La saga atrasada de un cine que camina lento

El siguiente texto hace un recorrido panorámico por las publicaciones que han contribuido a delinear una historiografía del cine colombiano, y evalúa sus propósitos, metodologías, alcances y deficiencias.

Por Oswaldo Osorio

Aunque la historia del cine colombiano siempre ha sido más fácil leerla que verla, lo que se ha escrito sobre la cinematografía del país no corresponde siquiera, como sería apenas lógico, a la dinámica lenta y episódica de la producción cinematográfica, sino que su andar ha sido aún mucho más moroso. Por eso no se puede hablar de una proporción entre lo filmado y lo escrito, pues si la historia del cine colombiano es recesiva y llena de vacíos, su historiografía lo es todavía más.

El origen y materia prima de esta historiografía necesariamente está en la historia de la crítica de cine, la cual sólo se puede rastrear muy tardíamente, poco más de medio siglo después de la aparición de cinematógrafo. Es cierto que en las primeras décadas se escribió de cine en el país, pero quienes lo hacían provenían de la literatura y usaban el nuevo medio como excusa para escribir prosa poética, cuando no se trataba simplemente de textos promocionales gestados por las mismas casas exhibidoras.

Entrada la década del cincuenta es cuando se pueden identificar algunos críticos que hacen un ejercicio regular y ajustan el oficio al conocimiento del lenguaje del cine. Gabriel García Márquez, Hernando Valencia Goelkel y Hernando Salcedo Silva son los nombres claves en esta “nueva” forma de escribir sobre cine en Colombia, aunque no necesariamente del cine colombiano, pues coincidieron con uno de esos periodos en que la producción nacional era realmente escasa. Aún así, es uno de ellos, Salcedo Silva, quien tiene el mérito de ser el primero en interesarse y hacer, posteriormente, un análisis del periodo silente en el país.

Este mismo autor habla de varias generaciones de la crítica nacional, identificando desde una primera que coincide con el cine mudo y que era puramente informativa, pasando por aquella con tal carga literaria que de lo que menos hablaba era de cine, luego por su generación, para terminar mencionando una cuarta surgida, durante la década del sesenta, de las disciplinas universitarias, y la cual él mismo consideraba la más profesional de todas. [1]

La línea evolutiva que para la crítica propone Salcedo Silva, bien podría servir de referente para la historiografía del cine nacional, pues su dinámica ha tenido unas características similares. Porque se puede decir que ésta se inicia con las incipientes incursiones de los críticos en la construcción de una historia de nuestro cine, aplicando categorizaciones y conceptos más cercanos a las subjetivas valoraciones personales, nutridas con datos e información. Después es posible observar la paulatina aparición del uso de herramientas teóricas y metodológicas, sobre todo cuando la academia se empieza a interesar por el cine, primero en su historia y luego en su relación con otras disciplinas. Y finalmente, vemos en la última década una real profesionalización del ejercicio teórico e historiográfico con respecto al cine colombiano, aunque no todavía en un volumen y un impacto significativos.

Y EL ORIGEN FUERON TRES TEXTOS

La historiografía de nuestro cine tiene, sin duda alguna, su momento fundacional en la Historia del cine colombiano, [2] publicada por Hernando Martínez Pardo en 1978.[3] Esta fecha ya es bastante significativa, porque evidencia la demora en la aparición de una primera obra de importancia a la hora de asumir el estudio del cine del país. Además, su extensión (472 páginas) la hace la más exhaustiva historia que aún hasta hoy se ha escrito en Colombia. Consecuentemente, se pone de manifiesto el atraso de tres décadas que hoy tenemos al no existir aún una obra que se le parezca en extensión y cobertura.

Lo más cercano a este cubrimiento puede ser el Diccionario de cine iberoamericano, España, Portugal y América, presentado en 2008 por la Fundación Autor de la Sociedad General de Autores (SGAE), compuesto por diez tomos, de los cuales le corresponden a Colombia aproximadamente doscientas entradas, entre voces temáticas y biográficas, así como la reseña de veinte de sus más importantes películas. Diego Rojas y Orlando Mora fueron los encargados por Colombia de coordinar la escritura de los textos entre un considerable número de especialistas del país. Ciertamente la particular articulación de los temas de un diccionario no ofrece lo mismo que una mirada orgánica y transversal, pero el grueso de información y conceptos reunidos aquí lo hace ya de por sí una pieza de gran relevancia.

Volviendo al texto de Martínez Pardo, este autor comienza muy metódicamente su obra dando cuenta de la llegada del cine al país con periodizaciones a manera de capítulos que agrupan la historia del cine de Colombia en distintas etapas bien delimitadas. Así mismo, en cada una de ellas tiene en cuenta las diversas actividades que hacen parte del quehacer cinematográfico. Habla, entonces, de los procesos propios de la industria del cine, como la producción, la distribución y la exhibición, pero también de otros aspectos relacionados, como el público, las revistas, la crítica, la legislación y la censura.

