Una vida en la pantalla

Oswaldo Osorio

El elemento que más moldea y manipula el cine es el tiempo. Se habla del cine como el arte de la síntesis del tiempo. Pero además de sintetizarlo, también lo expande, lo corta, lo deforma y lo trastoca. Esta película, por ejemplo, desarrolla una historia de doce años en casi tres horas de argumento. La diferencia es que mientras a cualquier filme le toma unas semanas rodar un relato, este se demoró los mismos doce años que dura la historia que cuenta.

Entonces se ve transcurrir la infancia y la adolescencia de Mason en la pantalla, la actitud como asume la vida y la relación con sus familiares y amigos. Y luego de la sorpresa de ver crecer a este niño y ver envejecer a sus padres a lo largo del relato, se impone la pregunta: ¿Era necesario esto, por qué no usaron varios actores para el uno y maquillaje para los otros como lo ha hecho siempre el cine? Pero inmediatamente surge la respuesta: Porque el efecto habría sido distinto.

Richard Linklater prescinde de manipular el transcurso del tiempo, quitándole todo el efectismo e  ilusión que normalmente son usados en estos casos. Ya lo había hecho de cierta manera con su trilogía de Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes de la media noche (2013), en las que cuenta la historia de una misma pareja durante dieciocho años. Es como ser testigos del cauce del río del tiempo, es como ver transcurrir la vida misma, con todas las alegrías y estragos de la cotidianidad, incluyendo tanto los tiempos muertos como los más intensos y dramáticos.

El relato, naturalmente, salta de año en año (Linklater rodaba dos semanas cada año) y muestra la vida en general sin sobresaltos de Mason, con su mirada entre calmada y confundida por los sucesos de su entorno familiar, empezando por el desfile de padrastros, las frecuentes mudanzas y la evolución de la relación con su padre. Este último es el que evidencia el cambio más radical en esos doce años. Pasa de ser un hombre rebelde y hasta un poco irresponsable, a ser un adulto incrustado en el sistema con su nueva familia y una camioneta. Es un cambio del que el personaje es consciente y por ello se muestra resignado y la película, por su parte, lo presenta como algo inevitable, aunque reprochable.

Esa vida sin sobresaltos, mirándola en retrospectiva, resulta un poco ordinaria. Revela una suerte de anestesiamiento existencial de una familia de clase media estadounidense. Para los niños parece solo un lapso de preparación para la vida y para los adultos, sobre todo para la madre, al parecer es el periodo más importante  de su vida. En cualquiera de los dos casos es un panorama un poco gris y uniforme. En la historia están presentes algunos momentos de felicidad y pequeñas alegrías cotidianas, que en últimas se supone que de eso se trata la vida, pero el director no hace mucho énfasis en estos.

Pero independientemente de las conclusiones que cada quien saque de esta cinta, lo cierto es que se trata de un audaz experimento narrativo y de punto de vista. Linklater apela a las posibilidades del montaje para concentrar orgánicamente una historia de vida que tiene ya una potente cohesión por el realismo en el tiempo que transcurre para los personajes. Es la vida ante la pantalla, tanto por su inédita concepción del tiempo como por el seguimiento que hace a este niño y a su familia.

Publicado el 19 de octubre de 2014 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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