Dios la bendiga Mrs. Robinson

Por Oswaldo Osorio Image

El graduado (1968) llegó a ser la popular película que es porque en ella se conjugaron factores como la provocación, la innovación formal, la complacencia con el público y una buena (y pegajosa) banda sonora. Fue muy popular en su momento (la tercera más taquillera en la historia de E. U.) y lo sigue siendo aún, pero no es un clásico del cine, que es algo muy diferente. De todas formas, se trata de una película llena de virtudes y que sigue cautivando al espectador muy a pesar del desgaste del tiempo: el tema de la relación entre una mujer adulta y un joven, aunque ya no escandaliza como entonces, sigue siendo atractivo por el tratamiento que se le dio; pero sobretodo, es esa confrontación del mundo adulto con el de los jóvenes la que sigue manteniendo su fuerza y vigencia, porque la película es un retrato de esa clase media indolente y adormecida por el confort y su engañada confianza en sí misma, una generación que, como la describiera un comentarista, “lo tuvo todo y lo perdió en un sin fin de martinis y barbacoas.”

Esos adultos y su mundo, mostrado tan certeramente por Mike Nichols, bajo la inspiración de la novela de Charles Webb, esperan que los jóvenes los releven, que les sigan sus pasos y se conviertan en ellos. Incluso en el convencimiento de su sabiduría y de poseer la verdad, creen que con una sola palabra pueden revelarle el secreto de la vida a esos jóvenes que todavía no tienen definido su futuro; porque en esta película ese es asunto clave, el futuro, de él dependen las relaciones entre jóvenes y adultos, es en función suya que se toman o no las decisiones, que se ataca o defiende el rumbo que toman los acontecimientos y por donde más fácil se puede romper esa armonía artificial creada a partir del bienestar económico, los rituales sociales y las convenciones. Pero esos adultos no cuentan con que se enfrentan ante una mentalidad, la de los jóvenes, que es impredecible, apática, confundida, rebelde o todas las anteriores; y sobretodo, no cuentan con que los tiempos, como diría Bob Dylan entonces, estaban cambiando, y esa juventud de las postrimerías de los años sesenta sí que sería una generación marcada por la confrontación con el mundo de los adultos, declaradamente inconforme y, a la vez , idealista ante la idea del futuro.

Bueno, pero otra cosa es el rumbo que toma la segunda parte del filme, que es la que le quita los méritos para ser un clásico y la que le dio más popularidad, sobretodo por ese inolvidable final que se ha convertido en un icono cinematográfico. Es en esta parte donde se torna más complaciente: con el público juvenil por el romanticismo y con el adulto porque en esencia se vuelve al estado “natural” de las cosas. Y si a todo esto se le suma la puesta al día de su concepción visual, de a cuerdo con las tendencias de las nuevas olas europeas, donde los ángulo insólitos, la cuidada composición de las imágenes y un montaje poco convencional, más las ya célebres canciones de Simon & Garfunkel, que impusieron toda una tendencia en la musicalización de películas, y las no menos célebres interpretaciones de Dustin Hoffman y Anne Bancroft; tenemos una película que necesariamente le llegaría al público y que marcaría algunos precedentes en la concepción formal y en el tratamiento de ciertos temas en el cine norteamericano. 

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