El cine del alucine juega en otra liga

Por Oswaldo Osorio

Esta película es como esas bofetadas que “el duende”, uno de sus personajes, les pega a las mujeres, que en lugar de causar dolor resultan ser un gran placer. Y es que este esperado segundo largo de Felipe Aljure es una poderosa descarga de imágenes y sonidos que satura los sentidos, con una vertiginosidad narrativa casi agotadora, un agudísimo humor que deja contraído el estómago y una sardónica crítica que da dolor de país, y sin embargo, es imposible no celebrarla como uno de los mayores placeres cinematográficos en la historia de Colombia.

Aunque justamente por esta suerte de contradicción, será sin duda una de esas películas que se odian o se aman con fervor. Quien piense en el habitual cine colombiano o quien busque en las películas mesura, profundidad reflexiva y el cómodo lenguaje convencional de fácil lectura, seguramente hará parte de los odiadores. Y es que esta película exige que el espectador se sintonice con una lógica y unos códigos distintos a los que lo tiene acostumbrado (a veces alienado) gran parte del cine. La lógica que lo explica  es la del alucine, podría decirse, pero también la lógica de la postmodernidad, pues la película tiene todas las características de esta -ya no tan nueva- forma de concebir el mundo y la creación artística.

Este universo postmoderno está constituido por dos triángulos amorosos, cien mil pepas alucinógenas del color de la bandera colombiana, una erótico-emisora  móvil, un poeta metido a sicario por herencia y un grupo de personajes tirando cada uno para su lado, buscando su propio beneficio. Y claro, la corrupción y el país del Divino Niño de fondo, con su descarado cinismo y amoralidad. Todo este caleidoscópico circo nacional está en función del colombian dream, no de la tienda de video que en la película tiene este nombre, sino del “sueño colombiano”, que no es otro que el dinero fácil por vía de la venta de droga. Pero si ése es el colombian dream, el colombian way of life es lidiar con las problemáticas consecuencias que conlleva ese dinero fácil, y en esta historia todos pagan en mayor o menor medida esas consecuencias.

Pero lo más impactante de este filme es el tratamiento visual y narrativo que Aljure le da a estos temas, pues el filme es una deslumbrante pieza que resulta compleja y contradictoria en los elementos que la componen, una obra apologética con la libertad expresiva y que tiene una mirada determinada por la exaltación de la subjetividad. Todas estas características definen la vocación posmoderna de este filme, el cual es producto tanto de una concepción intuitiva como cerebral. De un lado, la intuición está en la creación de ese universo un tanto bizarro y abarrotado de color, subjetividad, distorsión, equívocos, traiciones y desamores con amores.  Mientras que lo cerebral está en los hilos que tejen ese universo que aparentemente está tan dislocado visual, emocional y argumentalmente: no se trata de un relato lineal y uniforme, sino de una narración intencionalmente abigarrada y fragmentada.

Ahora, con esta descarga visual en el centro de todo, los planteamientos morales del filme quedan en entredicho. Se supone que está hablando de los males del país (narcotráfico, corrupción y muerte), pero la historia y sus personajes no muestran atisbo de dimensión moral alguna. Se diría que son sólo monigotes en función de un relato y con un elemental móvil, el dinero fácil, y que no hay reflexión alguna de sus actos. Sin embargo, si se vuelve a aplicar la misma lógica propuesta por este texto, la del discurso posmoderno, ese tipo de planteamientos y reflexiones no están entre sus objetivos, porque se rechaza conscientemente cualquier dimensión de trascendencia y le apuesta al juego, a la ironía, incluso al cinismo. Por eso mismo el filme se ganará la animadversión de muchos, porque es una película que empezó a jugar en otra liga muy diferente, una liga que para disfrutarla hay que tener la mente abierta para entender sus reglas de juego, el cual ha cambiado en todos los niveles: moral, estético y discursivo.  

Publicado el 27 de octubre de 2006 en el periódico El Mundo de Medellín. 

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