El maizal de las tumbas

Por Oswaldo Osorio

El más importante clásico del cine colombiano, probablemente, es El río de las tumbas (Julio Luzardo, 1965), el cual habla de la violencia del país a partir de los muertos tirados a los ríos, mientras las autoridades no solo asumen el asunto con naturalidad sino que tratan de desentenderse de ello. Casi medio siglo después, esta cinta del director de Perro come perro plantea la misma premisa, evidenciando, por un lado, la desconcertante verdad de que en este país nada ha cambiado, y por otro, el nivel actual del cine nacional.

Aunque todavía siguen bajando por los ríos del país los muertos de la violencia, en esta película aparecen es en medio de un sembrado de maíz. Se trata de una pila de muertos, literalmente. Una imagen que si bien puede no ser realista, es evidente que está construida para dar cuenta de lo desproporcionada y absurda que es la violencia en Colombia. Porque es potestad del cine crear este tipo de imágenes, además llenas de connotaciones, que nunca se le olvidarán al espectador.

Y si bien esta imagen —y sus muertos que miran— tiene mucho de surreal, no por eso es una película surrealista, ni mucho menos una comedia negra, como equívocamente se ha etiquetado. Aunque es cierto que toda la situación se antoja absurda, en especial la actitud de las autoridades, no causa ninguna gracia el estado de angustia y desesperación en que se encuentra su protagonista, Salvador, quien además de estar impactado por aquel macabro cuadro, teme por su vida y la de su familia. No es el humor la clave del relato, sino más bien la permanente tensión y el ambiente malsano y amenazante, eso a pesar de la imponente presencia de la luz y el color en ese ambiente.

Así mismo, son adversas las sensaciones causadas por la impotencia de Salvador ante una situación que toma una dirección contraria a la que buscaba: mientras él se encuentra afectado sobremanera por la gravedad de su hallazgo, el alcalde y los policías se toman todo aquello con una cómplice calma que hace sospechar lo peor. Por eso Salvador se encuentra como muchas veces está el país mismo, como un testigo mudo, temeroso e impotente en medio del crimen y la corrupción institucional.

Es cierto que lo que menos convence de la película es su tono ambiguo, el mismo que hace que algunos la vean como una comedia negra: La actuación afectada de Álvaro Rodríguez puede ser vista como caricaturesca, la actitud de las autoridades como si fuera una historia contada en tono de farsa (aunque todos sabemos que eso es perfectamente posible en este país, por lo cual la farsa es desdibujada por lo probable de esa realidad) y, sobre todo, esos muertos que cobran vida, que podría tener las más diversas lecturas (entre ellas la comedia), pero este texto le apuesta a verlo como un guiño de optimismo, como una alusión a esas vidas que no debieron haberse perdido.

A pesar de esa ambigüedad (o gracias a ella), se trata de un filme potente y llamativo, empezando por toda la violencia que referencia pero que, a diferencia de la anterior película de este director, es una violencia fuera de cuadro y, peor aún, asumida con naturalidad por la mayoría en aquel pueblo. También es un filme estimulante visualmente y que habla claramente sobre esas “oscuras fuerzas”, visibles para todos, que imponen los abusos y la muerte en este país.

Publicado el 16 de julio de 2011 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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