El inventor de la farsa trágica tropical

Por Oswaldo OsorioImage

Jorge Alí Triana dice que este país está loco y que va rumbo a la hecatombe. A partir de ese principio de locura y fatalidad de nuestra atribulada patria, ha hecho su obra en televisión, teatro y cine. Sus dos anteriores películas, Tiempo de morir (1985) y Edipo Alcalde (1996), que contaron con la complicidad de Gabriel García Márquez, demuestran esa preocupación por la realidad colombiana, por comentarla y traducirla con sus puestas en escena, esperando con ello tocar al público, pero ante todo, concentrado en la solidez de sus relatos, especialmente partiendo de su probado talento como director de actores.

El 42º Festival de Cine de Cartagena se inauguró con el estreno de Bolívar soy yo (2002), su última película, y de no ser porque el director no quiso inscribirla en la competencia, porque tenía la certeza –como efectivamente ocurrió- de que se podía ganar el Festival de Mar del Plata, la película habría triunfado también en Cartagena. Bolívar soy yo es la historia de un actor con problemas de identidad con su personaje, pero también es una mirada a la conflictiva situación colombiana, por eso en ella vemos de nuevo esa preocupación de Triana por la realidad del país, mezclada con su interés y conocimiento del universo de los actores. Se trata sin duda de su película más acabada y de uno de los mejores filmes colombianos de los últimos años.

Como a pocos directores, a usted se le ha visto moviéndose y desarrollando su obra tanto en el teatro, como en el Cine y la televisión. ¿Cómo ha afrontado y se ha planteado este cambio de medios?

Yo digo que eso es como el misterio de la Santísima Trinidad, que son tres cosas en una sola. Evidentemente son tres lenguajes distintos en cuanto a la técnica, pero en cuanto su esencia, que es contar historias a través de situaciones dramáticas con actores, pues tienen un común denominador. Lo que hay que encontrar es la diferencia en el tratamiento técnico. Son también técnicas, como aquel pintor que hace acuarela, hace óleo o hace escultura, que en el fondo lo que tiene es un medio de expresión donde puede comunicar sentimientos, comunicar ideas, y utiliza un lenguaje. Entonces los lenguajes son distintos pero la esencia es la misma. Ahora, yo lo considero más bien como una retroalimentación. Mi teatro tiene influencias cinematográficas o mi cine tiene influencia teatral, se mezclan y se confunden allí. A la hora de la verdad nunca es una actitud consciente.

¿Y en el fondo hay un hijo preferido de los tres?

Ninguno. Al contrario, me divierte mucho pasar del uno al otro, poder cambiar de técnica. Eso hace más enriquecedora la vida artística, la vida de trabajo, y lo hago con igual placer y entiendo que son cosas distintas. Siempre hago una analogía, que para mí la televisión es como el periodismo, por la inmediatez; el cine podría ser como la narrativa, donde se escribe una novela con más tiempo, con más detenimiento; y el teatro lo encuentro como la poesía. Ahora, esa no es una categorización cualitativa, porque hay muy mala poesía y hay muy buen periodismo. Puede haber una crónica periodística maravillosa y un pésimo poema, aunque se haya escrito durante años.

Habría un cuarto medio, que es la literatura. Bolívar soy yo, a diferencia de sus dos anteriores películas, no parte de un referente literario y es evidentemente más cinematográfica. ¿Esto fue buscado, fue consciente? ¿Sí siente la diferencia en el sentido de la relación cine – literatura?

