La fiesta de un cine que indigna y emociona

Por Oswaldo OsorioImage

El cine latinoamericano siempre será una incógnita para todo espectador. La posibilidad de que conciba una obra de arte es tan probable como la de que resulte con una película absurdamente mala. Y aunque esto parece una verdad de perogrullo que se podría aplicar a otras cinematografías, en el caso del cine de nuestra región son más graves estos azares, porque resiente más que, de la escasa producción anual que se logra capitalizar, un considerable porcentaje sea cine malogrado, cuando no lastimosamente abominable.

Entonces surge la pregunta ¿si las oportunidades de hacer cine son tan escasas, por qué muchas veces se desperdician haciendo películas tan malas? Pero luego uno se da cuenta de que en esa misma cuestión puede estar la respuesta: como los realizadores no tienen oportunidad de hacer películas con más frecuencia y la mayoría de países latinoamericanos no cuentan con una industria de cine, las posibilidades de ganar oficio, evolucionar un estilo o crear una obra sólida son mucho más escasas.

Esta probable respuesta se puede respaldar con un vistazo a la carera de directores como Arturo Ripstein, Gabriel Retes, Francisco Lombardi, Silvio Caiozzi o Juan José Jusid. Estos realizadores desde hace muchos años, décadas incluso, vienen realizando películas con cierta frecuencia, lo cual implica, casi de forma inequívoca, que cada nueva obra es un producto sólido y bien logrado. En cambio, un enorme porcentaje de realizadores latinoamericanos se queda en su opera prima o pasan muchos años, décadas incluso, para lograr hacer una segunda tentativa.

Lo que el Festival ofrece

Cada que finaliza una nueva versión del Festival de Cine de Cartagena son recurrentes este tipo de reflexiones, pues se trata de  un evento que cada año nos brinda la posibilidad de tomarle el pulso al cine latinoamericano. Además, porque el Festival no es una selección de lo mejor sino una muestra de lo que se ha producido en el último año en los países de la región. Por eso una jornada de cine en Cartagena, que se compone de cinco películas por lo menos, es tan incierta como un viaje en autostop.

El viaje diario de esta versión que acaba de concluir no sólo fue azaroso sino desastroso. Tanto que se gana el dudoso crédito de ser el festival más decepcionante de los últimos diez años en cuanto a calidad cinematográfica. Porque en lo que a la organización se refiere, el Festival se sostiene en el nivel de años anteriores. Aunque esta vez hubo menos películas, es un evento que sigue concentrando una serie de actividades en torno al cine que sólo se pueden ver allá: además de la muestra de cine, hubo una exposición de pinturas relacionadas con el cine, conferencias, ruedas de prensa con actores, productores y directores, un seminario sobre crítica de cine, concurso de cortometrajes y muestra de video internacional.

Como cada año, el Festival repitió ese par de bochornosos eventos que, a la larga, son unos males necesarios: las ceremonias de premiación. Al principio la de televisión y al final la de las películas en competencia. La primera, es como un remedo tercermundista de la ya de por sí grotesca entrega de los premios Oscar, en el que están siempre los mismos y las mismas recibiendo inmerecidos reconocimientos. Aunque hay que admitir que es el único momento en que los medios le dedican la debida atención al Festival, algo muy bueno para esta fiesta del cine, pero que reconfirma la tiranía farandulera de los medios.

En cuanto a la premiación de las películas en competencia, resulta una ceremonia más bien farsesca, sobre todo porque nunca están los galardonados y entonces se sube a recibir la estatuilla de la esbelta India Catalina cualquier funcionario de consulado o, peor, el representante de la distribuidora de las películas en cuestión, que ridículamente se emociona y alza el premio ante el público como si fuera mérito suyo.

Tal vez ése es el único aspecto en que al Festival de Cartagena le falta la categoría que se merece luego de más de cuatro décadas de vida: la deslucida participación de figuras internacionales que le den brillo y distinción al Festival más antiguo del continente. En últimas son esos invitados distinguidos, sobre todo las estrellas, los que resultan ser la cara del Festival en beneficio de una mayor difusión. Así mismo, la otra cara del festival, lo que después del tiempo da fe de su existencia, es el catálogo con las películas que participaron y los eventos que se realizaron, pero este año tampoco hubo eso y todos lo echaron de menos.