A partir de esta estructura, el autor desarrolla una historia sistemática en su relación de obras, autores y episodios que hacen parte de la historia del cine nacional. Su aproximación es descriptiva, en un principio, y luego crítica. La inclusión de nombres, obras o temas es asumida dentro del texto de una forma analítica y reflexiva, partiendo del conocimiento que el autor tiene de la historia y el lenguaje del cine, así como de otros autores que le sirven para sustentar, complementar o hasta contradecir sus argumentos sobre las películas y el proceso del cine en el país.

Ese mismo año, 1978, vio la luz otro libro importante en esta historiografía: Reportaje crítico al cine colombiano, de Umberto Valverde. Este texto ya no tiene las pretensiones de sistematización y cobertura del anterior, pero se presenta como un material clave para comprender buena parte de la historia y la dinámica del cine nacional, pues allí el crítico caleño, después de una larga introducción en la que, con un énfasis también crítico y reflexivo, habla sobre la situación del cine colombiano de las últimas dos décadas, presenta doce entrevistas a diferentes cineastas y a algunos críticos en las que ellos no sólo responden por su obra, sino también por la visión que tienen del cine del país.

Lisandro Duque, Carlos Mayolo, Luis Ospina, Francisco Norden, Hernando Salcedo Silva, Marta Rodríguez y Jorge Silva, son algunas de esas personalidades a las que Valverde propone el ejercicio de reflexionar sobre sus películas y sobre el cine nacional y latinoamericano. De hecho, la primera pregunta que les hace a todos ellos es por la existencia o no de un cine nacional; incluso enfatiza en el concepto, que hizo carrera en aquel entonces, de un “nuevo cine colombiano”.

El libro que completa esta triada fundante de la historiografía nacional es Crónicas del cine colombiano 1897 - 1950, escrito por Hernando Salcedo Silva.[4] Si bien fue publicado en 1981, los textos y entrevistas que lo componen fueron escritos muchos antes que los dos libros antes mencionados, por lo que su autor puede ser considerado el pionero de una mirada histórica a nuestro cine, además por su importante labor como crítico, cine clubista y preservador del patrimonio cinematográfico del país. Dice el autor en su prólogo: “Son crónicas en el sentido de que ofrecen cronológicamente sólo los aspectos más generales del tema (…) [aspiro] que el lector no adivine al crítico tras el simple cronista-espectador que, sin conceptualizar demasiado, intenta ante todo compartir con el lector su afecto por el cine colombiano…”.[5]

Y efectivamente, el texto hace un recorrido por el primer medio siglo del cine nacional en un tono accesible y hasta muy personal, sin que por ello quede en entredicho el buen juicio que siempre caracterizó a su autor en su tratamiento del cine. Además, el libro tiene el enorme valor de contar con entrevistas realizadas a algunos de los pioneros del cine en Colombia, como Máximo Calvo, Donato Di Domenico o Gonzalo Acevedo, constituyéndose en el contacto más directo que tenemos con muchas de esas primeras obras que ya se perdieron en el tiempo.

Más de una década después, en 1994, se publicó el libro de John King –profesor de historia cultural de América Latina en la Universidad de Warwick, Inglaterra–, El carrete mágico. Una historia del cine latinoamericano, con más de diez páginas dedicadas al cine colombiano (291-304), [6] enfocadas en la producción a partir de los años sesenta y hasta la aparición, en 1993, de La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, privilegiando el contexto histórico-político en el que surge esta producción.

DE LOS TRABAJOS DE GRADO A LAS ANTOLOGÍAS Y COMPILACIONES

Otro tipo de textos que tienen como objeto de estudio el cine colombiano son básicamente tesis y trabajos de grados realizados, principalmente, en las facultades de comunicación social del país, y en general, en las facultades de ciencias humanas y sociales, los cuales empezaron a abundar sobre todo a partir de los años ochenta.[7] Son trabajos que casi triplican en número la lista de libros sobre cine colombiano publicados, pero su característica esencial es no haber visto la luz pública y reposar en el estante de una biblioteca universitaria, sin que sea posible que tengan una inferencia significativa en la historiografía nacional. Además, su carácter de trabajo universitario los ubica en un nivel distinto del conocimiento, si se tiene en cuenta que la mayoría de estos trabajos son aproximaciones descriptivas o exploratorias del estado del arte, casi siempre sin la supuesta exigencia de rigor que tienen las obras que serán publicadas.

Mayor incidencia ha tenido una serie distinta de textos, las compilaciones, categoría en la cual es posible encontrar títulos de autores no sólo importantes sino imprescindibles, como es el caso de Luis Alberto Álvarez y sus Páginas de cine. Se trata de tres valiosos tomos en los que se concentran los mejores textos de este crítico antioqueño; cada uno contiene una larga sección compuesta por escritos dedicados al cine colombiano, los cuales, juntos, harían un perfecto volumen que cubre buena parte de la historia del cine nacional. Aunque justo por su carácter de compilación, hace falta un tratamiento general y sistemático de los distintos temas y periodos, imponiéndose el enfoque propio de los escritos hechos para publicaciones periódicas y que dan cuenta de títulos, autores y coyunturas particulares.

