Los excesos sin sustancia

Por: Oswaldo Osorio

Esta última película del tándem Scorsese-DiCaprio es un proyecto monumental y muy llamativo, sin duda, no obstante, si se miran más detenidamente sus componentes, esa grandeza parece conseguida más por acumulación de elementos que por la sólida construcción de un trabajo de las grandes proporciones que parece.

Lo primero que hay que separar para definir mejor este filme es esa colaboración entre el director y el actor. Es su quinto trabajo juntos, pero es posible identificar cuál proyecto es de quién, y eso lo determina todo. Por ejemplo, Pandillas de Nueva York (2002) es de Scorsese (se puede inferir por el universo que construye, la violencia y sus implicaciones morales), mientras que El aviador (2004) es una proyecto de DiCaprio, porque es una historia ajena al estilo del director y hecha para el lucimiento del protagonista. Las películas del actor buscan más el atractivo general de la historia y el cine de género.

El lobo de Wal Street (The Wolf of Wall Street, 2013) es una película de Leonardo DiCaprio, quien al parecer tuvo que convencer al director para que la hiciera, y es comprensible las reservas de Scorsese con este proyecto, porque se trataba de una historia muy parecida a dos de sus películas más conocidas (Casino, 1995, pero sobre todo Buenos muchachos, 1990), con lo cual parecería estarse repitiendo.

De hecho, mientras avanza esta historia sobre un corredor de bolsa que fraudulenta y meteóricamente se hace millonario, es inevitable pensar en los dos gangsters que protagonizaron las películas de Scorsese y el necesario esquema de ascenso y caída que definía sus vidas y esos relatos. Claro, se podría decir que no es necesario conocer las dos anteriores para disfrutar la tercera, y eso en parte es cierto, porque se trata de un filme visceral y muy entretenido, pero también es verdad que conociendo las dos de Scorsese se puede identificar lo que le falta a esta.

Y lo que le falta es sustancia, es decir, ese peso que tiene la historia y sus personajes debido a la carga moral y hasta espiritual -incluso al componente de violencia- que tienen las películas de este director. Aún así, no se puede negar el ímpetu y magistral pulso con que está contada esta película. Son tres horas de un relato taquicardia en que son usados esos enfáticos recursos visuales y narrativos que se le conocen a Scorsese, pero que incluso aquí están más afinados y son más sofisticados.  

Sin embargo, este despliegue visual y narrativo, esa eficacia en la puesta en escena que tiene siempre en el centro al eficaz trabajo de Leonardo DiCaprio, lo cual está en función de hacer un retrato de esa Sodoma moderna, amoral y llena de excesos, todo eso se queda en la simple anécdota y en el lucimiento cinematográfico cuando se trata de buscar en ella algo de fondo, ya sea en una mayor hondura y complejidad en los personajes o en las reflexiones o cuestionamientos que pudo haber hecho sobre el estilo de vida, la visión del mundo o los conflictos internos de estos hombres. 

Publicado el 26 de enero de 2014 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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