Para olvidarse del mar

Por Oswaldo OsorioImage

Se había vuelto una costumbre quejarse del Festival de Cine de Cartagena, pero este año escasearon los argumentos para hacer tal cosa. El éxito de un festival de cine depende del cine que presente, de su organización y de los eventos y actividades adicionales que ofrece. En cuanto al cine, la calidad no depende tanto del festival, pues en buena parte se debe limitar a presentar las producciones del cine iberoamericano que estén disponibles. Lo que sí puede hacer, y nuestros rectangulares ojos pueden dar fe de ello, es proyectar cuantas películas sean posibles. Este año un espectador podía ver seis películas por día (a veces siete) y eso ya es una gran diferencia con relación a la escasez de años anteriores. Por eso, el mero hecho de poder decir que se vieron poco más de treinta filmes latinoamericanos es un buen balance. De su calidad individual hablaremos más adelante.

Es que esta última edición del festival contrastó evidentemente con otras pasadas, no sólo por la abundancia de películas, sino también por el crecimiento de las actividades y eventos alternos. Sería necesario poseer el don de la ubicuidad para poder cubrir toda la programación de este festival, porque además de las tres docenas de largometrajes hubo  otros tantos cortometrajes y un mar de producciones en video que daba vértigo. Digamos que uno se olvida de las conferencias, seminarios y exposiciones, pero todavía quedan las ruedas de prensa que cada mañana se hacen con actores, directores y productores. Estos diálogos, después de las películas,  son lo más llamativo de un festival, pues los asistentes, y quienes combinamos la cinefilia con el periodismo, tenemos la posibilidad de confrontar la obra con el artista y con quienes intervinieron en ella.

Son este tipo de invitados, tanto la cantidad como su importancia, lo que más prestigia y da relevancia a un evento de esta clase, lástima que a muchos medios, sobre todo a la televisión, nada les diga nombres como los de Gabriel Retes, Helena Taberna, Ciro Durán o Jaime Osorio, en cambio celebran con vano interés esa comparsa fútil de los premios de televisión (caricatura tercermundista de ya sabemos qué), en la que pareciera que los canales privados entregan los premios con una mano y  la reciben con la otra.

Otro contraste: mientras en uno de los eventos paralelos del festival se exhibían y promovían las cualidades del DVD, el teatro Cartagena, el mismo que viera nacer al festival hace 40 años y el que padecimos en cada película en la pasada edición, lucía derruido y espectral tras su reciente clausura. La tecnología, la impronta de los nuevos tiempos, empieza a imponer su presencia, ya se habla del DVD como una alternativa seria a tener en cuenta y ya el festival mismo perdió su virginidad-videodigital con dos películas: La virgen de los sicarios, de Barbet Schroeder y Érase otra vez, de Juan Pinzas. Lo único viejo es la ciudad, pero igual ése es su encanto, por lo demás, hasta los viejos vicios de la organización parecen cosa del pasado. Falta aceitar ciertos engranajes y optimizar el funcionamiento de algunas actividades, pero el caso es que ya la playa no es una opción para quienes nos dedicamos de lleno al festival. Ya no hay excusas.

Borges y el cine

Ahora, nuestra razón de vivir durante esos ocho días, las películas, en general nos dejaron bien satisfechos. Hubo de todo, desde excelentes propuestas como Borges, los libros y la noche, hasta filmes insufribles como desasosiego. Una de las funciones del festival en este sentido es que sirve para tomarle el pulso al cine latinoamericano. Se puede decir que con esa treintena de películas cubrimos buena parte del cine de nuestra región, y partiendo de ahí saber qué se está haciendo en cada país, cuáles son las preocupaciones temáticas, en qué se asemejan o diferencian unas cinematografías de otras o cuál es su nivel con respecto a su historia y al cine mundial.

Por los argentinos sacó la cara el señor Tristán Bauer con su documental de ficción sobre el cieguito Borges. Una película realmente ingeniosa e innovadora que combina lectura de textos, entrevistas con Borges y puesta en escena. Se trata de una singular y encantatoria biografía que se va trazando sobre los mismos relatos y escritos ideados por este poeta de los espejos y los laberintos. Con Nueces para el amor, por su parte, el director Alberto Lecchi nos contó un historia de amor que ya habíamos visto, y mucho mejor lograda, el año anterior en  El mismo amor, la misma lluvia. Sin ser desafortunada, tampoco sorprende o entusiasma. Es sólo una película. Cicatrices, de Patricio Coll, fue otra película argentina que, aunque no nos dejó muy contentos, sí alcanzó a turbarnos con sus personajes opacos y atribulados. Una película francamente aburridora, pero hay cosas de ella que jamás se nos van a olvidar.