Lo más cerca que estuvo este crítico esencial de hacer una contribución a la historiografía nacional con una mirada de largo alcance, fue el capítulo que escribió por encargo para Nueva Historia de Colombia, enciclopedia editada por Planeta en 1989. En sus escasas treinta y cinco páginas, más bien se puede hablar de un resumen de la historia del cine nacional, donde hay más datos que estructurados análisis. Aun así, y teniendo en cuenta la lucidez y conocimiento que siempre distinguieron a Álvarez, su sintética mirada tiene los énfasis suficientes en la construcción de esta historia como para tener en cuenta dicho texto a la hora de hacer balances. [8]

Con ese mismo carácter antológico han sido publicados varios libros que, de alguna forma, dan cuenta del cine colombiano, ya sea en una perspectiva temporal, por temáticas o simplemente por obras y autores. Uno de ellos es Textos de cine 1977-1982, de Alberto Ramos Garbiras, publicado en 1982 y que recopila los escritos sobre cine colombiano que el autor elaboró para la prensa. Mauricio Laurenshace lo propio en 1988 con El vaivén de las películas colombianas (de 1977 a 1987), en el cual trata de darle un mayor sentido al ordenar los textos a partir de temas en común. Y especial mención merecen los libros que, con irregular periodicidad, edita Germán Ossa como producto de los encuentros anuales de críticos de cine en Pereira que él mismo organiza. Tres de esos textos, La gran ilusión (1996), Nido de cóndores (1999) y La crítica de cine en Colombia (2004), están constituidos, en su mayoría, por artículos y ensayos dedicados al cine colombiano, aunque no de forma monográfica, sino abordando los temas más disímiles, desde su historia, pasando por críticas o reflexiones, hasta otras temáticas más específicas. Por su parte Comunicación, cine colombiano y ciudad (2005), de Oswaldo Osorio, si bien en su mayor parte también está conformado por textos publicados previamente, hace un esfuerzo por articular la edición en torno a la transición de lo rural a lo urbano en el cine colombiano, un proceso marcado por la violencia.

A propósito de este último tema, una compilación relevante es la que hizo María Isabel Sánchez en El cine de la violencia (1987), aunque menos por la reflexión que anuncia el título, pues se limita a una veintena de páginas introductorias, que por la importancia del material que recopila: seis guiones que abordan el problema de la violencia en Colombia, específicamente la que sobrevino luego del asesinato de Gaitán. Los guiones de Canaguaro y Cóndores no entierran todos los días se encuentran aquí, lo cual ya da una idea de la mirada que sobre el cine y el país se puede advertir en el material reunido.

Luis Ospina y Sandro Romero Rey seleccionaron y anotaron una antología de textos sobre cine del escritor caleño Andrés Caicedo, editada por Norma y que lleva el mismo título de la emblemática revista que produjo el Grupo de Cali en los años setenta, Ojo al cine (1999). Aquí, además de abundante material sobre cine extranjero, se recopilan textos escritos por Caicedo sobre algunas películas clave del cine colombiano en esos años y entrevistas a varios realizadores.

En relación con el Grupo de Cali, es preciso reseñar dos recientes textos que además de la pertenencia de sus autores al mismo ámbito geográfico y cultural, comparten su carácter antológico. Se trata de Palabras al viento (2007), de Luis Ospina y La vida de mi cine y mi televisión (2008), de Carlos Mayolo. Estos dos realizadores, como se sabe, durante mucho tiempo trabajaron juntos y a veces resultaban siendo uno solo. No se trata estrictamente de obras que hablen del cine colombiano, pero el significativo protagonismo de estos dos personajes en la producción nacional, hace que sus opiniones, además de sus películas, tengan relevancia a la hora de pensar nuestra cinematografía.

El libro de Ospina, que lleva por subtítulo Mis sobras completas, es un refrescante e ingenioso recorrido por la experiencia de este realizador como cineasta y como cinéfilo. El de Mayolo es un libro aparentemente más desarticulado, por los cortísimos textos que lo componen; sin embargo, mirados como un todo y con el orden que le dieron sus editores, son una completa mirada al mundo del cine y la televisión a través de la impetuosa experiencia y delirante subjetividad de un cineasta tan genial como inédito. Este libro llega póstumamente para complementar la autobiografía de este director, ¿Mamá qué hago?, publicada por Oveja Negra en 2002, un texto esencial para entender en qué consistía su genialidad y un testimonio de muchos episodios y procesos del cine colombiano.

Guardadas las proporciones, a estos tres libros de los directores caleños se puede asociar el texto El cine de Gustavo Nieto Roa. Una vida de película, escrito y editado por el mismo director en 1997. Aunque el “nietorroísmo” sea un adjetivo con el que la mayoría de directores del país no quisieran estar asociados, el sólo hecho de que tal adjetivo exista da cuenta de la relevancia que este director y su obra tienen en el cine colombiano. Y efectivamente, en el minucioso recorrido que en este libro hace por su experiencia como productor y cineasta, bien se pueden encontrar las claves para entender la industria y el público nacionales durante una época de su historia.

