El Festival sin rostro

Por Oswaldo OsorioImage

Cuando leí la reseña de la película Sólo por hoy (2001), de Ariel Rotter, tal vez la mejor que se vio en el Festival, no pensé en sus cinco personajes, que nos fascinaron y conmovieron a ritmo del trip hop de Cerati, sino que pensé en los organizadores del Festival, que para ese momento ya nos habían hecho pasar de la indignación a la resignación a todos los asistentes al evento. La reseña empieza diciendo: “Trata de gente que quiere ser…, que está por…, que tiene talento para…, pero que inevitablemente termina utilizando su tiempo en otra cosa.”

Del talento de los organizadores no se supo mucho y de las cosas en que utilizaron el tiempo es mejor no hablar, porque poco se les vio la cara y los que se veían igual no sabían nada. El caso es que cuando leí esto ya el Festival había incumplido con muchas películas, cometido otras tantas  impuntualidades y Eliseo Subiela ya se había subido al escenario a interrumpir la proyección de El lado oscuro del corazón II (2001), en su anunciado “estreno latinoamericano”, porque estaba mal proyectada. Pero el problema no fue tanto que la película más esperada del Festival (que además era la del presidente del jurado), fuera detenida por aquel maltrato, sino que el verdadero problema fue que los demás dolientes no estuvieran en las proyecciones que se hicieron en el teatro sede, el Jorge Eliécer Gaitán, y por eso sus películas corrieron tan mala suerte como los espectadores al tratar de verlas y escucharlas.

Argentina y su buen cine

Argentina fue le huésped de honor y se portó a la altura. Su participación empezó el día de la inauguración con Osvaldo Montes, su antología musical en vivo y las imágenes de fondo de los filmes gauchos que lo inspiraron. Fue un verdadero espectáculo, tal vez el único momento de gloria del Festival, aunque opacado por la ramplonería de los maestros de ceremonia, que fueron como la hebra suelta por donde se empezó a desbaratar el tejido de la organización. Hubo otros momentos de gloria, pero esos ya fueron mérito del cine que se vio.

Pasando por alto el lapsus idiotis de Subiela con Las aventuras de dios (2000), que además ya se había visto en otros  festivales, todos los demás filmes argentinos reflejaron el buen momento por el que el cine de este país atraviesa. Una película como Sólo por hoy, por ejemplo, no se diferencia en nada de las propuestas que ahora están siendo celebradas por los más importantes festivales del mundo.

Esta opera prima de Ariel Rotter es una hermosa y melancólica pieza con una innegable influencia del cine de Wong Kar-wai. La vida de cuatro hombres y una mujer que tienen en común el techo que los cobija y la postergación diaria de sus metas y deseos, nos es mostrada con la espontaneidad y naturalidad del gesto cotidiano, de la desenfadada conversación entre dos amigos. No hay una historia definida sino que hay vidas, situaciones y sentimientos. La tristeza está presente, pero también la esperanza de que ese leve desasosiego, que ese aplazamiento de la verdadera vida, terminará en cualquier momento. Sus imágenes, premeditadamente descuidadas algunas y otras cuidadosamente compuestas, se muestran inquietas  y contemplativas ante la vida de estos personajes y la ciudad en que viven. La música de Gustavo Cerati, en su primera incursión en el cine, refuerza la expresividad y belleza de estas imágenes. Se trata de un gran filme, emotivo y hermoso, que a la postre se llevaría el Circulo Precolombino de Plata a la Mejor Película.

La película estrella del Festival, la maltratada secuela de Subiela, colmó mal que bien las  expectativas, pues se esperaba que tuviera algo de lo bueno de su predecesora pero también cargaba con la maldición de las segundas partes. Se vio de nuevo a Oliverio buscando a la mujer que vuela, pero también se le vio angustiado y compungido por los estragos que el tiempo estaba haciendo en él. En este sentido, la película casi logra vencer la maldición, pues la propuesta de averiguar qué le pasaba al mismo personaje al cabo de diez años estaba pasando de prometedora a interesante y sólida. Pero cuando comienza a atravesar la cuerda floja de otra mujer que vuela, cae en su propio lugar común, en la reiteración de una situación que ya no entusiasma y, lo peor de todo, termina solucionando las apremiantes preocupaciones de los protagonistas de una forma tan simplista como inconsecuente con el universo de los dos filmes.

