película en que Alfred Hitchcock parecía filmar una obra de teatro, y la convirtió en un estilizado y bien empaquetado thriller titulado El crimen perfecto. Muy a pesar de los convencionalismos propios del cine de género, esa película estuvo mucho más cerca de renovar a Hitchcock para las nuevas generaciones.

Además, si se tratara de renovar de la manera como lo quiso hacer Gus Van Sant, es decir, repitiendo casi enfermizamente cada imagen y cada diálogo de una película que se quiere celebrar y homenajear, los cineastas de hoy tendrían que volverlo a hacer todo de nuevo, desde David Griffith, pasando por Orson Welles, hasta Federico Fellini. Es que el sólo hecho de decirlo irónicamente resulta ya absurdo e inoficioso.

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