HISTORIA EN BLANCO Y NEGRO

El periodo que ha sido abordado de forma más completa por la historiografía del cine nacional es el comprendido entre las primeras proyecciones y el inicio del sonoro, pero con especial énfasis en la década del veinte, cuando se realizó una docena de largometrajes de ficción. Las razones de esto pueden ser varias, desde el limitado número de obras que hace de éste un periodo abarcable, pasando por la documentación existente (si bien no sobreviven físicamente la mayoría de las películas), hasta la perspectiva temporal y, por qué no, el aura mítica que se desprende de aquel periodo y de las aventuras de los pioneros.

Hay tres libros que se refieren a esta época contando su historia desde ciudades distintas, lo cual les da una mutua complementariedad y define unas características generales similares. El primero de ellos es Tiempos del Olympia (1992), escrito por Jorge Nieto [9] y Diego Rojas, dos de las personas que mejor conocen este periodo del cine nacional. El texto es una detallada y amorosa crónica sobre la vida y aventuras de la familia Di Domenico, procedente de Italia y pionera del cine en Colombia. Su cuidada edición está ilustrada con un rico material visual y su tratamiento está planteado en un tono que lleva a Hugo Chaparro Valderrama a referirse a él en estos términos: “Tiempos del Olympia no sólo es un libro de cine: también es un fragmento de la historia que permite al espectador que no se reconoce en la pantalla, reconocerse al menos en un volumen que, al abrirse, despide un aroma a incienso, el aroma de una época que no cesa en la memoria; un misterio que se devela en cada una de sus páginas”. [10]

El otro texto tiene mucha relación con el anterior, El gran Olympia: vida, pasión y muerte (1999), de Álvaro Atehortúa Carreño. Su título mismo ya revela la relación que hay con el libro bogotano, esto es, ese nombre común que sirvió no sólo para identificar la experiencia de ir a cine sino también para dar cuenta de la dinámica social y cultural de una ciudad, en este caso Manizales.

Otro volumen esencial para referenciar este periodo es La aventura del cine en Medellín (1992), de Edda Pilar Duque. Un texto que, como los anteriores, también tiene una aproximación muy descriptiva; pero su mayor valor se encuentra en la extensa y rigurosa documentación que presenta para sustentar esta historia de la exhibición y producción de cine en la ciudad de Medellín. Aunque la investigación sobrepasa el periodo silente y lleva su relato hasta finales de la década del sesenta, haciendo especial énfasis en las experiencias de dos desventurados quijotes, Camilo Correa y Enoc Roldán.

A diferencia de estos tres textos, hay uno que parte de esa información ya conocida sobre el periodo, para llevar aún más allá la reflexión en torno al cine colombiano. Se trata de Miradas esquivas a una nación fragmentada. Reflexiones en torno al cine silente y la puesta en escena de la colombianidad (2006), de Nazly Maryith López Díaz. De hecho, es un libro que no sólo habla de cine (el cine silente colombiano a partir de tres películas), sino que cruza el tema con conceptos de las ciencias políticas, para así obtener otra dimensión del cine como objeto de estudio. De forma similar, se puede mencionar el texto Hechos colombianos para ojos y oídos de las Américas (2003), de Cira Inés Mora y Adriana María Carrillo, sobre la vida y obra de la familia Acevedo y su destacado papel en la cinematografía del país. Se trata de un concienzudo trabajo en el que la formación de historiadoras les permite a las autoras plantear importantes reflexiones que trascienden también lo cinematográfico; además, hacen un trabajo de análisis documental del archivo de los Acevedo, ofreciendo una minuciosa descripción de gran utilidad para futuras investigaciones.

CINE DE LAS REGIONES

Uno de los conceptos que define las discusiones que se dan en torno al cine colombiano, y que pone en suspenso la misma idea de un cine nacional entendido como un todo unitario, es que se trata de un cine de regiones. Incontables artículos, ensayos y trabajos de grado han explorado la relación de muchas regiones colombianas con el séptimo arte. Aunque en este sentido la bibliografía publicada no es tampoco muy extensa, existen algunos libros que, con mayor o menos grado de profundidad, dan cuenta de la actividad en una región o ciudad.

Breve historia de los cineastas del Caribe colombiano (2003), de Gonzalo Restrepo Sánchez, es un minucioso y documentado recorrido por la realización, exhibición y crítica de esta región, desde la llegada misma del cine en 1897 hasta el inicio del siglo XXI. Con una temporalidad muy similar, está el texto Imágenes y cinemas del Quindío (2003), de Jorge Hernando Delgado Cáceres, que se diferencia del anterior básicamente por la ausencia de producción en dicho departamento, por lo cual está dedicado enteramente a la exhibición, con una exposición ricamente apoyada en fotografías de películas, personajes, teatros y carteles. Se trata de dos textos que no tienen más pretensión que la de abordar de forma positivista su información, sin detenerse demasiado en el análisis o la reflexión.

