¿Dónde está el cine costeño?

Por: Oswaldo Osorio

Decía Diego Mauricio Cortés Zabala de La boda del acordeonista (1986), la que es considerada la película costeña más lograda hasta hoy, que es una “hermosa cinta, pero distante y monótona, como si se tratara de un Caribe nórdico.” [1] Después de este filme de Pacho Bottía, las esperanzas del cine de la región descansaron en su siguiente y esperado filme, Juana tenía el pelo de oro (2008), pero fue más de una década perdida, desde que fue anunciada, luego de ver tan deslustrado y cojo resultado. Entretanto, Ernesto McCausland poco convenció con sus dos muy costeños filmes (El último carnaval, 1999 y Siniestro, 2001), y el alboroto de una “Nueva ola audiovisual del Caribe” en un Festival de Cartagena hace unos años, a juzgar por la ilegibilidad a nivel nacional de sus autores y posteriores obras, ahora es sólo espuma luego de estrellarse contra las rocas.

Y es que si algo le ha dado vitalidad, e incluso identidad dentro de su diversidad, al cine colombiano es el cine de las regiones. Con buena parte de la filmografía nacional y los directores “bogotanizados”, son el cine caleño, antioqueño y costeño los que han acentuado el color local y complejidad que tiene el país. Aún así, el cine costeño sigue siendo más de intensiones y promesas, muy a pesar de la riqueza cultural, narrativa y las posibilidades visuales con que cuenta.

Esta película de María Camila Lizarazo es otra promesa incumplida del cine costeño, aún teniéndolo todo para contar una historia encantadora y envolvente: historia de amor, música, el universo vallenato, la perspectiva infantil, humor, drama, el paisaje costeño, en fin. No importa que su argumento sea obvio, que la historia de los rivales que se pasan la vida compitiendo en habilidad para ganar el amor de la chica, ya se haya contado muchas veces (incluso con vallenatos y acordeones algo muy parecido se vio en la serie de televisión Escalona, escrita diez años antes que el libro de Ketty Cuello por Daniel Samper y Bernardo Romero Pereiro), en realidad lo importante es que lo que se cuente tenga alma, sea verosímil y recreado con naturalidad.

En esta película hay muy poco de eso. Las actuaciones son irregulares de principio a fin, tanto de los niños como de los adultos, quienes a veces suenan convincentes y otras como recitando el parlamento. Es parte de los riesgos de trabajar con actores naturales, pues los dos niños, antes que actores, han sido reyes infantiles del Festival de la Leyenda Vallenata. Mientras que el tono del relato es de melodrama televisivo, en especial por la configuración y desarrollo de los personajes, creados sin muchos matices, desde el conflicto con el padre, lleno de lugares comunes abordados como lugares comunes (es bebedor, engaña a la mujer, no acepta que su hijo toque música…), hasta la construcción absolutamente maniquea de los dos protagonistas: el bueno es tan bueno que hasta parece tonto y el malo es tan malo que hasta tiene un padre aún más malo y mezquino.

Es cierto que el melodrama y los personajes sin matices son recursos válidos para ciertas historias, pero para eso es necesario encontrar el tono adecuado que permita leer el relato en esas claves. Sin embargo, aquí no existe ese tono, más bien coexisten varios que van cambiando bruscamente a lo largo de la narración, la cual, a su vez, avanza a saltos sin la agilidad propia de un relato envolvente sobre una historia de amor, rivalidad y vallenatos.

Es cierto que la película tiene también elementos y momentos muy afortunados. Algunas escenas –en especial donde participan los actores profesionales- son realmente bien logradas y dan cuenta de una directora prometedora en el oficio. Así mismo, esa bellas e imaginativas transiciones en las que interviene el diseño, el color y una suerte de iconografía del paisaje. Se puede resaltar de la cinta también las logradas imágenes que consiguen con la complicidad del paisaje y la luz de la costa colombiana. Aunque por eso mismo resulta muy abrupto el cambio a las imágenes documentales del festival vallenato.

Aún así, por la forma como está planteada y contada, es una película harto predecible y hasta un poco ingenua, con su moraleja de persistir a pesar de las adversidades, el contraste entre buenos y malos y ese giro gratuito de guionista que lo soluciona todo al final de un plumazo, cuando la chica escucha el complot contra el protagoniza y recupera el acordeón resolviéndolo todo: el bueno triunfa, es ovacionado –hasta por el malvado padre- y se queda con la chica, mientras el malo es derrotado y humillado, así como su padre con sus ineptos secuaces.

De hecho, en muchos sentidos parece más una película con tema costeño pero con mirada foránea (¿Tendría que ver algo la productora CMO Producciones o simplemente la procedencia bogotana y formación en Francia de la directora a pesar de sus raíces costeñas?). Porque lo que vimos quienes no somos de la región, fue una película que reproduce los arquetipos que la televisión y el interior del país tienen de aquella cultura. De ahí que sigamos esperando la verdadera presencia del cine costeño, o al menos del audiovisual costeño, para que se empiece a saldar la deuda que tienen con el cine nacional, una deuda que aumentó un poco más con esta película de acordeones.



[1] CORTÉS ZABALA; Diego Mauricio. La ciudad visible: una Bogotá imaginada. Ministerio de Cultura, Bogotá, 2003. 82 p.

Busca en nuestro sitio

RECIBA EN SU CORREO LA CRÍTICA DE LA SEMANA