La realidad del país no permite finales felices

Por Oswaldo OsorioImage

Ya se ha vuelto una costumbre que el Festival de Cine de Cartagena empiece su fiesta de celuloide con cine colombiano. En su versión 43 le tocó el turno a la película La primera noche (2003), del director Luis Alberto Restrepo, un filme que no sólo fue una muy digna apertura de la principal fiesta del cine colombiano, sino que reconfirma el esperanzador momento por el que pasa el séptimo arte en nuestro país.

A este realizador antioqueño, de quien sólo se conocían un par de cortos documentales y el mediometraje Bituima 1870 (1995), se le había visto más por los canales de televisión capitalinos dirigiendo seriales y telenovelas. Esta corta experiencia en el cine y la militancia en la televisión no parecen haber sido inconveniente para que su opera prima resultara ser una pieza de cine original, cargada de fuerza y tremendamente contundente con la historia que cuenta y las ideas que pone en juego en ella.

Se trata de una dolorosa historia de desamor entre dos jóvenes campesinos, pero también un, todavía más doloroso, relato sobre la violencia colombiana, y en especial sobre el fenómeno del desplazamiento forzoso del que son víctimas los habitantes de los campos de este país, que pareciera que sólo tiene para ofrecerles el fuego cruzado de los campos y la hostilidad y desamparo de las ciudades.

Complacido por el recibimiento que le dio el público del Festival a su película y con una calma y lucidez que parecen ser sus cualidades permanentes, Luis Alberto Restrepo nos habló de su película y de las circunstancias que la inspiraron.

Tal vez lo más evidente en la película es el contrapunto entre el campo y la ciudad, la transición de un medio a otro parece ser el principal leitmotiv del relato.

Sí, un poco el sentido yo creo que es mostrar la diferencia de los dos mundos a los que ellos estaban enfrentados. El hacer ese paralelo permanente en la película era como buscando que la gente sintiera, simplemente por la imagen, lo que ellos estaban dejando, lo que estaban perdiendo y al mundo al que estaban llegando, la gran diferencia que había entre las dos cosas, o sea el mundo de esos campesinos es radicalmente distinto de ese mundo de la ciudad, de la calle, al cual estaban llegando. Ese verde permanente en relación con la ciudad.

Ese contrapunteo tiene que ver con el de pasado- presente y con el esquema de flashback, que fue fundamental. ¿La idea inicial era ese constante contraste pasado-presente y ciudad-campo a partir del recurso del flashback?

Sí, porque si nosotros hubiéramos contando la historia linealmente y viendo primero la historia del campo y después la parte de la ciudad, tal vez se hubiera dado con menos fuerza. Yo creo que el hecho de estar pasando entre el pasado el presente hace más evidente la transformación y el cambio que estaban sufriendo ellos. Pero llegamos a eso porque yo creo que esas cosas uno las hace más por intuición que por una posición teórica. Yo siento que cada historia pide una forma de ser contada y uno la va encontrando en la medida en que va profundizando en ella. Desde que comenzamos a escribir la historia, casi que sin pensarlo, empezamos haciendo ese paralelo temporal. Incluso cuando terminamos la primera redacción del guión, utilizando un poco lo que le permite a uno el computador, la pusimos en orden lineal, en orden cronológico, y simplemente sentimos que no era por ahí.

Una de las fortalezas de la película es la construcción de los personajes, que se ven muy reales. ¿Cómo fue la concepción y elaboración de estos personajes?

Yo tuve la idea de la historia varios años antes de sentarme a escribir. Me surgió luego de ver una imagen en Pereira, en la que una mujer joven desplegaba unos periódicos en la calle para acostar a su hijo de brazos. Entonces, en la medida en que uno tiene una historia dándole vueltas en la cabeza, esa historia se va puliendo casi mecánicamente dentro de la cabeza y cuando uno ya se sienta a escribirla las cosas fluyen. Ahí había dos cosas: por un lado, yo he pasado mucho tiempo de mi vida en el campo y conocía muy bien a los campesinos. Yo sabía cómo hablaban y eso fue fundamental para que tenga ese realismo. Lo mismo me pasaba por el otro lado, yo hice en el año 90 un trabajo casi de dos años con cartoneros en Bogotá y conocí bastante ese mundo. Fue un documental que hice con una pre-producción de un año antes de grabar nada, sólo conociendo ese mundo. Entonces ya había una aproximación anterior al tema y yo creo que eso fue lo que nos permitió desarrollar y plantear el trabajo.