Un caso contrario es el de La ciudad visible: una Bogotá imaginada (2003), de Diego Mauricio Cortés Zabala, un texto que habla de la relación de esa ciudad con el cine y las representaciones que éste ha hecho de aquélla. Aunque se basa sólo en seis películas y tres autores pertenecientes a la década del noventa, sus planteamientos construyen un cuerpo conceptual que propone un puntual conocimiento sobre el cine colombiano y sobre esta ciudad, y lo hace trascendiendo la descripción y la crítica de cine focalizada en una sola película.

También como un conocimiento parcial de una ciudad se podría ver el libro Víctor Gaviria, los márgenes al centro (2004), de Jorge Ruffinelli. Y es que así como ocurre con Luis Ospina y Carlos Mayolo, cuyas obras son claramente representativas del cine caleño, de la misma forma el cine de Gaviria cubre y hasta define en buena medida el audiovisual de Medellín. Este texto es el más completo tratado que se ha hecho sobre el realizador antioqueño, abordando su universo visual, literario, temático y metodológico desde varias perspectivas: la crítica, el análisis, la entrevista y el testimonio de sus colaboradores.

SOBRE LA TRADICIÓN LITERARIA

Otro aspecto que ha tenido una constante presencia en la cinematografía nacional, incluso con un peso pernicioso, es la literatura, ya como tradición narrativa o como punto de partida para la creación por vía de la adaptación. En primer lugar, la obligada aproximación a este tema tiene que ver con nuestro premio Nobel. Gonzalo Restrepo Sánchez escribió, en el año 2002, Gabriel García Márquez y el cine. ¿Una buena amistad?, un libro que busca identificar los elementos del neorrealismo y el realismo mágico en los guiones del Nobel; para hacerlo se vale de entrevistas a los directores de los correspondientes filmes.

De otra parte, como herramienta básica para la investigación en este tema, se puede tomar el Diccionario de literatura colombiana en el cine (2003), de Jaime García Saucedo. En él se encuentran consignadas películas que han partido de textos de escritores colombianos, ya sean nacionales o extranjeras. Cada entrada está desarrollada con diferente extensión y según su importancia, y de acuerdo al caso, cuentan con ficha técnica, crítica, anécdotas y referencias bibliográficas. Una labor similar pero reducida a un inventario de obras, autores y películas se puede apreciar en La memoria visual de la narrativa colombiano en el cine (2006), de Álvaro Cadavid Marulanda, un texto que, además, cuenta con algunos ensayos que sirven de introducción y reflexión a las generalidades de la relación entre literatura y cine colombiano.

MISCELÁNEA HISTORIA Y CRÍTICA

Existe una serie de libros de épocas, metodologías, calidad y temáticas dispares que en su variedad se pueden agrupar por su interés en dar una mirada, ya sea histórica o crítica, a un periodo o proceso particular del cine colombiano. Es posible mencionar, en primera instancia,Veintiún centavos de cine (1988), de Edda Pilar Duque, un texto en el que la autora aplica las mismas herramientas de La aventura del cine en Medellín, pero esta vez para dar a conocer al crítico y realizador antioqueño Camilo Correa y su poco afortunada empresa Procinal.

Otro crítico y realizador, Carlos Álvarez, [11] se debe mencionar aquí como autor de un par de textos que dan importantes luces sobre diversos aspectos y momentos del cine nacional. El primero, publicado en 1987 por la revista Arcadia y sus Borradores de cine, es Una década del cortometraje colombiano 1970 - 1980, el prólogo presuntamente censurado de la investigación El cortometraje de sobreprecio (1982), que el autor realizó para la Cinemateca Distrital. El primer texto es un análisis crítico clave para entender y conocer el llamado cine del sobreprecio, pues nos revela la dinámica y perversiones de aquel sistema de financiación y producción durante los años setenta; el segundo contiene detalladas cifras y datos sobre los cortometrajes en cuestión. Otro texto de Álvarez, Sobre cine colombiano y latinoamericano (1989), es una visión crítica de distintos temas, procesos y momentos del cine colombiano, desde el cine político, pasando por autores como José María Arzuaga, hasta la censura, el público y la industria cinematográfica nacional. Es un texto irregular en su unidad, pero en el que se destaca una voz crítica y decidida que habla con pasión y firmeza de los temas que aborda.

La también realizadora Patricia Restrepo hace su versión de uno de estos temas cruciales abordados por Álvarez, pero esta vez cambiando de década, con Los mediometrajes de Focine (1989), balance de un proceso que jugó un papel similar que el sobreprecio pero en los años ochenta. Un texto igualmente crítico y descriptivo en el que también intervienen otros críticos de cine.

Cine autopsia: una exploración al cine en Colombia (2002) es un libro de Carlos Calle Archila en el que la diversidad de temas y periodos va dirigida a hacer un diagnóstico del cine nacional en clave de reflexión crítica.

Una veta que poco se ha explotado en la historiografía del país es abordar un tema específico a través de la historia del cine nacional. Esto lo hicieron Paola Arboleda Ríos y Diana Osorio Gómez con La presencia de la mujer en el cine colombiano (2003), una mirada descriptiva y muy bien documentada del papel de la mujer a lo largo del siglo XX cinematográfico en Colombia, deteniéndose sólo en obras y personajes que estuvieran relacionados específicamente con el tema.

