El método disfrazado de virtud

Por Oswaldo Osorio Image

Autores que evidencian su cinefilia y su rigor con el estudio y manejo del discurso cinematográfico hay muchos, pero de todos ellos, muy pocos saben aplicar esa experiencia visual y ese conocimiento para crear productos inéditos y originales. Este es, precisamente, el principal reto de directores y guionistas, un reto que el joven y (al parecer) talentoso Alejandro Amenábar difícilmente ha sabido superar en su película Abre los ojos (1997).

El filme se enmarca en las vastas fronteras de algo que podría llamarse “suspenso onírico-sicológico”. Un rótulo ostentoso, sin duda, pero que contiene los tres elementos esenciales que se manejan en la película, y por lo tanto, los que mejor la definen y caracterizan.  Es a partir de ellos, entonces, que Amenábar construye el argumento y la estructura narrativa de todo el filme. Esto quiere decir que se trata de una enmarañada trama llena de engaños y juegos, que giran en torno a lo real y  lo soñado, y a lo concreto y lo imaginado.

Y efectivamente, Abre tus ojos nos cuenta la historia de César (Eduardo Noriega), un joven apuesto, adinerado y hedonista, que tiene como única preocupación la seducción de hermosas mujeres, pero justo la noche en que conoce a la mujer de su vida, sufre un accidente que le desfigura la cara. De ahí en adelante, se disparan todos los resortes del juego sicológico y onírico: César se siente rechazado por su horrible aspecto, tal vez algún día lo curan y todo vuelve a ser como antes, tal vez sólo lo soñó y sigue igual de monstruoso, tal vez es verdad pero delira y no lo quiere aceptar, o tal vez todo aquello nunca sucedió y la explicación es por completo distinta.

Todo este material está presentado de manera impecable: movimientos precisos de cámara, encuadres bien cuidados, una fotografía entre efectiva y esteticista, nada qué lamentar de la puesta en escena y una edición eficaz y contundente. Indicio inequívoco éste, entre otras cosas, del gran respaldo económico que adquirió este director español con Tesis (1995), su ópera prima. Pero nunca es necio insistir en el trillado asunto de la forma y el fondo, y en esta película, hay una evidente oposición entre las cualidades de una y otro, pues mientras técnica y formalmente nada tiene que envidiarle a la cinematografía de cualquier país, su fondo, su contenido, deja mucho qué desear.

El principal reparo que puede hacérsele a este segundo largometraje de Amenábar es, aunque parezca paradójico, el gran conocimiento que tiene del género. Y es que Abre los ojos es una película de suspenso que sigue al pie de la letra las reglas y códigos propios de este tipo de cine. Se trata de un filme bien estructurado, limpiamente narrado y con un hábil manejo de los elementos y recursos que normalmente utiliza cualquier cineasta para ese juego manipulador del espectador, para el constante engaño y la maliciosa intencionalidad en el suministro de la información. Sólo que, como lo planteaba inicialmente, no se trata únicamente de conocer las fórmulas del género, esa no es condición suficiente para hacer una buena película, el cine de Hollywood nos lo demuestra todos los días. En estos casos, es decir, en el cine de género, se trata es de saber aplicar esas fórmulas que lo constituyen como tal, esto es, combinarlas, innovarlas e incluso subvertirlas, de lo contrario, el resultado será una obra tan idéntica a las de su género, como las muchas reproducciones de un cuadro realizadas con técnicas diferentes.

Claro que esto no es nuevo en Alejandro Amenábar, pues su muy laureada Tesis ya adolecía de este mismo inconveniente. Es cierto que en ella, muy aplicadamente, tanto en el guión como en la dirección, sabe usar las convenciones del género (en este caso el thriller) y logra causar los efectos buscados, pero, si por esto fuera, en definitiva no pasaría de ser una cinta más de suspenso: con unos crímenes sin resolver, una víctima acechada y un sicópata sanguinario. Adicionalmente (excepción hecha del manejo del sonido), la factura de este filme está muy lejos de los logros de Abre los ojos. De principio a fin las imágenes carecen de atractivo, e incluso, muchas pecan por deficiencia. Esto, sumado a un montaje imperfecto y descuidado, le restan vigor a un argumento que gira, precisamente, en torno a la imagen. Directores como Win Wenders, Giuseppe Tornatore y, en el caso español, el mismo Pedro Almodóvar, han sabido sacarle muy buen provecho a la imaginería del cine y el video, no sólo estética sino también conceptualmente.