Con relación al guión y a lo que dijo antes sobre que no piensa en los procesos sino que trabaja más por instinto. ¿Cómo esa imagen que vio en Pereira fue trasformada en una historia? ¿Qué intención y qué propósito tenían usted y su guionista –Alberto Quiroga- para dirigir esa idea, esa imagen?

Lo que nosotros siempre pensamos era intentar meter un poco la tragedia de los campesinos colombianos en el universo más pequeño posible. O sea, remitirla a la vida de dos personas. Incluso al principio yo tenía la idea de que era más la historia de él que de ella, pero en la medida en que fuimos trabajando, ella fue cogiendo más fuerza y eso es una cosa que no sólo la pone el guión, sino también el trabajo actoral que ella hizo, pues fue dándole más fuerza a su presencia en la historia durante todo el proceso de pre-producción. Pero si pretendimos algo concretamente, fue tratar de encontrar una anécdota pequeña que nos permitiera decirle a la gente que la violencia nos está haciendo mucho daño y está ahí y nos estamos negando a verla. Si había alguna premisa era: la violencia en Colombia se nos ha convertido en una cuestión de cifras. Estamos leyendo en el periódico y estamos viendo en los noticieros todo el tiempo cifras: mataron 20 persona, mataron 30 personas, desplazaron 60 mil personas, pero el cine nos permite es aterrizar eso en una historia pequeña, humana, en la historia de un individuo y en el corazón de una persona, y eso es como abrirle una ventana a la gente para que mire un mismo problema desde otro punto de vista.

Lo que más impacta es que, aunque es una película que habla sobre la realidad y el conflicto del país, no hay en ella discursos políticos ni posiciones ideológicas. ¿A la hora de escribir esa historia sencilla, de todas formas pensaban en lo que querían decir de fondo?

Sí. Yo lo que siento es que la guerra tiene una dinámica que va más allá de las capacidades de los individuos. Yo siento que realmente de alguna manera todos en Colombia somos víctimas de nuestro propio invento, porque la violencia que hay en Colombia es una violencia de la que todos somos responsables de una u otra manera. Probablemente más las personas que han tenido poder que las que no lo han tenido, pero todos gestamos la violencia que se da todos los días. Pero al mismo tiempo, esa violencia es más grande y más fuerte que todos nosotros, entonces la única posición política que teníamos ahí era más bien demostrar cómo los individuos son víctimas de la violencia que los rodea, por más esfuerzos que haga, así incluso se tengan unas posiciones claras -que no era el caso de los personajes- porque yo creo que los personajes de nosotros eran todas personas muy sencillas… en realidad ellos muy poco podían hacer para combatir lo que los estaba agrediendo. Lo único que pueden hacer es mantenerse vivos por cualquier medio, que es lo que hace la pareja de esta historia, intentar sobrevivir a como dé lugar y en medio de eso arrastran a otras personas: él termina asesinando al sargento, ella termina matando al cartonero y la verdad ninguno de los dos en ningún momento era ni un asesino ni alguien que quisiera generar violencia, sino que la vida los está arrastra a ello; y eso es un poco lo que siento que es lo que nos está pasando en este país, todos nos estamos dejando llevar por eso, la gente se está radicalizando de una manera absurda y estamos es construyendo más ríos de violencia y menos posibilidades de una convivencia real.

… pero además es también una historia de desamor.

