Una fiesta con tradición

Por Oswaldo OsorioImage

Para algunos éste fue el Festival de Víctor Gaviria; para otros fue el Festival de siempre, con todos sus altibajos, pero en definitiva la principal fiesta del cine en Colombia; aunque también hubo quienes acusaron el mal olor de un evento que cada vez tiene más aspecto de cadáver. Tal vez lo más acertado sea admitir que cada una de estas opiniones tiene algo de verdad, con todo lo bueno y malo que eso implica.  

El festival de cine más viejo de Latinoamérica ya se dejó rebasar en importancia por otros como el de Guadalajara, Mar del Plata y La Habana. Eso tiene serias repercusiones en las personalidades internacionales que asisten y en la programación que Cartagena pueda ofrecer cada año. En este último caso, lo más grave es que está perdiendo su capacidad de ser una vitrina para ver ese cine que sólo se podría ver en un festival, en especial el latinoamericano, y se está perdiendo porque de su muestra de películas si acaso una decena no estará en la cartelera comercial o en las distintas muestras que circulan por el país a lo largo del año.

Pero ese abolengo aún conserva un peso y por eso es un evento que cada año convoca a la gente de cine del país, lo cual propicia un ambiente y unas actividades que de otra forma no se podrían lograr en ninguna otra circunstancia. Además de la muestra central de películas, el Festival programa una serie de actividades que lo enriquecen y que se convierten en la alternativa ideal para quienes quieren ver algo diferente a lo que en algún momento del futuro podrán ver en su ciudad: la muestra de cortometrajes, de video y de cine independiente norteamericano.

Además están las actividades académicas, como conferencias, lanzamiento de publicaciones, seminarios y ruedas  de prensa. Especialmente éstas últimas resultan muy interesantes y enriquecedoras, pues el público y la prensa tienen la oportunidad de hablar con los realizadores y protagonistas de muchas de las películas que pudieron ver el día anterior. De esta manera, se puede tener una mirada más completa de lo que fue la película, y esto resulta especialmente valioso para esa gran cantidad de jóvenes realizadores que asisten al Festival y que allí tienen la oportunidad de conocer esas experiencias de primera mano.

Cine colombiano

Ya se está volviendo costumbre que el cine nacional tenga una importante presencia en el marco del Festival, tanto que en los último años ha sido necesario crear un jurado exclusivamente para que, de entre todas las producciones colombianas, seleccione apenas dos para participar en la competencia junto con las demás películas iberoamericanas. Y por la misma razón, ha sido necesario crear el premio a la mejor película colombiana. Las dos películas seleccionadas fueron El rey, de Antonio Dorado, y Sumas y restas, de Víctor Gaviria, y a esta última le fue otorgado el premio sobre los demás filmes nacionales.

La película de Gaviria, además de este premio, se llevó también el de mejor película del Festival, mejor director y mejor actor de reparto. Fue una racha ganadora que causó un poco de polémica en los corredores, pero sobre todo porque había un asunto de regionalismo de por medio: la película sobre narcotráfico caleña, con todo el gran éxito que ha tenido, contra la película sobre narcotráfico paisa, sostenida por el prestigio de su director y su vocación realista.

Aunque ambas películas son sobre el mismo tema, de ninguna manera admiten comparación, pues cada una tiene una naturaleza distinta, casi opuestas, tan opuesta como lo puede ser el histórico distanciamiento entre cine de género y cine de autor. El rey es un filme muy bien hecho narrativa y visualmente que se ciñó muy acertadamente  a las reglas y convenciones de un género cinematográfico ya harto conocido: el cine de gángsters. Por eso el gran éxito que tuvo con el público, porque era la misma historia de drogas y violencia, a la que tantos tienen una ciega aversión, pero contada con el asimilable y familiar esquema de un género.

