Tan bella, tan sola y buscando la muerte

Por Oswaldo Osorio Image

Bolas de jade caerán y la existencia se detendrá.
Hermanita, el cielo está cayendo y no me importa, no me importa.
Hermanita, el destino te está llamando.
Kimberly, de Patti Smith

Violeta está en Nueva York soportando el peso de la existencia, como Kimberly y Patti Smith. Porque esta película parece una canción de Patti Smith: intensa, angustiante, poética, desafiante, neoyorkina y reflexiva con la condición femenina. Es la película de un director-autor y de una actriz que demuestra que sabe mucho más que asumir glamorosas poses de sicaria. Un filme que es audaz en su propuesta visual, narrativa y dramática, razones por las que seguramente polarizará las opiniones del público.

Esa polarización también se vio con la anterior película de Harold Trompetero, Diástole y sístole (2000). Se le acusó de banal y televisiva, pero en realidad es todo lo contrario, pues no hay que dejarse engañar porque sea una comedia, con una estructura episódica e interpretada por actores de televisión. Se trata más bien de una película inteligente y aguda en la idea que plantea, esto es, las relaciones afectivas y los sentimientos encontrados que las mueven. Un filme lleno de ironía, concienzudo con su tema y cinematográficamente inquieto en la búsqueda de una expresividad y un estilo visual consecuente con el tono de la historia, con esa ironía y esa vocación para hurgar en lo ridículo de la conducta humana.

Ambas películas, en principio, parecen estar en la antípodas, mientras que la opera prima de este director le apuesta al humor y al desparpajo sentimental, este nuevo filme es grave y aplastante emocionalmente. Pero en el fondo tienen mucho en común: principalmente las emociones y sentimientos como el material a ser explorado a partir de distintas situaciones y ante diferentes estados de ánimo. La divergencia está en cómo los asumen los personajes y desde qué punto de vista los mira el director con su relato. Por lo demás, es lo mismo: el amor, el desamor, la soledad, el miedo, la frustración, el querer y no poder, en fin, las desventuras de la condición humana, ya vistas como comedia ridícula o como tragedia existencialista.

Pero por más que tengan elementos en común, Violeta de mil colores (2005) es más radical, más audaz si se quiere, desde su sistema de producción, pasando por su planteamiento dramático hasta su propuesta narrativa y formal. Con respecto al primer asunto, la película fue realizada en Nueva York, en video y con un presupuesto mínimo que condicionó (en el sentido práctico del término) la historia y la puesta en escena. Ahora los realizadores, sobre todo en esta era del video digital, están partiendo de un principio, completamente válido, cuando ya no se preguntan ¿Qué necesitamos para hacer una película? Sino ¿Qué tenemos para hacer una película? En relación con la producción, Trompetero partió en buena medida de esta segunda cuestión y, sin necesidad de hacer concesiones, contó la historia que quería: en video, con un grupo de amigos, algún premio estatal, locaciones naturales y prácticamente una sola actriz. En las mismas condiciones se hicieron, por ejemplo, La sombra del caminante (Ciro Guerra, 2004) y Apocalípsur (Javier Mejía, 2006). No cabe duda de que en este sistema de producción está en gran medida el futuro del cine colombiano.  

También es una película muy llamativa visualmente y se evidencia su esmero por definir un concepto que esté en función de lo que quiere expresar la historia. Su propuesta está definida por dos vocaciones contradictorias entre sí, de un lado apeló a un realismo en el registro, aunque sin descuidar la imagen, pero tratando de corresponder a la crudeza de las situaciones y emociones por las que atraviesa su protagonista. De otro lado, algunas secuencias, e incluso su montaje, poseen una decidida vocación de exploración formal, de utilización de recursos que no son habituales en la narrativa convencional, lo cual se puede ver en los encuadres, las texturas y los colores, principalmente. Con esto se evidencian de alguna manera los orígenes de Harold Trompetero en el video arte.

La audacia igualmente está presente en su planteamiento narrativo y dramático. Lo narrativo está regido por la fragmentación, a tal punto que sería posible hacer intercambiables sus partes sin que se pierda la esencia del filme, como si fuera la segunda lectura de Rayuela de Cortázar (De hecho, sus realizadores en algún momento contemplaron la posibilidad de hacer interactivo el orden del relato en el DVD). Además, es una narración sustentada en el soliloquio que hace Violeta casi durante toda la historia. De este recurso se desprende la fuerza del relato, pues el drama está en las palabras, circunstancias y sentimientos de esta mujer, no tanto en las acciones.

Esas palabras y el estado de ánimo de Violeta son como un grito desesperado, acompañado del deseo de muerte y la angustia existencial, porque se encuentra bajo condiciones emocionales extremas: el amor no es una certeza consoladora y no hay familia ni amigos, es decir, seres cercanos que le salven la vida, todo es sola soledad en esa gran ciudad y en medio de tanta gente. Por eso su drama es el exilio, no sólo geográfico sino sobre todo emocional, un exilio que quiere hacer extensivo a la existencia, con la ayuda de una tina de agua tibia y rojos pétalos de rosas. Además, el futuro es menos prometedor que el presente, eso lo confirma la mujer mayor que se sienta al lado suyo en la banca de un parque, haciendo un soliloquio más desolador aún que el de la misma Violeta. 

Con esta película Trompetero explora una serie de sentimientos adversos inherentes a la condición femenina en particular y a la naturaleza humana en general. Con ello inmediatamente transporta al espectador a un paisaje emocional complejo y ciertamente desalentador, turbador incluso, porque no es un sufrimiento trivial el que padece Violeta, y tampoco lo son las perspectivas de solución que propone. Es difícil  aceptar, entonces,  por qué atrae y cautiva esta película, tal vez por su trágica belleza, por sus imágenes estimulantes y bien concebidas, por la compasión que despierta la atribulada Violeta, o porque algo o mucho de ella está en cada uno de nosotros.

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