Una rara avis de este inventario la constituye la investigación Documental colombiano: temáticas y discursos (2002), de Andrés F. Gutiérrez Cortés y Camilo Aguilera Toro. Un trabajo que, por abordar el documental como objeto de estudio, se erige como una isla entre todo un corpus de textos dedicados esencialmente al largometraje de ficción, y que le dan al cortometraje y al documental una atención menor, al punto de casi ignorarlos por completo. Esta investigación, que no podía salir de otra parte que de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle, dada su tradición de calidad en el documental, no sólo es un exhaustivo trabajo que estudia y aplica categorizaciones a casi un centenar de documentales realizados durante la década del noventa, sino que los analiza separadamente y como conjunto, complementando esa ardua labor con reflexiones teóricas sobre el tema a partir del material trabajado. El libro El documental en América Latina, publicado por Cátedra en 2003, y coordinado por el brasileño Paulo Antonio Paranaguá, tiene sendos capítulos dedicados a las obras de Luis Ospina y Marta Rodríguez-Jorge Silva, que sin embargo no agotan las posibilidades de análisis y reflexión sobre estos clásicos del documental colombiano.

Un tema que ha sido una preocupación de los investigadores, sobre todo en la última década, es el de la industria. De esta preocupación surge el libro Impacto del sector cinematográfico sobre la economía colombiana: situación actual y perspectivas, publicado por Proimágenes en Movimiento en el año 2003 y escrito por Alberto Zuleta, Lino Jaramillo y Mauricio Reina. Se trata de un texto con los fines muy precisos de estudiar el sector y proponer una serie de recomendaciones útiles para el bien de la industria cinematográfica nacional; esta investigación fue clave para la formulación de la Ley 814 o Ley de Cine en 2003.

LA HEMEROTECA DEL CINE COLOMBIANO

En los largos tiempos de sequía editorial, han sido las revistas de cine, a pesar también de sus azarosas existencias, las que han encarado la memoria y reflexión del cine nacional. A falta de una industria que constantemente esté generando títulos para el buen oficio de quienes han escrito en estos medios, las revisiones históricas, ensayos de largo alcance y ediciones monográficas han sido buenos sustitutos para producir material.

Indudablemente esta tradición de rigor y compromiso para con el estudio del cine colombiano la inicia Ojo al cine. A pesar de todo lo que amaba al cine de Hollywood aquel Grupo de Cali que la creó, y Andrés Caicedo aun más que todos, no encontró en ello impedimento para que buena parte de las páginas de sus pocas ediciones fueran para mirar a los autores, películas y procesos del cine del país. Con entrevistas, reseñas críticas y extensos artículos que debatían el cine del momento (mediados de la década del setenta), esta revista se impone como un importante documento, con un valor que se potencia aún más si se tiene en cuenta quiénes fueron sus autores.

Los dossiers y números monográficos han sido la excusa perfecta para explayarse en algún tema o autor del cine nacional. Por la época de Ojo al cine aparece Cinemateca, cuyo primer número (1977) es un dossier sobre el mismo Andrés Caicedo. Desapareció unos años después para volver esporádicamente con algunas ediciones a mediados de los ochenta y principios del nuevo siglo, siempre interesándose en temas afines al cine colombiano. También de la Cinemateca Distrital de Bogotá parte una iniciativa mucho más importante aún para este inventario historiográfico: los Cuadernos de cine colombiano. Desde 1981 y hasta 1988 se publicaron veinticinco ediciones, cada una de ellas dedicadas a un personaje del cine nacional, entre ellos Marco Tulio Lizarazo, Julio Luzardo, José María Arzuaga, Marta Rodríguez y Jorge Silva, Carlos Mayolo, Luis Ospina, los grupos Cine Mujer y Cine Taller, etc. Una nueva etapa, iniciada en el año 2003, trajo consigo nuevos temas, reflexiones y documentos sobre tópicos como el argumental, el documental, la serie Rostros y Rastros, Víctor Gaviria, la crítica de cine, los extranjeros en el cine colombiano, la familia Acevedo, el cortometraje y Andrés Caicedo. Además, con esta nueva era se empieza mirar hacia el futuro digital, pues se editó también un CD-ROM que contiene ocho de las nuevas ediciones de los Cuadernos.

Focine también tuvo su publicación periódica. La revista Cine se empezó a editar en 1982 y tuvo como director nada menos que a Hernando Valencia Goelkel; en sus diez números siempre se trataron temas afines al cine colombiano, destacándose una edición especial (No 9, agosto de 1982) en la que Hernando Martínez Pardo hace un recorrido por el periodo 1958- 1982, con las respectivas fichas de las películas y con versión en inglés. Igualmente, es importante mencionar los números monográficos de la revista Arcadia va al cine que concentran su mirada en el cine de las regiones: cine costeño, cine antioqueño y el Grupo de Cali.