En realidad es una historia de desamor. Básicamente lo que queríamos contar era eso, porque yo creo que es por un lado lo más sencillo y por otro lado es lo más vital, o sea todos los seres humanos necesitamos amor, todos lo seres humanos tendemos a buscar a amor, a buscar una pareja, relaciones afectivas y entonces al contar cómo la situación general de violencia te impide amar, pues te impide cualquier cosa, te impide comer, te impide vivir, te impide criar tus hijos, te impide gozar la vida, te impide todo. Realmente ésa es la parte fundamental de la historia, o sea, cómo la violencia te impide incluso querer, amar, aunque es lo mínimo que un ser humano debe pedir.

También la desesperanza está presente en la película, sobre todo en el final. ¿Aunque la historia misma era muy difícil, dado el tratamiento que llevaba desde el principio, no pensaron un final con un poquito de luz allá al otro lado del túnel? ¿Es inevitable que haya desesperanza en este tipo de historias en Colombia?

Precisamente tuve una discusión larga con mi asistente de dirección en el momento en que íbamos a hacer la última escena, porque no había una claridad de cómo iba a ser. Estaba planteada en términos un poco vagos en el guión, era exactamente lo que hicimos pero se podía interpretar de distintas maneras y cuando llegamos a hacer esa última escena yo sentía dos cosas al mismo tiempo: por un lado, algo que es más teórico pero que es real, y es que la esperanza hay que construirla, la esperanza es una cosa que hay que fabricar día a día todo el tiempo; o sea, las posibilidades de mejor vida, de un final feliz, por así decirlo en términos cinematográficos, es una cosa que no se puede sacar de la nada, no es una cosa que se puede sacar del sombrero como un mago saca a un conejo, y yo siento que eso no se está construyendo en el país. Entonces me pareció un poco deshonesto fabricarle un final feliz a una historia que todos en los días en el país está teniendo un final negro, incluso un final tan desesperanzador como el de esta película es supremamente negativo para una película porque cuando la gente va al cine quiere que le den algo. Hay muchas películas que ponen al público contra el piso desde el principio hasta el final pero no son las que el público más agradece. Entonces yo sabía que era una decisión complicada porque podía haber otras distintas, pero me parece que no era honesto con la realidad del país, para obligar a la gente a plantearse la necesidad de construirse finales felices. Por otro lado, me parecía, ya en términos más individuales, en relación con la pareja, que uno de los problemas de esa historia es que, en parte por el machismo imperante y en parte por todo lo que le ha había hecho el mundo al personaje de Toño en la historia, él estaba tan cohibido y tan trastocado que no fue capaz de perdonarla a ella nunca y la verdad ella no le hizo a él nada más que simplemente fijarse en su hermano. Uno se enamora sin querer, sin pensarlo. Entonces a mí me parecía que si él no había sido capaz de perdonarla tampoco tenía derecho a quedarse con ella, y en parte también esa fue una de las motivaciones para darle ese final. Él quedó imposibilitado de perdonar, pero era lo primero que él tenía que hacer, es lo primero que tenemos que hacer, y en ese sentido la anécdota es perfecta porque lo primero que tenemos que hacer los colombianos es perdonar para poder seguir adelante, perdonar sin olvidar, evidentemente, porque una sociedad que olvida es una sociedad que se repite permanentemente en sus errores.

Es muy evidente la presencia del doble conflicto en la película, el del desamor en la pareja y el de la violencia en el país. ¿Tuvo problemas en conjugarlos, en no permitir que el uno se impusiera al otro?

El tema ya de la violencia en Colombia, el tema político es muy peligroso, es muy difícil de manejar. En Colombia no sólo es muy complicado entender el conflicto en que vivimos sino tener una posición ante él es muy complejo, porque generalizar es muy peligroso y uno en esas cosas de las opiniones políticas siempre tiende a generalizar para poder clasificar las cosas y explicarlas más fácil. Entonces ése era un peligro, por eso teníamos que decir las cosas de una manera que fueran reales, pero no nos interesaban tener posiciones políticas porque en la realidad no las tenemos tan claras. Para mí la guerrilla es una entidad absolutamente nefasta para el país, pero también lo son los paramilitares y también los son los políticos que roban y también lo es el egoísmo que impera en toda la sociedad, pero yo no creo que existan fórmulas… o por lo menos no las tengo yo. Entonces nosotros tratamos de guiarnos más bien por la honestidad, o sea, nosotros tratamos de contar la historia como vemos y como percibimos a través de la prensa y a través del contacto que uno tiene con el país de cómo suceden las cosas…. En Colombia en los últimos quince años han desplazado más de dos millones y medio de campesinos. Según datos del ministerio de defensa, el 70 por ciento de esos desplazamientos se han dado en condiciones muy parecidas a las que se dan en la película. Eso es lo que le da el piso a la narración que hicimos, pero en realidad para nosotros todo el tiempo fue mucho más importante la cuestión humana.

