Nociones de un cine posible

Oswaldo Osorio

En Colombia hay muchas películas nacionales invisibles, aun cuando tienen buen presupuesto, actores reconocidos o una significativa participación en festivales. Pero también hay otro renglón de películas pequeñas, de muy bajo presupuesto o sin ninguno para su promoción, con actores poco conocidos o no actores y que plantean un sistema de producción que hace viable un proyecto pequeño. Esta película pertenece a ese segundo grupo, el cual es mucho más invisibles todavía.

El concepto de Cine pobre no significa necesariamente cine malo o aficionado, aunque habitualmente coinciden. El cine pobre lleva su nombre con la dignidad de quienes logran desarrollar una obra cinematográfica sin los grandes presupuestos y parafernalia propios de la industria. Viacrucis propone una variación de ese término, ajustándolo al sur del país y a un vocablo indígena muy conocido en la región, el Cine minga, pues la película que aquí resultó, según sus realizadores, fue producto de un trabajo comunitario que se hace con el propósito de una utilidad social.

El problema del cine pobre es cuando esa pobreza se nota más allá de los valores de producción, es decir, de los elementos evidentes de la puesta en escena. En esta película se nota la precariedad de recursos, empezando por la participación de numerosos actores naturales quienes, efectivamente, son habitantes del pueblo en que se rodó, Timbío, Cauca. Pero esa precariedad no necesariamente es tan evidente en la historia que relata, las ideas que pone en juego, el universo que recrea y el tono que logra con su narración.

Se trata de la historia de un viernes santo en un pueblo y las gestiones de una mujer para organizar la procesión del viacrucis. En la película hay momentos verdaderamente brillantes y con fuerza a la hora de dar cuenta del color local de un pueblito colombiano, partidista, rezandero y de gentes sencillas. Ya sea la religiosidad pasada por los ritos (la madre), o las reminiscencias de las obstinaciones partidistas (el padre), o la muestra de lo que es el verdadero cristianismo (el hijo), la película sabe conjugar esas tres líneas argumentales con buen ritmo y un tono preciso la mayor de las veces. Aunque hay otros momentos en que pierde el rumbo, porque en ella hay una mezcla de gestos narrativos y dramáticos: se pueden identificar componentes de farsa, de sátira social y un cierto ternurismo en clave de fábula.

Escenas como el diálogo entre el alcalde y el cura resultan tan divertidas como críticas y cáusticas, en donde se desnudan los intereses creados de estos dos poderes que han operado por siglos en los pueblos. Así mismo, todo el sainete del viacrucis, es al tiempo una burla y una radiografía –aunque apelando a jocosos estereotipos- de la fauna que habita un pequeño poblado en un país como este.

Es cierto que la película no es consistente en la construcción de ese tono que duda entre sus tres subtramas, aunque su universo sí es sólido y coherente. Y si bien en algunos pasajes se evidencia la falta de recursos y hasta de experiencia, es más lo que divierte y encanta, por lo que reconforta ver un cine posible, en el que se evidencia más lo que se quiere decir que las imposiciones materiales e industriales del cine.

Publicado el de 2018 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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