Yo creo que la puesta en escena, la realización cinematográfica, es toda una escritura, es un guión literario. Ya sea el de Bolívar o el de García Márquez, se trata de un guión literario, es una cosa expresada en un papel, y la distancia que hay entre un material dramático literario y un material dramático audiovisual es muy grande, hay todo un proceso de reescritura en el tiempo, en el espacio, con el material del ser humano, que es el actor, donde hay que trabajar con su aparato sicológico, con su gestualidad, en espacios concretos, contando con el tiempo, con el ritmo, con la atmósfera; entonces de todas maneras realizar un guión, así sea escrito por un literato o escrito por uno, el ejercicio de la puesta en escena es el mismo. Yo lo digo para aclarar esto, para no volverlo un problema de orden teórico. Es que uno se enfrenta a un guión, así sea escrito por uno, y es una batalla para desentrañarlo, para convertirlo precisamente al espacio y al tiempo y al gesto. Diría yo, a título de ejemplo, que si tomo el mismo guión mío de Bolívar soy yo y lo veo como fue escrito y luego como fue filmado, son dos cosas distintas. Y eso sucede en toda película, el proceso de transformación, de adecuación, uno vuelve a escribir el guión como director y es una escritura distinta, una escritura que es la definitiva.

¿A pesar de que se hace mucho más evidente el lastre literario en Tiempo de morir, por ejemplo?

Bueno, se hace por varios factores, en primer lugar, porque está escrito por un gran literato y lógicamente su personalidad, su estilo y todo eso aparece allí, pero yo creo que en el fondo es lo mismo, para mí la dificultad de hacer un guión escrito por mí o escrito por alguien más es la misma, es una batalla tremenda con cada situación, con cada imagen.

En Bolívar soy yo juega con el fuego de la relación realidad-ficción y es posible ver fisuras en la verosimilitud de algunos momentos del relato, porque en el paso entre una y otra parece que algo se le escapa. ¿Cómo manejó este paso, esta relación?

Yo creo que el trabajo de la creación artística no es tan consciente como uno se imagina. Detrás de todo no hay una intención clarísima y completa. Yo creo que sería muy aburridor hacerlo, creo que uno cuando se enfrenta ante un material creativo se adentra a una aventura, a descubrirlo. Hay quizás unas intenciones a priori, indudablemente, porque uno escribe las cosas con un sentido, y esos sentidos no necesariamente deben estar todos en el plano de la racionalidad, hay una cantidad de cosas que pertenecen al mundo de la intuición, del instinto, que si bien de pronto aparecen en las películas o en la obra, no siempre es posible explicarlas racionalmente. Hay unas esferas de lo desconocido en ese mundo de la intuición que cada vez considero más inútil tratar de racionalizarlas. Ahora, la película, en el sentido de su pregunta, yo creo que se mueve en diferentes realidades, porque está la realidad de un actor, que es la historia de un actor que se rebela contra un guión y quiere reescribirlo, eso es lo concreto y es con el que puedo yo dirigir al actor. Yo no le puedo decir a él que estamos pasando de un mundo de la realidad documental a un mundo de la ficción, porque eso no es un material para actuar, yo le tengo que hablar de cosas muy concretas. Pero esto es una metáfora, como una parábola sobre la historia nuestra, porque a parte de ser el actor Santiago Miranda, hay otro problema, es que ese actor siente que tiene un legado que tiene que cumplir, como el de Bolívar, ésa es otra realidad distinta. Una es la del actor que considera que hay que reescribir el guión, otra es la del personaje histórico que piensa que tiene que reescribir la historia, otra la de esa realidad virtual de los medios y de la telenovela y de la noticia, otra la realidad real, también casi virtual, que está en un mundo entre paramilitares, guerrilleros, etc., como en la que vivimos nosotros, y todas esas realidades se conjugan, vienen, van, se mezclan… pienso que en eso está el chiste de la película, en que no sabemos nunca… a mí me gustaría confundir al espectador, el espectador cree que el personaje está loco, cuando luego se da cuenta de que no, de que él es el único cuerdo en todo el devenir del acontecimiento, a la manera de Hamlet, que es un hombre que llega a un universo donde todo el mundo lo considera loco y es el único que está conectando racionalmente la realidad. Entonces yo creo que hay muchas realidades ahí mezcladas y en ese paso entre el mundo irreal y el mundo real quizás haya deslices o incoherencias, pero no sé cuáles son.