Cine del bueno y del malo

De la desastrosa muestra compuesta por unas treinta películas, sólo un puñado, literalmente, satisficieron por completo o, al menos, resultaron interesantes o novedosas. La cuota de novedad la puso Tiempo real, una película del director mejicano Fabricio Prada en la que cuenta una historia que, como el título lo anuncia, es en tiempo real, es decir, una película sin cortes, constituida por un único plano secuencia.

Aunque se trata de un thriller más o menos convencional en el que unos asaltantes corrompen su sociedad a causa del botín ganado y la película termina por agotarse en la propuesta formal, no deja de ser interesante y atractivo el divertimento técnico y narrativo propuesto aquí, pues implicó un tremendo esfuerzo de planeación y una precisión en la ejecución que ya de por sí significa un talento y un virtuosismo de parte de sus realizadores.

Marcelo Piñeyro nuevamente aburrió e irritó con una historia pretenciosa y malograda, titulada Kamchatka; pero esta afrenta del cine argentino fue reparada por una hermosa película llamada Historias mínimas, un relato simple sobre gentes simples de Carlos Sorín, quien no se afana en decir “interesanteses” como Piñeyro, ni se le nota el esmero de su compatriota en desentrañar las emociones y sentimientos de sus personajes.

En cuanto a Cuba, Venezuela, México y Perú, decepcionaron como nunca con una sarta de adefesios que podrían competir reñidamente por un anti-premio a la peor película. Aunque hay que excluir a la mexicana Japón, de Carlos Reygadas, un filme insólito y hermoso, pero también en muchos sentidos desconcertante. En cambio, Colombia y Brasil participaron con unas películas no sólo de gran calidad, sino que, algunas de ellas, ya entraron a formar parte de la historia de sus respectivas cinematografías.

La ciudad de dios y la ciudad del diablo

Tres películas colombianas se presentaron en Cartagena en esta nueva versión del Festival, pero dos de ellas ya habían sido estrenadas comercialmente: Como el gato y el ratón, Rodrigo Triana y Te busco, de Ricardo Coral-Dorado. Pero es la tercera película, que además fue la que abrió el festival, la que es importante reseñar por su calidad y significado para el cine y la realidad del país: La primera noche, de Luis Alberto Restrepo.

Esta película cuenta la historia de una pareja de campesinos que han sido desplazados de su tierra y nos habla de esa traumática transición del campo a la ciudad que le ha tocado vivir a millones de colombianos en los últimos años. Pero el director no recurre a complicadas elucubraciones sobre la realidad y el conflicto colombianos, ni a discursos reiterativos sobre lo que debe o no ser este país, sino que simplemente pone en juego esta idea del desarraigo y el desamparo ante la hostilidad de la ciudad. Esto lo hace mediante un relato que, si bien juega con el contrapunto pasado-presente y campo-ciudad, mantiene un planteamiento argumental y dramático sencillo pero tremendamente conmovedor y contundente.

De otro lado, según el jurado (y el público y la crítica y todos cuantos la vieron) la mejor película del Festival fue La ciudad de dios, del director brasileño Fernando Meirelles, una impactante y demoledora historia sobre la violencia en una de las favelas de Río de Janeiro. Una película colmada de violencia, verismo documental, pericia narrativa, imágenes inolvidables y serias reflexiones sobre aquella truculenta realidad.

La principal virtud de la película es que no explota con morbo la crudeza de la violencia que se vive en estos barrios marginales, sino que, sin dejar de ser lo explícito y descarnado que el tema y sus personajes le exigen, se constituye en un relato de cine de una pericia y contundencia, tanto visual, narrativa como argumental, que no deja otra opción al espectador que referirse ella con calificativos grandilocuentes  o mudas expresiones de admiración.

En la versión 43 del Festival de Cine de Cartagena, entonces, fue posible ver de todo, con el fascinante color local de cada país, pero también con todo lo heterogéneas que pueden resultar las propuestas cinematográficas, algunas de las cuales llegan a emocionar tremendamente, pero otras, este año las más, que producen una decepción e indignación que hace pensar lo peor de nuestro cine latinoamericano.

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