Réquiem por Subiela

Párrafo aparte del cine argentino merece la última película de Eliseo Subiela, ese ídolo de tantos jovencitos impresionables. Era tal vez la película más esperada del festival, más aún con ese provocativo título de Las aventuras de dios. Pero el Subiela de Un hombre mirando al sudeste y de El lado oscuro del corazón está cada vez más distante. Este “thiller metafísico” es una malhilada serie de imágenes y diálogos con unas pretensiones surrealistas y poéticas que se quedan en un efectismo complaciente y elemental. Sabemos que se trata de una pareja en un laberíntico hotel que creen que algún huésped los está soñando (otra vez Borges, aunque mal copiado), pero no sabemos muy bien qué hacen o dicen, porque las ideas parecen caminar en círculos empantanados. Subiela quiso rizar el rizo de sus imágenes sugerentes y sus diálogos poéticos y metafísicos,  por eso terminó por no decir ni mostrar nada realmente nuevo o ingenioso.

Los hermanos chilenos, que se han destacado por la languidez y escasez de su cine, con sus tres películas de este año no se dejaron apabullar por ningún otro país. Según el jurado, el mejor director fue justamente un chileno, Silvio Caiozzi, por su película Coronación, sin duda una de las mejores del festival. Es un filme dramático e inquietante, una historia de amor y desamor, de bajos fondos y existencialismo. Parece rara la mezcla, pero el filme combina con precisión todos estos elementos a partir de la óptica de un adusto hombre, cuya vida carece de sentido, y de una joven que apenas despierta a la vida. La otras dos películas chilenas son Mi famosa desconocida, de Edgardo Viereck, y Tierra del fuego, de Miguel Littín. La primera es una comedia divertida y entretenida, nada más qué decir; y la segunda, que estaba precedida por el prestigio de su director y por un reparto internacional encabezado por Jorge Perugorría y a Ornella Muti, contaba la historia de un ingeniero rumano, megalómano y delirante, que quiso conquistar la Tierra del fuego para su reina. 

Los brasileños fueron otros que levantaron cabeza. Su otrora dinámica y renovadora industria desde hace años cayó en un letargo que sólo le permitía producir unas pocas películas anuales y no siempre de la mejor calidad. Este año dos de las mejores películas que se vieron en Cartagena fueron brasileñas: la ganadora, Yo, tu, ellos, de Andrucha Waddington, con su insólita y encantadora historia sobre una mujer con sus tres esposos; y Auto da compadecida, de Guel Arraes, divino filme de ritmo endemoniado que hace una excelente comedia con elementos religiosos y teológicos. Es picaresca y satírica, con gente que expone su alma ante un tribunal presidido por Jesús, con la Virgen de abogado y Satanás de fiscal. El tercer filme brasileño, Villalobos, de Zelito Viana, está basado en la vida del célebre músico Héctor Villalobos. Es un filme bien contado que, en general, sobrevive a algunos excesos, como su duración y las anécdotas innecesarias, pero que en definitiva hace un interesante retrato del músico y el hombre.

De Venezuela se vieron tres películas, una de ellas producida por el G3, es decir, que Colombia y México también intervinieron. Su título es Juegos bajo la luna, de Mauricio Walerstein, otro desacierto más del G3. No tan deplorable como Bésame mucho o Rizo, pero de todas formas un desperdicio de personal, recursos y presupuesto. Una historia tediosamente contada, el melodrama que no da respiro y Juanita Acosta que nada que le da la talla al cine. Las otras dos películas de este país fueron Manuela Senz, de Diego Risques, insípido relato basado en la vida de la “coronela” del libertador; y Oro diablo, de José Ramón Novoa, filme con más valor sociológico que cinematográfico que cuenta la vida de una región minera al sur del país.