En ese juego de realidades mezcladas también está de fondo la relación locura-lucidez. A casi nadie le gustó el personaje del siquiatra, pero se puede ver, justamente, en medio de su extravagancia y caricaturización, como el tornillo que ajusta esas dos realidades. No es un personaje normal, pero es él quien da la pauta para el paso de una a otra…

Yo creo que ahí no hay ningún personaje normal… creo que una de las virtudes que tiene la película indudablemente es que mezcla géneros y están integrados orgánicamente. En primer lugar, es una farsa trágica tropical, yo la definiría así. Entonces desde el punto de vista de género es muy difícil calificar la película porque se mueve y se transporta de uno a otro, hay escenas realmente farsescas, hay escenas de complejidad sicológica, el sufrimiento del personaje, de Santiago Miranda, pertenecería al cine del realismo sicológico, pero está conviviendo al mismo tiempo con un universo de farsa, toda esta cuestión del presidente de la república y de los encuentros bolivarianos de presidentes, tienen un cuento de Guignol, de farsa, de comedia loca; al mismo tiempo el personaje está navegando en ese universo farsesco, cuando está en un problema muy profundo, sicológico real. Entonces yo considero que ese era uno de los grandes peligros de la película, la mezcla de géneros y el siquiatra está exactamente en esa tónica. Mire, yo le cuento una cosa, yo viví situaciones similares, casi que podríamos decir que ésta es una película autobiográfica, es una película más conectada con la vida que lo que realmente se podría imaginar. Y yo viví situaciones creo que más extremas. Si hubiese puesto al siquiatra como yo lo viví, quizá hubiese hecho una caricatura y nadie me hubiese creído acerca de las situaciones extremas a las que yo llegué con un siquiatra sobre problemas del actor. Inclusive hay escenas ahí que me sucedieron a mí, que simplemente las recordé: el encuentro del presidente y Bolívar, cuando le muestra libros… todas esas escenas yo las he vivido, entonces yo creo que lo maravilloso de la película es que, de alguna manera, expresa este universo desmesurado y loco de esta realidad virtual que estamos viviendo.

Hablando de esa realidad virtual, en sus películas siempre se ha evidenciado esa preocupación por la realidad del país, por abordarla crítica y reflexivamente, y parece que es algo que se está perdiendo con los directores jóvenes. ¿Cree que hay diferencias entre nuevas y viejas generaciones de cineastas en su posición frente a la realidad del país?

No creo que haya una generación característica en ninguno de los dos universos. Hay cineastas que tienen su propia personalidad, su propia manera de ver el mundo. Creo que cada cineasta tiene una preocupación fundamental. Hay algo que se dice mucho en la literatura, eso de que alguien escribe siempre un mismo libro y sólo hace variaciones. Eso quizás es cierto, yo creo que uno tiene un acento, uno mira con un acento la vida, y a mí evidentemente el desarrollo histórico, político y social de mi país siempre me ha inquietado, me ha preocupado. Creo que esta película, por ejemplo, expresa una opinión muy personal de lo que nos está pasando y no creo que sea simplemente mi preocupación. Yo cuando veo la lectura que el público tuvo de la película siento que lo que estoy diciendo es un sentimiento y un pensamiento colectivo, no es una cosa puramente individual. Yo estoy recogiendo, como debe recoger un artista, un rebote de los sentimientos y los pensamientos colectivos y yo al ver la película sentí eso con la gente… y no es solamente la gratificación del aplauso apoteósico al final, sino de la manera como la gente durante el transcurso de la película va reaccionando, y eso es muy agradable de ver, ver que lo que uno pensaba que tiene un significado es captado con la inmediatez que tiene el cine, que no tiene la posibilidad de volver la hoja para volverlo a leer y que se ve una sola vez. Eso tiene de violento el espectáculo frente al espectador, las artes escénicas en general, que tiene un sólo encuentro, un sólo segundo, o se capta en ese instante o se pierde, no existe, el cine no se puede hacer para futuras generaciones.

