A falta de una industria de cine nacional, o de grandes productoras, se puede decir que todo el cine colombiano ha sido independiente, pero solo haciendo referencia a ese término que ya es una moda más. No obstante, en la práctica, el cine nacional históricamente ha dependido de gente abusiva, corrupta o ignorante que siempre se la monta. De los que más ha dependido nuestro cine es de los exhibidores, con Cine Colombia como su peor enemigo: le limita el número de salas, saca películas de cartelera para poner la superproducción de turno y hasta ha sido cómplice de la censura. El Estado también ha hecho que el cine nacional haya permanecido de rodillas, porque lo ignoró por muchas décadas y cuando por fin lo apoyó, el clientelismo y la corrupción hicieron fiesta de su cuenta (aunque por fortuna eso cambió hace poco). Por último, el público y un gran sector de la prensa, con sus prejuicios y obtusidad, han denigrado de él más de lo que se merece. En conclusión, la paradoja del cine colombiano es que su independencia significa falta de recursos, pero en realidad siempre ha dependido de unos señores que no le permiten levantar la cabeza.

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