Otro par de buenos filmes de la muestra argentina fueron Rosarigasinos (2000), de Rodrigo Grande, y La fuga (2000), de Eduardo Mignogna, ambas historias de exconvictos crepusculares, y por consiguiente, ambas cruzadas por la nostalgia, el abatimiento y la frustración. En Rosarigasinos dos viejos salen tras treinta años de prisión a buscar un botín que no aparecerá, entonces la desesperación se mezcla con la congoja por el tiempo perdido. Por eso es una película melancólica y dolorosa, aunque no exenta de momentos divertidos, emotivos y hasta de acción y frenetismo. En el centro de todo están dos grandes como el apellido del director: Federico Luppi y Ulises Dumont.  En cuanto a La fuga, ya a los cinco minutos los seis hombres estaban fuera. Entonces un fragmentado pero coherente relato empieza a avanzar hacia el destino futuro de los nuevos hombres libres y a dar saltos hacia el pasado, unos cortos hacia la preparación de la fuga y otros largos hacia la historia de cada uno. El rompecabezas se va armando con solidez e intensidad, haciendo un retrato de todos estos hombres que, ya por mediocridad o fatalidad, no logran acomodarse en con su nueva libertad.

Otro director “insignia” del actual cine argentino, Marcelo Piñeyro, con su nuevo filme Plata quemada (2000) volvió a demostrar el buen oficio que tiene para hacer cine y su total falta de estilo propio. En su costumbre de recurrir a fórmulas y esquemas, empieza contando una interesante historia sobre un par de delincuentes que están unidos por una relación extraña y enfermiza, pero termina por abandonarse a las concesiones de siempre, a los lugares comunes y al efectismo. Algo parecido ocurrió con Nueve reinas (2000), de Fabían Bilinsky. Aunque la diferencia está en que el filme de Bilinsky no tiene más pretensiones que ser un divertimento de intriga y malabares de guión y, en esa medida, resulta un filme agradable y atractivo, eso sí, bajo la  condición de no conocer mucho algunas películas de David Mamet, después de  las cuales los filmes con tramas de estafadores, como éste, no sorprenden mucho.

En la que no hubo efectismo ni malabares fue en La fe del volcán (2000), de Ana Poliak, un documental sombrío y de una angustia muda sobre un afilador de tijeras y una  niña que trabaja en una peluquería. Ellos simplemente recorren Buenos Aires y hablan. La cámara los sigue sin hacer preguntas ni  anotaciones, sólo los registra o los contempla, y junto con ellos, también lo hace con la marginalidad y desesperanza de la que nunca hablan pero que es una presencia que hace parte de sus diálogos y gestos.

Otros pocos países

Hubo filmes de todas partes, no muchos, pero aun así, sólo me referiré al latinoamericano: Para empezar, la precaria cinematografía de Uruguay parió un filme con apariencia de patito feo pero vocación de buen cine. 25 Watts (2000), de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, urgan en la cotidianidad de tres jóvenes durante 24 horas y alcanzan en buena medida a captar y recrear ese universo juvenil de incertidumbres y tiempos muertos. Venezuela por su parte, participó en Bogotá con tres filmes irregulares: Manuela sáenz (2000), de Diego Rísquez, que no pasa de ser un tibio relato sobre la “generala” del libertador; Sangrador (2000), de Leonardo Henríquez, una adaptación de  Macbeth que produjo unos cuantos bostezos y poco aportó a la obra; y 3 noches (2000), de Fernando Venturini, un  thriller sobre un policía de dudosa reputación y caído en desgracia que se embarca en una aventura nocturna por los bajos fondos y bares de la ciudad. La propuesta visual y el tratamiento del género resultan interesantes, pero las motivaciones del protagonista no son claras y la trama a la larga se hace demasiado simple y monótona.