¿Pero no cree que su película pueda tener vigencia en diez o quince años?

Esa es una cuestión independiente, ese no puede ser un propósito. El propósito que uno tiene es que eso funcione ahora, que lo pueda hacer y que sea capaz de comunicarlo. Entonces, en ese sentido, retomando su pregunta de las generaciones, yo considero que es una película de hoy, una película viva, pienso yo, y me guío por la experiencia que acabamos de tener (el público la ovacionó en su estreno en el 42º Festival de Cine de Cartagena), que va a ser una película que va tocar el alma del espectador.

Uniendo tres cosas esenciales de las que ha hablado sobre su cine: la intuición, aquello de que un autor hace una sola obra con variaciones y su preocupación por la realidad del país: ¿La idea es seguir trabajando sobre esa línea, ésta es la película que usted quería y esas son las películas que quiere seguir haciendo?

Evidentemente Bolívar soy yo es una película muy personal, pues es una película, en primer lugar, que viví, y después escribí, es una película que tiene mucho que ver con el ejercicio de mi profesión, que tiene todo este universo del mundo de los actores de las telenovelas, que ésa es otra realidad que se presenta allí. Hay una cosa muy interesante que siempre me inquietó, conozco mucho a los actores y el universo del actor es fascinante.

¿Usted ha actuado, le gusta?

No, no, no. (Y le da tres golpecitos a la mesa de madera que tiene enfrente). Me ha tocado actuar y lo he hecho muy mal, pero no me inquieta desde ese punto de vista, desde su práctica, pero sí conozco mucho el universo del actor, son muchas las obras de teatro que he montado, muchas las obras de televisión, yo creo que he vivido más tiempo con los actores que con mi familia.

Y es evidente que le ha ido bien con ellos…

Sí, pues los conozco al menos, o creo conocerlos. Entonces ese universo es apasionante. Piense en una sola cosa: el actor conoce el destino del personaje, sabe exactamente lo que le va a pasar y sabe cómo va a terminar. Eso como idea es fascinante, porque ningún ser humano sabe siquiera lo que le va a pasar dentro de dos minutos.

Se dice que en Lost highway (1996), de David Lynch, los actores no sabían lo que estaban haciendo a la hora del rodaje. ¿Pero, entonces, en sus películas sus actores saben exactamente qué están haciendo, para dónde van?

Generalmente saben, y eso me parece apasionante, porque el actor empieza a rebelarse contra el destino del personaje. Esta película es también sobre un actor, sobre un actor que entra en conflicto con el personaje, que se quiere desprender de él, quiere escapar de él, pero viene la otra cosa, el público, que lo que acosa, que lo obliga a ser. Aquí con un ingrediente mayor, y es que lo obliga a estar detrás de, por un lado, un símbolo, y por otro lado, un país ausente de un proyecto nacional, un país ausente. Nosotros no sabemos para dónde vamos, ni qué queremos, ni qué país queremos construir

¿Como ese barco de la película?

Exactamente, como ese barco en el río Magdalena estamos sueltos y de pronto también necesitamos que alguien sepa manejar ese barco, un piloto, y eso es lo que la gente le pedía a Bolívar en la calle. Es lo que él le dice a la prostituta: “lo que me piden mis clientes yo no lo puedo satisfacer”. Él es simplemente un actor y le están pidiendo que sea el piloto de ese barco y entonces está ante una tragedia tremenda; y llega y el celador de la Quinta de Bolívar, que habla de Bolívar como si fuera su hermano, y lo trata de mentiroso y le dice que ése no es el verdadero Bolívar. Entonces a mí esa tragedia del actor que está enfrentado a eso -que lo he vivido- me parecía maravilloso. Es la historia de un actor, más que la historia de Bolívar.