Por último, cuando se habla de revistas colombianas de cine no se puede dejar de mencionar a Kinetoscopio, que en muchas de sus ediciones de los años noventa se ocupado largamente, a manera de dossiers, de la obra de directores como Óscar Campo, Víctor Gaviria, Luis Ospina, Marta Rodríguez y Jorge Silva, Gabriela y Mady Samper; en ediciones más recientes se concentró en temas específicos como el guión, la producción y la dirección de actores, siempre orientando la reflexión y discusiones al cine nacional y a partir de sus protagonistas.

La revisión de esta hemeroteca,[12] por fortuna, ya cuenta con su correspondiente catálogo. La Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano editó en 2007 Publicaciones periódicas de cine y video en Colombia 1908-2007. Es un completo inventario de revistas, publicaciones periódicas y folletos realizados en el país en el último siglo, con pequeñas reseñas sobre su naturaleza, complementadas con fotografías y la lista de personas que participaron en cada una de ellas.

DESDE LA INSTITUCIONALIDAD YLA WEB

Esta bibliografía en los últimos años se ha visto enriquecida por unos productos que no son los tradicionales, que no representan sólo el esfuerzo aislado de distintos investigadores para publicar sus libros o de grupos de críticos, cinéfilos o entidades para editar una revista. El catálogo que se acaba de citar hace parte de una serie de publicaciones promovidas o apoyadas por las distintas instituciones oficiales relacionadas con el cine y la cultura. En especial la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, algunas veces en asocio o con el apoyo de estamentos como el Ministerio de Cultura, el Museo Nacional de Colombia y Proimágenes en Movimiento, ha conseguido entregarle al público unos títulos de gran interés y utilidad. El más relevante de todos seguramente es el catálogo Largometrajes colombianos en cine y video 1915- 2004 (2004), una guía exacta de las películas realizadas en el país con fotografías, completas fichas técnicasy en muchos casos referencias adicionales de prensa. Un esfuerzo parecido ya se había hecho conFocine 10 años. Nuestra memoria visual (1988), un catálogo que contiene buena parte de la producción de la época de Focine o con Bajo el cielo colombiano, catálogo de una muestra de cine nacional organizada por la Cinemateca Distrital en 1995. Por último, un catálogo más, editado por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano, es Documentales colombianos 1915- 1950 (2007), que llega a completar esas herramientas historiográficas que el público y sobre todo los investigadores tienen ahora a su disposición para hacer de esa información la base de su trabajo.

También desde estas entidades gubernamentales se originaron dos textos importantes de reseñar. El primero es el catálogo de la exposición ¡Acción! Cine en Colombia (2007) realizada con motivo de las celebraciones de los 110 años del cine en el país. Con textos escritos por Pedro Adrián Zuluaga y la asesoría histórica de Jorge Nieto y Rito Alberto Torres, este libro da una visión panorámica de la historia del cine del país, planteada de forma descriptiva, reflexiva y crítica. Logra desmarcarse de la euforia conmemorativa y suple, en parte, el vacío de las tres últimas décadas que no están registradas en el libro fundacional de Martínez Pardo. El otro texto son las Memorias de la XII Cátedra Anual de Historia Ernesto Restrepo Tirado: Versiones, subversiones y representaciones del cine colombiano (2008), que reúne diversas ponencias que hablan del cine nacional, desde enfoques historicistas hasta propuestas dirigidas a pensar y cuestionar temas específicos y de mucha actualidad en el mundo académico como la identidad, el nacionalismo y las perspectivas comparatistas.

Finalmente, ya en los estertores de la primera década del siglo XXI, no se pueden ignorar las nuevas formas en que se está transmitiendo y recibiendo la información y el conocimiento. Al citado CD-ROM con los Cuadernos de cine colombiano, viene a sumársele otro más, también editado por la Cinemateca Distrital bajo el nombre de Descubriendo miradas 1971-2003, un recorrido interactivo por la historia del cine colombiano desde la historia de la institución que lo edita, las películas, los directores, la legislación y la recopilación de algunos textos. Así mismo, la web es una plataforma tecnológica que ya se está usando ampliamente en función de recuperar, almacenar y crear saber sobre nuestro cine. La página de Proimágenes en Movimiento (www.proimagenescolombia.com) es ahora el más completo centro de información del cine colombiano; también la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano (www.patrimoniofilmico.org.co) tiene en su página la versión en línea de algunos de los mencionados catálogos; además existen otros sitios especialmente empeñados en tratar la cinematografía nacional de forma sería y estructurada, como la revista virtual Reflector, de la Universidad Nacional (www.reflector.unal.edu.co), el sitio www.cinefagos.net, y los blogsLa pajarera del medio (www.pajareradelmedio.blogspot.com) o Alma provinciana ( www.provinciana.typepad.com). Al momento de escribir este texto se anunciaba la publicación de otra propuesta multimedia, la revista Extrabismos (www.extrabismos.com). Si en Internet está el futuro de la información y el conocimiento, entonces estos últimos son los pioneros de una nueva era de la historiografía del cine en Colombia.

