Por: Oswaldo Osorio

Las listas siempre son una buena excusa para hacer mapas y recorridos de un tópico específico. Nunca son definitivas y siempre subjetivas. Una de las tantas posibilidades para recorrer ciertos hitos o momentos memorables del cine colombiano es a través de sus personajes, que en este caso resultan casi todos de gran complejidad y bien construidos por sus autores e intérpretes. Algunos coinciden con películas clave del cine nacional y otros se quedaron en la memoria más allá del filme que protagonizaron. Hablar de estos personajes es también hacerlo de sus películas, los actores, quienes los dirigieron y hasta del contexto histórico del país.  

1. Leovigildo Galarza / Jesús Carvajal (El Drama del 15 de octubre, Vicente y Francisco Di Doménico, 1915)

No se puede separar al uno del otro, porque juntos mataron a hachazos al general Rafael Uribe Uribe, líder liberal y uno de los promotores de la Guerra de los mil días (así lo citan los libros de historia, como si fuera proeza). También juntos, y estando en la cárcel, fueron contratados por los pioneros del cine colombiano, los hermanos Di Doménico, para protagonizar el primer largometraje del cine nacional. De manera que fueron personajes pero también actores, de lo cual se desprenden varios aspectos muy significativos: el interés desde sus inicios del cine colombiano por la realidad violenta del país, el comienzo de esa larga tradición de utilizar actores naturales, el oportunismo del cine al realizar una película sobre un gran suceso apenas un año después de ocurrido y, lo más comentado siempre de este episodio, el escándalo e indignación causado por la contratación de los asesinos y el pago de cincuenta dólares para que accedieran. Así que Galarza y Carvajal asesinaron dos veces al general, como personajes y luego como actores. Lo más probable es que haya sido por este escándalo, y sus espinosas implicaciones políticas, que la película no pudo sobrevivir en el tiempo y ni siquiera un fotograma se conserva de ella.

2. Augusto, el ascensorista (Pasado el meridiano, José María Arzuaga, 1967)

El personaje más patético del cine colombiano es interpretado aquí por Henry Martínez. La violación de la “gordita” por cuatro hombres y la cobarde huída de Augusto, luego de haberla cortejado en una larga secuencia, es uno de los momentos más duros y conmovedores del cine nacional. También lo es la indolencia y menosprecio de la gente de la agencia de publicidad donde trabaja cuando se desentienden de sus ruegos para que lo dejen ir al sepelio de su madre. La poquedad de Augusto va por doble vía, de un lado, por lo insignificante que es considerada su existencia en medio de ese crítico cuadro de diferencias sociales que plantea de fondo con su historia el siempre lúcido Arzuaga, y de otro lado, la pusilanimidad de un hombre marginal y sin autoestima que habla quedo y siempre con miedo. El personaje de Augusto aparece en una época en que el cine nacional, por primera vez en cuatro décadas, asume una posición ante los temas sociopolíticos del país y que tiene como protagonista al colombiano de verdad y sacado de la realidad, al obrero, al campesino o al empleado. Y al final, solo desolación: sin novia, sin madre, sin dinero, engañado por unos jóvenes burgueses y caminando en medio de la nada.

3. León María Lozano, el “Cóndor” (Cóndores no entierran todos los días, Francisco Norden, 1983)

Todo para él era cuestión de principios: ordenar una masacre, no dejar que su mujer anduviera desnuda por la habitación o ser un perro fiel del partido conservador. Empezó como un asmático y desempleado que agachaba la cabeza cuando un liberal denigraba de él o su partido. Pero tenían que matar a Gaitán, un trágico suceso con el que este país estalló (llevaba conteniéndose medio siglo) y con él también estalló la naturaleza aparentemente tranquila y humilde de León María. Los pájaros, milicia del Partido Conservador, comenzaron a aterrorizar a la gente en el campo, y el líder de ellos fue llamado el “Cóndor”, ahora un hombre frío y sanguinario. Pero hay que aclarar que esta transformación del personaje no es, como se podría suponer, consecuencia de la corrupción del poder. Las que se transformaron fueron las circunstancias, porque León María, en realidad, nunca cambió éticamente, pues mantuvo siempre sus férreos principios, el problema es que su principio rector era serle fiel a su partido (léase los políticos en Bogotá) y este era el que ordenaba ese régimen de terror en los campos y ciudades de provincia. Pero ese es el problema de esta película, que descarga toda la culpa de la Violencia en este hombre y no en los verdaderos responsables: la dirigencia de los dos partidos. Frank Ramírez, en un trabajo sobresaliente, le dio vida a este hombrecito insignificante que devino en asesino y pequeño tirano.  