Su película y todo esto que ha dicho parece apuntar a que en su obra predomina la tragedia, y no sólo como género. ¿Le gusta mucho?

No, no es que me guste, ojalá… es una mirada del país, una mirada que ojalá, para bien del país, uno no sea profeta. Yo prefiero que el país no llegue a ese final trágico que doy como desenlace de la película, pero no podía darle uno distinto.

Pero con las anteriores también ocurre lo mismo

Quizás, quizás, sí. Todas terminan con la muerte y con la destrucción del personaje. Entonces ojalá que eso no se dé en la vida, pero es mi mirada, yo creo que nosotros vamos hacia la catástrofe.

Pero usted también elige los temas. Eligió realizar estas tres películas, eligió montar Crónica de una muerte anunciada y ahora habla de catástrofe. ¿No cree que hay algo de pesimista en todo eso?

Pesimista… creo que es por lo que yo veo de nuestro continente, lo que veo de nuestro país… por eso terminé la película con esa frase de Bolívar: “Las naciones que he fundado, después de una larga y profunda agonía, sufrirán un eclipse para surgir después en una cosa nueva que se llamará América.” Algo así dice Bolívar y anuncia la hecatombe. Yo creo, como Bolívar, que realmente nosotros vamos a pasar por momentos muy difíciles y guardo la esperanza, seguramente yo ya no viviré, de que aquí surgirá algo distinto, tiene que surgir algo distinto, somos un país en proceso de formación. ¡Pero de qué más pudiera hablar uno en este país! No entiendo… no sentiría hacer una historia intimista, una historia de amor, cuando nos están pasando tantas cosas, cuando la gente ni se da cuenta, ni siquiera hay consciencia general y colectiva en el país de lo que estamos viviendo. Yo viajo mucho, y cuando dejo de estar seis u ocho meses fuera y vuelvo y veo un noticiero, es algo estremecedor, y a la semana siguiente lo veo como una cosa absolutamente cotidiana. Nos hemos familiarizado con la muerte, nos hemos familiarizo con el horror, estamos adormecidos con él. Yo creo que el cine no puede transformar nada, pero si el cine puede mover una pequeña fibra en la conciencia y en los sentimientos de la gente, pues que sea bienvenido.

¿El plan es seguir haciendo cine, teatro y televisión?

 Pues claro, claro.

Pero el próximo proyecto no es cine

Bueno, en este momento la próxima cosa que voy a montar es en teatro, es una adaptación de la novela de Mario Vargas Llosa, La fiesta del chivo, que es una historia sobre Trujillo, el dictador de República Dominicana. Precisamente estando aquí en Cartagena recibí la carta de Vargas Llosa, dice que está de acuerdo con la adaptación y que le gustó mucho. Y cuando Bolívar soy yo estaba en post-producción comencé a escribir mi próximo guión, que no le voy a decir cuál es…

En la rueda de prensa habló de un guión que llevaba escribiendo hace diez años…

Bueno, ése, ése es el que le digo, y que hace diez años lo estoy pensando, y hace diez años empecé con un proyecto que se frustró por problemas… peligros de la vida… Me amenazaron si seguía escribiendo de eso, pero creo que ahora sí se puede hacer.

¿Hacía cuánto estaba escribiendo sobre Bolívar?

Yo hice en el año 1983 una serie en televisión que se llamaba Bolívar el hombre de las dificultades, eso fueron como cuarenta horas, y yo como desde el 85, cuando filmé Tiempo de morir, pensé que ésta iba a ser mi próxima película, pero por fortuna se aplazó, porque creo que en ese momento la hubiera visto distinta, me hubiera concentrado más en el actor que entra en un problema de identificación con el personaje, y yo creo que eso es menos interesante que lo de ahora, que no es sobre un actor que se vuelve loco, sino sobre un país que está loco.

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