COLOFÓN

El investigador Jaime Correa[13] afirma contundentemente que la disciplina de los estudios cinematográficos no ha entrado en la academia colombiana, que no existe una literatura sólida al respecto, que la historia del cine colombiano no ha sido objeto de investigaciones profundas articuladas entre sí y que la reflexión entre teórica y crítica es incipiente. Todas estas son acusaciones que poquísimos de los textos aquí reseñados estarían en condiciones de refutar.

El atraso historiográfico y teórico que se anunció al inicio de este escrito, parecería desmentido por la enumeración de libros y la relación de los temas abordados por ellos, pero no por su metodología y sus resultados. La gran mayoría son obras exploratorias, descriptivas y críticas que llevan sus objetos de estudio sólo hasta cierto grado de elaboración de una reflexión seria, y todavía menos de un análisis profundo y metódico. Así mismo, la aplicación o diálogo con otras disciplinas de las ciencias sociales y humanas es una práctica hasta ahora tan poco común como necesaria.

No quiere decir esto que la bibliografía existente sea inoficiosa, pero sí que es tiempo, como efectivamente ya se puede empezar a constatar, de que haya un avance en la forma de ver y abordar el estudio sobre el cine colombiano. Es muy sintomático el hecho de que muchos de los autores aquí reseñados son también realizadores, o que no hayan escrito más de un libro, y que muy pocos de esos textos tuvieran su origen en la academia, que se supone es la llamada a construir un cuerpo sólido en un saber.

Bien que mal, las bases ya están sentadas. En los últimos años se puede ver un mayor interés por ir tras ese necesario avance de las investigaciones sobre el cine nacional. Desde la academia hasta el fomento estatal, se está asumiendo el compromiso de estimular más seriamente el estudio del cine, el cual siempre estará, necesariamente, a la saga de la realización. Pero ya es tiempo de que esa distancia que hay entre una y otra práctica se acorte, y que lo haga en una medida en que la primera, el estudio del cine, eventualmente pueda ser de alguna utilidad para la segunda, la realización.

Publicado en Cuadernos de Cine Colombiano de la Cinemateca Distrital # 13. Febreo de 2009.



[1] Hernando Salcedo Silva, Crónicas del cine colombiano 1897-1950, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1981, p. 10.

[2] Las referencias bibliográficas completas de éste y los demás libros citados en este recorrido, se pueden ver en el anexo del segundo artículo de este Cuaderno.

[3] Aunque previamente existió una entrada dedicada a Colombia en el libro de Georges Sadoul, Histoire du Cinéma Mondial, des origines à nos jours, Paris , Flammarion, 1949, p. 434 (9a edición, 1973).

[4] Salcedo Silva también es el responsable de la entrada sobre Colombia en Les Cinémas de l’Amerique Latine, París, Pier L’Herminer, 1981.

[5] Ibíd , p. 9.

[6] La versión es español la publicó en Bogotá Tercer Mundo Editores; en inglés se llamó Magical Reels, London, Verso, 1990.

[7] Una base de datos con muchas de estas investigaciones puede verse en el anexo del segundo artículo de este Cuaderno.

[8] Luis Alberto Álvarez hizo otros tres intentos de aproximación historiográfica: “Cine colombiano mudo y parlante”, enLa gran enciclopedia de Colombia. Vol. VI. Bogotá, Círculo de Lectores, 1993; “El cine desde finales de los 50 hasta hoy”, enHistoria de Antioquia, Medellín, Editorial Presencia, 1988, y “El cine en la última década del siglo XX: Imágenes colombianas”, en Colombia hoy, Jorge Orlando Melo (comp.), Bogotá, Tercer Mundo, 1995.

[9] Nieto publicó, también en 1992, “Colombia: Cronología: 1987-1937”, un capítulo del libro Cine latinoamericano 1896-1930, publicado en Caracas. El texto es una detallada selección de fechas e hitos importantes de las tres primeras décadas de cine nacional.

[10] Hugo Chaparro Valderrama, “Los fantasmas del Olympia”, Kinetoscopio No. 18, Medellín, marzo-abril de 1993, p. 60.

[11] Una entrevista con Carlos Álvarez, realizada por el peruano Isaac León Frías, aparece en el libro Los años de la conmoción, México, Unam, 1979.

[12] Algunas revistas latinoamericanas también han hechos sus aportes a esta historiografía; vale la pena mencionar en especial la “Introducción al cine colombiano” escrita por Augusto Martínez Torres y Manuel Pérez Estremera en la revista Hablemos de cine No 59-60, Lima, mayo-junio-julio-agosto, 1971.

[13] En un artículo titulado “La constitución del cine colombiano como objeto de estudio: entre los estudios cinematográficos y los estudios culturales”, que se deriva de una ponencia presentada en el congreso “Estudios culturales en Colombia: trayectorias, tendencias y perspectivas”. Este congreso tuvo lugar en Bogotá entre el 14 y el 16 de noviembre de 2007. La ponencia será publicada por la Revista de Estudios Colombianos, actualmente en proceso de edición.

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