La presencia de tanto cine argentino no permitió que se viera  más cine  de otros países. El mexicano, por ejemplo, que siempre hace falta y defrauda poco, sólo participó con un par de filmes, uno  de ellos fue Corazones rotos (2000), de Rafael Montero, una obra coral que muestra las desventuras de varias personas que tienen en común el conjunto residencial donde viven y el descontento causado por sus problemas personales. El filme logra transmitir los diferentes tipos  de sentimientos adversos que se alojan cada historia y, con ello, le  da sentido global a todo ese mundillo que se debate entre la mezquindad y la tristeza.

Colombia 2001

Aunque hubo mucho cine colombiano, sólo dos se estrenaron en el Festival: Los niños invisibles (2001), de Lisandro Duque, y Bogotá 2016, de Pablo Mora, Ricardo Guerra, Jaime Sánchez y Alessandro Basile. La historia propuesta por Lisandro Duque es original y divertida. Se trata de tres niños que se obsesionan por ser invisibles y para ello tienen que vencer el miedo que implica cometer ciertas transgresiones morales y religiosas. Estos dilemas son asumidos en tono de comedia a veces ingenua y otras negra e irreverente. De la mano de una gran interpretación del protagonista (Guillermo castañeda), el humor del filme resulta bien logrado casi siempre, así como la fuerza argumental de las aventuras de esos tres aspirantes a desaparecer. Lo que sí no funciona muy bien es una voz en off que entorpece y reitera la narración con forzados  y retóricos textos que se debieron quedar en el cuento que inspiró la película.

En cuanto a la aventura futurista de los cuatro realizadores de Bogotá 2016, la expectativa que creó fue directamente proporcional a la decepción que produjo. Sus tres historias no atinaron más que a la superficialidad del diseño de accesorios del futuro y a unos planteamientos argumentales insulsos y sin originalidad alguna. Se desperdició una buena oportunidad de proponer algo atractivo y diferente, pero aún así, el jurado del festival  les dio unas palmaditas en la espalda con una mención especial “por la búsqueda de nuevos caminos para el cine colombiano.”

En el año 2016 tal vez el Festival de Cine de Bogotá sea mejor, tal vez les veamos las caras a los organizadores en momentos distintos a los cocteles y ceremonias de inauguración y clausura, empeñados de verdad  en  ponerle orden a la casa. Aunque el tiempo no es garantía, pues en este año que cumplía su mayoría de edad apenas si parecía un recién nacido. Por eso, volver al Festival de Cine de Bogotá sería un riesgo para nuestros males gástricos,  pero por otro lado, siempre estará el buen cine, que no  tiene la culpa de la ineficacia de unos funcionarios.  Es  un dilema que bien vale ser sopesado y para eso tenemos todo un año.

PREMIACION

Jurado:
Eliseo Subiela, Marie Piere Macia, Pedro Zurita, Julio Luzardo y Jorge Sanz.

Mención Especial a la Película Colombiana

Bogotá 2016
Directores: Pablo Mora, Ricardo Guerra, Jaime Sánchez y Alessandro Basile Por la búsqueda de nuevos caminos para el Cine Colombiano.

Circulo Precolombino de Oro a la Mejor Película colombiana

Los Niños Invisibles
Director Lisandro Duque Naranjo.

Mención Especial a las Películas

25 WATTS
Director: Juan Pablo Rebella. Por el fresco enfoque de problemas cotidianos de la juventud actual. Pablo Stoll

NO LLORES GERMAINE
Director: Alain de Halleux. Por su contenido humano y sólida realización.

Circulo Precolombino de Bronce a la Mejor Película

DE IDA Y VUELTA
Director: Salvador Aguirre

Circulo Precolombino de Plata a la Mejor Película

SOLO POR HOY
Director: Ariel Rotter

Circulo Precolombino de Oro al Mejor Director

NUEVE REINAS
Director: Fabian Bielinski

Circulo Precolombino de Oro a la Mejor Película

EL BOLA
Director: Achero Mañas

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