Lo único que no se le puede negar a Tesis es el interés y morboso atractivo que despierta su tema central: el snuff. Aunque ya lo habíamos visto en la enfermiza Videodrome (1982), de David Cronenberg, nos encontramos en este filme con un tratamiento más directo y descarnado. No obstante, más que una reflexión sobre el snuff, se trata es de una tímida denuncia, pero sobre todo, de usarlo como recurso que sirve de móvil para una buena trama de suspenso. Así que de nuevo llegamos al suspenso como la esencia del filme, pero, sobre la afirmación de que es un suspenso ordinario y convencional, nos damos cuenta de lo poco que queda de esta película.

Como vemos, entonces,  luego de desglosar las dos películas de Amenábar, sólo queda el suspenso como su punto fuerte y principal atractivo. Ambas están sustentadas y casi que constituidas por este elemento, el cual generalmente es un recurso de uso dramático y narrativo en las historias, no la materia misma de un filme. Esto es más evidente en Abre los ojos, donde el argumento o cualquier intento de reflexión  o descripción están subordinados al juego del engaño y la sorpresa.

Por eso, tanto uno como otro filme, resultan ser, en definitiva, una guía aplicada de códigos y fórmulas. Alejandro Amenábar se aprendió bien la lección, no sólo del maestro Hitchcock, sino también la que se dicta en la escuela Hollywood: del primero tomó el juego del fingimiento y la alteración del tiempo real en tiempo de espera como antesala del ataque, la revelación o el desenmascaramiento; y de la segunda, retomó la omisión voluntaria, las falsas pistas y, en general, la administración de lo oculto y lo sugerido. Todo eso estaría muy bien sino fuera porque le falta inventiva a la hora de aplicar estos recursos en sus películas, si no fuera porque lo hace de una manera tan sistemática y metódica, incluso ingenua, que no le da posibilidad al espectador de sorprenderse realmente.

Claro que todavía las cosas empeoran cuando llega esta sorpresa, que es el fin último del suspenso (hay otros fines intermedios, como la angustia, la intriga, la emoción, etc.), y es que llega de manera tan facilista y predecible, o por el contrario, tan gratuita, que es difícil no sentirse engañado, no por los giros o las revelaciones de la historia, sino por la película misma, por el guión; porque es en estos casos cuando uno se da cuenta de que se trata de una película, cuando se evidencian los artificios del engaño, y es entonces cuando se piensa en el guionista, en ese que torpemente pensó que el espectador medio, con toda su experiencia visual, después de haber visto decenas de películas en los cines y de pasar cientos de horas frente al televisor, iba a admitir cualquier malabar argumental.

Lo que más se ve en Abre los ojos, precisamente, son los malabares argumentales. La película es un constante ir y venir entre la realidad, el sueño y el delirio, que más que interesar aburre, y muchas veces confunde. Los acontecimientos suceden porque el guionista lo quiso así para mantener el juego del engaño, no porque fueran consecuentes con el lógico desenvolvimiento de un argumento o de unos personajes, quienes, por demás, resultan demasiado inconsistentes y carentes de dramatismo.

Todavía faltaría hablar del final, pero habría que contarlo y no me parece conveniente, además porque podría decirse que se trata de otra película distinta. Al parecer está proyectado como el clímax de la historia, pero en realidad resulta ser un anticlínax, una situación confusa y hasta insensata, que da al traste con lo poco que se había construido a lo largo del filme.

En conclusión, en su afán de estilizar y darle una vuelta de más al género, Alejandro Amenábar lo único que consiguió fue hacer de su película un lugar común del género, con mucha forma, un muy consciente y metódico manejo de su discurso, pero casi nada en su esencia, porque fue más bien poco lo que dijo y mucho menos lo que sorprendió. Sin duda se trata de un director con oficio que conoce muy bien el lenguaje y los discursos del cine, pero cabe preguntarse si detrás de sus dos aplaudidos filmes hay en verdad un talentoso niño genio o sólo un alumno aplicado.

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