Anécdotas y chistes pariendo una película

Por Oswaldo OsorioImage

Al cine colombiano cada vez le queda más grande ese nombre, y Sergio Cabrera, el director más activo y promocionado de la última década, no ha contribuido mucho para que esto no suceda; todo lo contrario, las cuatro películas y media que ha realizado durante este tiempo, son todas ellas imperfectas por una u otra razón, ya técnica, narrativa, argumentalmente o todas las anteriores. Este juicio tan desfavorable para quien es, al mismo tiempo, insigne cineasta criollo y padre de la patria, cualquiera lo puede constatar en su último filme, Golpe de estadio, una película insustancial e inconsistente desde casi cualquier punto que se le mire, un chiste nacional, muy flojo por cierto, cuya única trascendencia estará en los bolsillos de sus productores, y no precisamente en forma favorable.

Una docena de cine criollo

El cine colombiano tiene muchos problemas. El primero de ellos es su poca continuidad. En la década actual escasamente se han realizado una docena de películas, entre las cuales hay algunas que ni siquiera se estrenaron comercialmente, como Nieve tropical, de Ciro Durán, o La mujer del piso alto, de Ricardo Coral Dorado. Por otra parte, el gobierno apenas hace poco se volvió a interesar por el fomento cinematográfico, pero todavía falta para que se vean los resultados en el celuloide.

Así mismo, los productores privados prácticamente no existen y los llamados cineastas son más bien personas dedicadas a la publicidad y la televisión, que hacen una película cada que pueden, y ninguno de ellos tiene lo que podríamos llamar una obra cinematográfica sólida, porque no es suficiente "gracia", como han dicho ya muchos, hacer una película en un país como éste, pues si nivelamos por lo bajo, ahí sí que no llegaremos a ninguna parte. Y para ajustar, no hay respaldo por parte de los espectadores, ya que a la hora de llenar los teatros, prefieren otro tipo de producciones, pareciera que su experiencia con las colombianas no ha sido muy buena y el patriotismo no les alcanza para tanto.

Pero no todo es carencia y defecto, claro. Los noventa han visto, al menos, tres muy buenos largometrajes colombianos: Confesión a Laura, de Jaime Osorio, La gente de La Universal, de Felipe Aljure, y La vendedora de rosas, de Víctor Gaviria. Tal vez la lista de cortos sea mayor, pero eso sólo lo saben, separadamente, los amigos de sus respectivos realizadores. De otro lado, esta década también vio un taquillazo colombiano: La estrategia del caracol, que fue cuando Sergio Cabrera subió al cielo. Pero no demoró mucho en bajar, pues quiso aprovechar sus quince minutos de fama y rodó media película, para después completarla remendándole algunas muchas secuencias de Técnicas de duelo (su película más honesta y respetable), y a esa colcha de retazos la llamó Aguilas no cazan moscas. Después vendría Ilona llega con la lluvia, y seguramente se dio cuenta que las adaptaciones literarias tampoco eran lo suyo.

Entonces volvió a lo que le dio éxito y dinero: la puesta en escena de una anécdota jocosa, convenientemente inflada con los diversos elementos que (supuestamente) le asegurarían el acceso al gran público: fútbol, actualidad nacional, tímida crítica socio-política, chistesitos, gags, estereotipos, mujeres bonitas y hasta una historia de amor. Todo eso es Golpe de estadio, aunque cuando aparecen los créditos finales, nos damos cuenta de que en realidad no es mucho.

¿Una historia a la colombiana?

"La intención mía era hacer una historia contada a la colombiana. La película empieza muy dramática, con un gran climax que parece un dramón, y gradualmente la película se va convirtiendo en una comedia, sin que uno se percate."(1) Estas palabras de Sergio Cabrera no fueron para referirse a La estrategia del caracol y tampoco a Golpe de estadio, con ellas describía (?) su opera prima, Técnicas de duelo. ¿Quién sabe de dónde sacaría eso de que así se cuentan las historias a la colombiana? Y en caso de que así fuera, no es exactamente eso lo que se ve en sus películas, especialmente en esta última, porque si Golpe de estadio tiene algún problema grave es la falta de definición en su tono, pues no sabemos si se trata de una comedia, una farsa, una parodia, un drama o una sátira. No puede ser todo al mismo tiempo, como lo hizo Cabrera, pues cada uno de estos géneros tiene sus características propias y la sola intención de sobreponer o mezclar dos de ellos debidamente, es una tarea que requiere de laboriosidad e ingenio. Pretender mezclarlos todos, y de la manera tan desordenada e incoherente como se hizo en esta película, es una completa torpeza desde el punto de vista dramático y narrativo.

Esta torpeza, que naturalmente viene desde la misma concepción y desarrollo de la idea, se refleja en su distraído planteamiento argumental, carente de toda fuerza dramática (o cómica o satírica o…), al igual que las varias sub-tramas que intenta desarrollar; se refleja también en la falta de definición de la mayoría de los personajes y situaciones, en especial en aquellos y aquellas que evidentemente son simples accesorios ornamentales, como la reportera o las putas y todas las secuencias en que ellas participan; pero sobre todo, la aludida torpeza se refleja en su narración remendada, segmentada y obstaculizada por la gran cantidad de elementos, en su mayoría superfluos y triviales, que tenía que manejar.

Además, el hilo conductor y leitmotiv del filme (la tregua entre policía y guerrilla con motivo de un partido de la selección Colombia), que es la anécdota inflada a la que me refería antes, resulta demasiado débil e inconsistente para soportar tal enjambre de personajes y situaciones. Y no es que esto no se pueda hacer, la virtud de muchas películas descansa, justamente, en el hecho de ser piezas corales, directores como Federico Fellini, Lawrence Kasdan o Pedro Almodóvar así nos lo han demostrado.

Sergio Cabrera intentó hacer una pieza coral, pero su película resultó ser un desfile de personajes construidos superficialmente, caricaturas burdas como las que viéramos en su Estrategia del caracol, protagonizando una hilera de sketches con una concepción formal y conceptual que se mueve entre las coordenadas de Sábados felices y Los Magníficos, con comerciales incluidos y todo (aunque dieran pena ajena, como muchas otros pasajes de la película). 

En definitiva, lo que nunca vamos a entender es cómo, en un país donde escasamente se hacen una o dos películas al año y de la mano del director de cine con mayor renombre del país, cómo se puede llegar a perpetrar tal desperdicio. Porque en Golpe de estadio se desperdició un gran presupuesto, la atención del público, un tema con enormes posibilidades, algunos tímidos talentos y hasta la importación de vedettes. Lo único que podemos hacer es ser buenos patriotas, pero no asistiendo a las películas de Sergio Cabrera por esperpénticas que sean, sino haciendo efectivo nuestro derecho al voto y eligiéndolo de nuevo para la Cámara (aunque sea su mayor ausentista), tal vez así no siga haciendo cine y sean otros los que saquen mejor provecho del dinero de los productores y del talento que pueda haber en esta desventurada tierra.

(1) Cinemateca, No. 9, Junio de 1988.

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