La fábula realista de los simuladores

Por: Oswaldo Osorio

Aunque en el cine colombiano la presencia de la conflictiva realidad del país es considerable (no lo único, como muchos por desconocimiento insisten en afirmar), la verdad es quepoco se ha hecho referencia directa a los llamados “actores del conflicto”, otro eufemismo salido seguramente de los medios de comunicación. Porque estas películas sobre nuestro conflicto normalmente se centran es en las víctimas, eludiendo cualquier alusión comprometedora a los distintos grupos, a los culpables del fuego cruzado que desde hace más de medio siglo asola al país. La razón de esto parece ser la única posible en medio de una guerra, el miedo: a la censura (con la correspondiente autocensura), a las amenazas y hasta miedo a la apatía y resistencia de un público al que le repele verse reflejado en la gran pantalla.

Canaguaro (Dunav Kuzmanich, 1981), Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, 1983), Edipo alcalde (Jorge Alí Triana, 1997) y La primera noche (Luis Alberto Restrepo, 2003) habían sido las únicas películas en decir nombres propios,  recriminar y ponerle rostro a esos “actores del conflicto”. Ahora llega Lisandro Duque con esta película haciendo lo propio, y lo hace con la habilidad de quien siempre ha encarado con entereza un tema, aunque ninguna de sus anteriores cuatro películas han tenido que ver con la problemática colombiana. Aún así, a partir de un relato simple pero eficaz y con elementos de comedia, pero sin quitarle la gravedad al asunto, propone su visión del conflicto colombiano con lucidez y a partir de una historia y unos personajes que, además, tienen muchas posibilidades de conectar con el gran público. 

La película está basada en un hecho que realmente le ocurrió a un alto comisionado para la paz en Colombia. Unos avivatos se aprovecharon del afán del gobierno por acabar con la guerra y de sus -muchas veces- erráticas leyes, para sacarle un buen dinero y dejar plantada a toda una comitiva presidencial. Y es que también en ese sentido éste ha sido un país de simuladores. Así como los vagos que se hacen pasar por desmovilizados para cobrar el sueldo que se les da a éstos o como aquéllos campesinos que se disfrazaron de indígenas para aprovechar ciertos beneficios dados a tales grupos étnicos. De la misma forma, los tres mimos que protagonizan esta película simularon no ser simuladores y “tomaron las armas” para, al entregarlas, obtener los dividendos que los simuladores y los violentos siempre obtienen en este mundo a costa de los demás.

Juego de sentidos y contrastes

Por ahí empieza el juego de ironías y suspicacias que propone este relato, un juego que parte del mismo título, que mejor puesto no pudo estar. Se trata de  un juego de sentidos y contrastes. En primera instancia, por supuesto, por el asunto de los actores de teatro frente a los actores de la guerra, los primeros simulando ser los segundos y, por eso, ambos compartiendo el mismo escenario. De ahí que esta relación se preste a la presencia de pasajes y personajes cómicos, pero por el escenario, es susceptible de tornarse en cualquier momento una cosa muy seria, como efectivamente ocurre.

En segunda instancia, se puede ver el entrecruce de esos dos universos que plantea la historia, el de los mimos, con sus preocupaciones alimenticias y vocacionales, y el de los grupos armados, ya legales o ilegales. Este contraste funciona a nivel ideológico y también de puesta en escena, pues mientras con los mimos existe ese sentido humanista que tiene casi todo artista para ver el mundo, así como un mayor intimismo y economía de recursos en la puesta en escena, con los grupos armados todo es arbitrariedad y fuerza bruta, además de una apertura en los espacios, acciones y personajes, que le dan otra dinámica a este relato. El paso de un universo al otro y sus momentáneas combinaciones, son lo que sostienen el ritmo de la narración y la hacen siempre atractiva y envolvente, amén también a su buen sentido de la progresión dramática.