Está consciente de que el énfasis está en el humanismo, pero también de que es una película política

Yo creo que cualquier película que uno haga, cualquier historia que uno cuente va tener una connotación política. Porque la política es parte de la vida como lo es la economía, como lo son todas las cosas que nosotros hacemos. Pero yo no siento que estemos haciendo una película política en el sentido de que no estamos tratando de generar posiciones políticas ni de opinar políticamente. Estamos simplemente intentando decirle a la gente: “Mire, en Colombia pasan este tipo de cosas”. Cuando tu miras eso con una lupa y lo ves en la vida de la gente, se ve así y sucede así y eso es importante. Yo no creo que eso sea político, pero entiendo que también lo puede ser, o sea, es que en el fondo todo es político.

Hasta no hace mucho películas como ésta eran objeto de censura en el país, ya institucionalmente o desde posiciones particulares. ¿Tuvieron algún problema en este sentido?

No, de hecho la película fue financiada en parte por el Ministerio de Cultura, incluso empecé a hacerla gracias al premio que me dieron. Yo creo que criticarse a sí mismo, lo que es de uno, no es para nada irse en contra de nadie. Si yo estoy diciendo que un sargento cometió la negligencia de permitir una masacre no estoy hablando mal del ejército, simplemente es una crítica. Los generales de la República hablan permanentemente de ese problema en el periódico. Entonces hacer una película como ésta, que es una reflexión sobre esa situación, es una cosa que todo mundo va a recibir bien, porque si alguien ve esta película se da cuenta de que es una película honesta, que está simplemente tratando de poner el dedo en la llaga en el sentido de que está diciendo: “Mire, aquí pasa esto, hablemos de ello”.

Eso lo está diciendo la prensa todos los días, la literatura, pero cuando uno lo ve en el cine, una película hace que el señalamiento sea mucho más evidente.

Sí, el cine es muy fuerte y uno se mete en una sala con la luces oscuras y en la medida en que aquí estamos contando una historia humana, una historia a través de seres que están vivos en una pantalla, que uno los ve como sienten, como piensan, cómo viven la vida, pues es mucho más impactante que una noticia en un periódico donde te dicen que mataron a 20 personas. Aunque yo no hablaría de señalamiento, para mí el sargento, el cartonero o la pareja de campesinos son simplemente víctimas de la situación. Yo no quiero entrar a juzgar a ninguno de los personajes y en ese sentido no me parece que a mí como cineasta me corresponda juzgar a nadie, me corresponde simplemente mostrar realidades y que la gente opine.

¿Ese es el objetivo de su cine?

Uno puede hacer cine para otras cosas, para divertir a la gente, me parece supremamente válido, o creo que uno puede hacer cine donde las reflexiones estéticas sean más importantes que las reflexiones humanas o lo narrativo. Yo siento es que hay muchas historias qué contar y que uno va contando las que puede. Yo he presentado cinco o seis guiones al Ministerio de cultura y me premiaron fue éste. Entonces yo creo que esto quiere decir que de alguna manera el país está pidiendo esto, lo que estoy diciendo es que yo no fui el único que tomó la decisión de hacer esta película, porque yo he querido hacer varias muy distintas y si ésta fue la que logré hacer, fue por algo, porque la gente que leyó el guión pensó que esta historia había que contarla más que las otras que estaba proponiendo.

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