De otro lado, sumas y restas es una película de un autor-director en la medida en que no se subordina a fórmulas establecidas por la industria y busca su propia mirada partiendo de la premisa del realismo que ha caracterizado al cine de Víctor Gaviria. En esa medida, esa mirada resulta mucho más auténtica y honesta, sin detenerse en concesiones de ninguna clase. Se trata por eso de una película que se arriesga y busca las propias formas de expresarse y comunicarse siendo consecuente con el tema y el universo que quiere retratar. Y fue eso justamente lo que vio el jurado en ella, su riesgo, honestidad y autenticidad para trasmitirnos de manera contundente y reveladora un mundo que creemos tener la certeza de saber cómo es, pero que se nos revela de manera más rotunda y dramática con esta gran película.

Otra arista de la polémica, aunque ya planteada a voces por algunos, fue la exclusión de la competencia oficial de la película La sombra del caminante, del joven director Ciro Guerra. Para muchos, sobre todo para el público más joven, y en especial para aquellos reunidos en la Asociación Nacional de Cine Clubes La Iguana, esta película significó una renovación del cine nacional, al punto de sugerir incluso una ruptura generacional. Pero si bien es cierto que es un filme con muchas virtudes, principalmente la originalidad de su planteamiento y su interés por las exploraciones visuales, también evidencia algunas carencias en un guión que aún depende mucho de los diálogos para comunicar sus ideas y que apela a giros forzados o inverosímiles para redondear su historia.

Cine bueno, malo y regular

La característica que permanece año tras año en la programación cinematográfica del Festival es su irregularidad en la calidad de las películas, es decir, se pueden encontrar tanto películas excelentes como vergonzosos atentados al sentido común y al buen gusto. Esto se debe, por un lado, a que el festival depende de lo que se haya realizado en el último año en Iberoamérica y, por otro lado, a una falta de curaduría que está muy limitada por la negativa de muchos productores de llevar su película a este Festival, pues no les interesa o prefieren llevarlas a otros.

De todas formas, hubo un puñado de películas que valieron la pena el viaje hasta Cartagena. Cabe mencionar la española Te doy mis ojos, de Iciar Bollaín, un filme dramático y conmovedor sobre un hombre que maltrata a su esposa. También fue grato el reencuentro con el director chileno Silvio Caiozzi y su última película Cachimba, una deliciosa farsa sobre un hombre amante del arte que descubre a un artista olvidado. Sin embargo, de Argentina y México, que son las actuales potencias cinematográficas del continente, hubo muy pocas películas y ninguna de ellas llenó las expectativas.

A pesar de todo, el Festival de Cine de Cartagena seguirá siendo la mejor forma de tomarle el pulso al cine latinoamericano a falta de poderlo ver en los circuitos comerciales de exhibición; así mismo, es uno de los puntos de encuentro ideales para reflexionar sobre el cine nacional y proponer nuevas cosas, sólo que le urge detener ese descenso hacia lo que parece ser un festival de tercera, porque el cine nacional lo necesita, más ahora que de nuevo empieza a renacer.

Premio a mejor película
Sumas y restas, de Víctor Gaviria.

El premio especial del jurado
Un día sin mexicanos, de Sergio Arau, México.

El premio al mejor director
Víctor Gaviria.

El premio a Ópera Prima
Próxima salida, del director argentino Nicolás Tuozzo, Argentina.

El premio a mejor guión
Sergio Arau, Yareli Arizmendi y Sergio Arau, por Un día sin mexicanos.

El premio a Mejor Fotografía
Miguel Abal, de la película Cachimba, de Silvio Caiozzi, de Chile.

Premio a mejor actor
Luis Tosar, de Te doy mis ojos, de Iciar Bollaín, de España.

Premio a mejor actriz
Mariana Loyola, de Cachimba, de Silvio Caiozzi, Chile.

El premio a mejor actor de reparto
Julio Jung de Cachimba, Chile, y Fabio Restrepo, de Sumas y restas, de Colombia.

El premio a mejor actriz de reparto
Silvia Lourenco, de Contra todos, dirigida por Roberto Moreira, de Brasil.

El jurado estuvo conformado por la escritora colombiana Laura Restrepo, la directora venezolana de cine Elia Schneider, el periodista colombiano Daniel Samper Pizano, el productor español Michel Ruben y la cinematografista chilena Alejandra Cillero.

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