De ese juego de sentidos y contrastes es que deviene la mayor virtud de esta cinta como relato, especialmente porque es capaz de crear y sostener un tono que unifica toda esa diversidad de elementos, sobre todo el drama de la violencia y el secuestro combinado con la comedia. Hay un cierto aire picaresco en la narración, pero al mismo tiempo una tensión y zozobra a causa de los actores armados que amenazan a los actores cómicos. Y el principal logro de ese tono es conseguir la verosimilitud que el relato tiene. Una escena clave que explica cómo el director logró esto, es cuando los mimos en el retén militar evitan que les revisen la caja en la que llevan las armas. 

Por eso, en últimas, a la película le funciona, unificado en uno tono uniforme, su tono de comedia, su tono de drama, su tono reflexivo y crítico frente a nuestra realidad, e incluso una surte de tono fabulesco, el único que explicaría la historia de amor entre el mimo y la guerrillera, así como la fuga de ésta, que es tal vez lo que menos funciona en la historia y que trae los malos recuerdos de Golpe de estadio (Sergio cabrera, 1998), una película con elementos parecidos pero del todo malograda.

Los malos son malos y los buenos no tanto

En la misma película de Cabrera, una de las cosas que más molesta es la forma superflua como aborda el conflicto, la poca seriedad en su mirada a los que participan en la guerra, sin que sea una excusa el tono de comedia. La prueba de ello es esta película de Lisandro Duque, en la que no se toma más partido que por la no violencia,  el humanismo y la burla a los violentos, arremetiendo contra las tres principales fuerzas enfrentadas: la guerrilla, los paramilitares y el ejército. A la primera le dedica más tiempo, ridiculizándola en su amañada ideología y poniendo en evidencia su arbitrariedad en el uso de la fuerza y la crueldad de la práctica del secuestro. Los paramilitares, con su amenazante presencia y un par de episodios de violencia e intolerancia, quedan puntualmente dibujados en su criminal imposición. Mientras que los militares son aquí culpables por omisión, pues aunque saben lo que pasa y quiénes son los responsables, sólo intervienen tarde y para guardar las apariencias.

Pero incluso los mismos protagonistas no salen bien librados, al menos no desde el punto de vista ético, por más artistas que se crean y por más que se justifiquen diciendo que lo que saquen se lo reinvertirán al arte. Aún así, se ponen al nivel de los demás vividores y simuladores, juegan y se aprovechan de la guerra que desangra al país. De ahí que en esta película, como en casi todo el cine colombiano, nadie sale completamente limpio (aunque sí impune). Los actores del conflicto son asesinos y corruptos, mientras que los actores de teatro son ambiguos moralmente, son unos pícaros bienintencionados, unos antihéroes que, sin embargo, como tales, funcionan bien en el relato y, nuevamente, con total verosimilitud.

Esa concepción de los protagonistas como teatreros que se arriendan a hombres con dinero y sin cultura, que actúan por casi limosna en la calle y que se vuelven simuladores buscando robustas ganancias, es una concepción que, mirada desde el punto de vista del oficio, no es nada amable con ellos, y algo de crítica y sorna parece haber en las intenciones de Lisandro Duque al respecto. Pero aún así, siguen siendo muy diferentes a sus antagonistas y, además, sigue siendo un efectivo recurso hablar de la guerra a través del arte, pues con ello se abre la posibilidad a la metáfora, a la burla y la irreverencia. A través de la mirada (más o menos) limpia de los artistas y su humanismo, se expone, sin caer en el panfleto, lo absurdos, injustos y crueles que son esos actores del conflicto.

El cine de Lisandro Duque no se ha caracterizado nunca por ser muy llamativo visual o narrativamente. El conocimiento y dominio de una forma clásica de narrar es suficiente para contar con claridad y elocuencia unas historias llenas de sentido en relación con el tema de que se ocupan, mientras que una factura visual y sonora inteligente y sobria le dan vida a esas historias. Incluso esta película se ve un poco simple y hasta envejecida al lado de la mayoría de las propuestas que ahora tiene el cine nacional. Y en parte eso se debe a haber sido rodada hace ya cuatro años. Pero en realidad lo que más sorprende es que fue escrita hace una década, manteniendo su tema y circunstancias una fuerza y vigencia que dicen mucho del buen oficio y lucidez de este director, aunque no menos de lo estancado que está este país en su guerra y lo repetitivos y monótonos que se hacen los actores de su conflicto. 

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