Belleza y fealdad

La bella cubita, con su cine últimamente tendiendo a la fealdad, se embelleció un poco con Lista de espera, una deliciosa y sugerente comedia de Juan Carlos Tabío, al parecer el único director cubano que mantiene una regularidad en su cine. Aunque Un paraíso bajo las estrellas, de Gerardo Chijona, empezó como un patito feo, horrible, en un giro inesperado se convirtió en una insólita comedia negra durante su última media hora. Otro que también recurre a la fealdad, pero esta vez para hacer siempre el mejor cine de su país  (y uno de los mejores de Latinoamérica), es el peruano Francisco Lombardi. Su película Tinta roja, crónica y reflexión sobre la prensa amarillista de su país, tiene la virtud de todas sus anteriores películas: una gran habilidad narrativa y la capacidad de sacarle el mayor provecho a sus temas. De otro lado, una de las más “feas” fue sin duda la película uruguaya La memoria de Blas Quadra, de Luis Nieto. Un pretenciosa y tediosa historia que resulta un desperdicio imperdonable en un país que hace una película cada tantos años.

El paquete mexicano estuvo más bien irregular este año. Lástima, porque casi siempre es una país con buen cine que mostrar. De todas formas, películas como Crónica de un desayuno, de Benjamín Cann, y La ley de Herodes, de Luis Estrada, están llenas de virtudes, sobre todo por los universos que logran recrear, sin llegar a ser grandes películas. También de México se vieron Piedras Verdes, de Ángel Flores Torres y Por la libre, de Juan Carlos Llaca; dos películas que sin pena ni gloria dieron cuenta de sus respectivas historias, la primera sobre las búsquedas que una joven hace de su vida y su identidad, y la segunda sobre dos jóvenes que van al mar a “enterrar” a su abuelo. Hay otra más, Ave María, de Eduardo Rossoff, pero ya me cansé de hablar de películas que no lo merecen.

De España se vieron media docena de películas. De Yoyes ya les hablará su directora en este mismo suplemento. Además, dos películas “agradables”, que no es decir mucho, pero es el adjetivo que mejor les queda, ellas son Huellas borradas, de Enrique Gabriel, y Aunque tú no lo sepas, de Juan Vicente Córdoba. Hubo también un documental titulado A propósito de Buñuel, de José Luis López Linares y Javier Rioyo: el director de El ángel exterminador y Los olvidados no merecía un tratamiento tan ordinario y deslucido. Pero de la tierra de Almodóvar lo que más llamó la atención fue la película Érase otra vez, de Juan Pinzas, no por lo buena, porque de eso no tiene nada, sino porque su director se esmeró en recalcar que era la primera película Dogma de España. Cumplió el decálogo propuesto por Las Von Trier y compañía, pero se olvidó de aplicarlo a una buena historia: el encuentro de amigos durante un fin de semana que propone su argumento va entre el cliché y el mal gusto. Este trago amargo se nos olvidaba cada que veíamos una buena película, como tantas hubo en el festival: Malena, por ejemplo, la última, hermosa y conmovedora película de Giuseppe Tornatore; porque en el cine parece que funciona aquello de que un clavo saca otro clavo, y así como Malena nos redimió del resto de la muestra internacional (que fue mínima), esta edición 41 del Festival de Cartagena nos hizo olvidar las penurias del anterior. Ya esperamos el siguiente.

Los ganadores

Opera prima:

YOYES, de la directora HELENA TABERNA, de ESPAÑA

Mejor fotografía: 

 A DAVID BRAVO por la película CORONACIÓN, de CHILE

Mejor guión:

A DANIEL ROMANACH, DANIEL GARCÍA MOLT Y ALBERTO LECCHI, por la pelicula NUECES PARA EL AMOR, de ARGENTINA

Mejor actriz de reparto:

ADELA SECALL, por la película CORONACIÓN, de CHILE

Mejor actor de reparto:

JORGE PERUGORRÍA, por la película LISTA DE ESPERA,  de CUBA

Mejor actriz:

REGINA CASES, por la película YO, TU, ELLOS, de BRASIL

Mejor actor:

GIANFRANCO BRERO, por la película TINTA ROJA, de PERÚ

Mejor director:

SILVIO CAIOZZI, por la película CORONACIÓN, de CHILE

Premio Especial del Jurado:

LA TOMA DE LA EMBAJADA, del director CIRO DURAN, de COLOMBIA

Mejor película:

YO, TU, ELLOS,  del director ANDRUCHA WADDINGTON, de BRASIL

El Jurado:

  • ALICIA MORALES, Perú
  • ALQUIMIA PEÑA, Cuba
  • ALBERTO DURANT, Perú
  • HUMBERTO DORADO, Colombia
  • ALBERTO DUQUE, Colombia

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