Más allá de James Bond y Harry Potter

Oswaldo Osorio

La historia del cine del Reino Unido no ha sido fácil, más bien han sido pocos sus buenos o significativos momentos, sobre todo si se tiene en cuenta que es una potencia económica y cultural, lo cual generalmente tiene su correlación en el éxito y nivel de una cinematografía. Es una historia de subidas y bajadas, determinada por aspectos como su fluctuante posición entre el cine de Europa y de Estados Unidos, la dependencia del apoyo estatal y la fuga de talentos hacia Hollywood.    

Compitió por ser el país donde se inventara el cine, pero aunque allí se vieron las primeras imágenes en movimiento, terminaron por ser superadas en su técnica por el kinestoscopio primero y luego por el cinematógrafo. Un nuevo golpe recibió en los años veinte, cuando lo que parecía ser una prometedora industria, terminó retrocediendo ante el ímpetu internacional del cine alemán y estadounidense.

Solo lograría una significativa recuperación cuando, a finales de esa misma década, se creó una ley que obligaba a las salas a exhibir un veinte por ciento de cine nacional, lo cual se tradujo en un importante aumento de la producción durante el siguiente decenio. Y como complemento a este buen momento de la industria, se presentó el que sería el primer hito de esta cinematografía: La escuela documental británica, con John Grierson como su principal representante. Este movimiento, con su interés por los problemas sociales y el contexto inmediato, redefinió la concepción del documental a nivel mundial, que andaba un poco obnubilado con culturas y lugares exóticos.

Este periodo favorable fue aprovechado por productores como Alexander Korda y Arthur Rank, pero a pesar de algunos buenos resultados, tanto en la taquilla como en la calidad de las películas, cuando sobrevino la Segunda Guerra Mundial, la base de talentos que sostenía la industria, empezando por Alfred Hitchcock y el mismo Korda, terminaron recalando en Hollywood, dejando al país bajo los bombardeos alemanes y solo preocupado por producir cine de propaganda contra los nazis. Apenas quedaron algunas islas en el cine de estas islas, como las películas de David Lean o Carol Reed y el trabajo  del más célebre actor shakespereano, Lawrence Olivier.

Un nuevo cine

En la posguerra, la productora Rank fue la gran protagonista de la industria del Reino Unido, pero a partir de mediados de los años cincuenta tendría que compartir ese protagonismo con otra productora y un importante movimiento cinematográfico. La productora era Hammer Films, la cual inició un exitoso ciclo de cine de horror que se extendería casi por dos décadas y lanzaría como estrellas internacionales a los actores Christopher Lee y Peter Cushing y al director Terence Fisher.

El movimiento cinematográfico fue el Free Cinema, encabezado por los directores Tony Richardson, Karel Riesz y Lindsay Anderson. Fue la contribución británica a las nuevas olas, esas corrientes de renovación (en la producción, los temas y la narrativa) que se tomaron el cine mundial de los años sesenta. Y si bien el Free Cinema tuvo como modelo a la Nueva Ola Francesa, realmente fue impulsado por el movimiento Angry Young Men, surgido a mediados de los cincuenta e impulsado por escritores, documentalistas y dramaturgos, comprometidos en retratar con crudeza la realidad social del país.

La efervescencia social y cultural de los sesenta se reflejaron con intensidad en el cine. Mientras, por un lado, la industria se mantenía saludable gracias al cine de horror de la Hammer, la exitosa saga de James Bond y superproducciones como las de David Lean (El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago); por otro lado, la contracultura y el espíritu de la exitosa música pop y rock estimularon un cine lleno de frescura e irreverencia. A esta tendencia contribuyeron significativamente importantes directores extranjeros, atraídos por las facilidades de producción y la distención en la censura, como Roman Polanski, Joseph Losey, Michelangelo Antonioni y Stanley Kubrick.

Este buen momento se extendería hasta mediados de los setenta, pero a partir de entonces empezó la que sería tal vez la peor crisis del cine del Reino Unido, agudizada por el retiro del apoyo estatal efectuado por las políticas neoliberales de Margaret Thatcher a principios de los ochenta. Si bien esta adversa situación se mantendría toda esa década, es necesario destacar el surgimiento de importantes directores, como Roland Joffe, Alan Parker, Stephen Frears, Derek Jarman, Peter Greenaway y Kenneth Branagh.

La comedia y los autores

Lentamente, el cine del Reino Unido pudo salir de este esta mala situación. El humor fue el principal antídoto contra esa industria enferma y necesitada de nuevos bríos. Por un lado, las comedias románticas como Cuatro bodas y un funeral o la saga de Bridget Jones; y por otro, la llamada comedia social británica, la cual retomaba la vena realista y crítica de esta cinematografía con cintas como Tocando el viento, Full Monty o Billy Elliot.A esto se sumó el decisivo apoyo a la producción por parte de canales de televisión y de la Lotería Nacional, así como el éxito de superproducciones como la saga de Harry Potter o el cine de directores como Guy Ritchie.

Pero la riqueza del cine de estas islas en las últimas dos décadas no son tanto estos taquillazos. Su verdadera riqueza está consignada en la obra de unos cineastas dueños de una obra sólida y madura. Sus películas están entre lo mejor del cine mundial y cada año son protagonistas en los distintos festivales de cine. Son muchos, pero solo menciono cuatro de los más significativos: Ken Loach, James Ivory, Mike Leigh y Danny Boyle.  

Ken Loach ha sido desde hace cuarenta años el cineasta más comprometido con la realidad social del Reino Unido, sus películas son duras críticas de clara vocación socialista, así se pude corroborar en filmes como Agenda oculta, Riff Raff, Lloviendo piedras y El viento que acaricia la cebada. James Ivory, por su parte, aunque nació en Estados Unidos, su cine tiene una reconocible identidad británica, con piezas que dan cuenta de su profundo conocimiento de la idiosincrasia de esta cultura: Maurice, Lo que queda del día y Habitación con vista son sus películas más conocidas.

De Mike Leigh es difícil hablar conteniendo la admiración y los adjetivos. Pocas obras tienen la solidez, constancia y lucidez con que cuenta este cineasta. La hondura y honestidad con que sus películas hablan de las emociones, los sentimientos y la cotidianidad no tiene igual en otro director actual. Más difícil todavía es tratar de escoger solo tres películas para mencionar, aquí un discutible intento: Grandes ambiciones,  Secretos y mentiras, El secreto de Vera Drake.

Finalmente, un director como Danny Boyle, con películas como Tumbas a ras de tierra, Trainspotting o Quién quiere ser millonario, es el cineasta soñado por cualquier cinematografía, pues logra conciliar calidad con éxito internacional. Y eso es, precisamente, lo que el cine del Reino Unido ha buscado a lo largo de su historia, hacer buen cine, cine exitoso y mejor si se dan las dos cosas.  

Publicado en Agenda Cultural de la Universidad de Antioquia en agosto de 2014.

 

 

 

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