4. Juan Sáyago (Tiempo de morir, Jorge Alí Triana, 1985)

Un personaje garciamarquiano era lo menos que podía haber en esta lista, eso a despecho de la leyenda negra que hay sobre esa mala relación del nobel con el cine. Nadie mejor que Gustavo Angarita para personificar a un hombre definido por su aplomo y por una amarga sabiduría. Luego de dieciocho años de purgar por la muerte de un hombre, Sáyago vuelve a su pueblo, donde lo esperan los hijos del muerto para cobrar venganza, pero él está convencido de que ya pagó por su crimen y, además, ya no está para violencias, prefiere tejer plácida y sosegadamente como una ancianita, en compañía de su viejo amor. Pero su paciencia y temple también son puestos a prueba con el acoso de los Moscote. Está viejo y cansado, pero aún puede responder como es obligación de todo hombre en esas tierras, que son el equivalente al Lejano Oeste del cine colombiano, y así queda refrendado en el duelo final: Juan Sáyago se planta frente a su adversario, se pone las gafas y dispara, igual que en los westerns, salvo por el vallenato que suena de fondo.  

5. La Machiche (Mansión de Araucaima, Carlos Mayolo, 1986)

Esta mujer llena de carga sexual, perversión y malicia es la dueña de esta mansión, aunque sea don Gracialiano quien figure en las escrituras. Y es que los cinco hombres con los que la habita giran en torno a ella, a sus mimos, a su pícaro carisma y a sus generosos favores sexuales. Vicky Hernández con este papel rebosa de talento y sensualidad,  y con ello logra que la Machiche llene toda la mansión… hasta que llega la joven, más sensual, más hambrienta de experiencias turbadoras y con una fascinante mezcla de ingenuidad y precocidad: la futura Machiche de una improbable mansión. De manera que con esta irrupción no solo se rompe el equilibrio de aquella morada (“Si entras no salgas, si sales no vuelvas…”) y, sobre todo, de su matrona, pues se convierte en un objeto usado y estropeado, porque todos quieren jugar con el juguete nuevo, incluso ella misma, aunque rápidamente lo deseche. Y a pesar de que la joven es el elemento desestabilizador de ese paraíso de hedonismo y lascivia, el vórtice de la debacle final es la Machiche, con sus celos, con sus intrigas y su desesperación al ver que lo perdía todo. 

6. Santiago (Confesión a Laura, Jaime Osorio, 1990)

Santiago quería ser el hombre que fuma. Esa simple acción representaba para él la libertad y sofisticación que nunca había tenido y que en los últimos años había sido suprimida por completo por su dominante esposa. Pero solo necesitó un día con Laura para convertirse en ese hombre que fuma, que canta y baila tango, no el pusilánime empleado público que era, castrado sistemáticamente por su esposa, quien incluso le ordenaba cuándo se tenía que quitar el sombrero. Así, mientras que el mundo se caía a su alrededor en medio del Bogotazo, Laura y Santiago (Gustavo Londoño) protagonizaban la que es tal vez la mejor historia de amor que ha contado el cine colombiano. Solo les bastó un día para transformar sus vidas, luego de una existencia reprimida y con apenas autoestima. Y si bien es una historia sobre su relación, el mismo título sugiere en quién estaba puesto el énfasis, quién era el que se confesaba y por qué. Y esa confesión fue el principio de su liberación. Por eso, entre el humo de las cenizas de ese mundo que se había derrumbado el día anterior, surge este hombre nuevo, liberado, con la satisfacción de que fue amado y, por supuesto, fumando.  

7. Rodrigo (Rodrigo D, No futuro, Víctor Gaviria, 1988)

En realidad, el cine de Víctor Gaviria podría acapararse cuatro puestos del conteo, porque si bien aquí se hablará del protagonista de Rodrigo D, es por lo significativo de esa película en la historia del cine nacional, pero El Zarco y Mónica de La vendedora de rosas (1998) o Gerardo, el traqueto de Sumas y restas (2005), son igual de inolvidables. No hay duda de que el uso de actores naturales y el método de investigación y ensayos de este director es la razón para que sus películas estén pobladas de estos personajes imborrables. El caso de Ramiro Meneses es paradigmático: sacado de los barrios marginales de Medellín con su bandera punk, el actor se confunde con el personaje en un solo ente, un joven que representa todo ese universo marginal y hasta entonces ignorado que apenas estaba explotándole en la cara al país, luego de décadas de olvido gubernamental y un par de lustros de la nefasta inferencia del narcotráfico en esas barriadas. Este joven de pocas palabras y rabioso cantar, arrastra por el mundo una honda melancolía y un desdén por todo lo que le ofrece y le ha negado la vida, y su actitud punkera comparte el nihilismo, aunque de otro talante, de los pillos y a su vez amigos del barrio.

8. Sargento Diógenes Hernández (La Gente de La Universal, Felipe Aljure, 1993)

El ladino sargento está en medio de dos triángulos amorosos, de esos que tanto le gustan a Felipe Aljure. El problema es que en uno es el cornudo y en otro es el que pone los cuernos. Esta doble condición lo define muy bien: es un hombre que siempre está en función de su propio placer y ganancia, no importa si tiene que pasar por encima de los demás, pero en contrapartida, está rodeado de gente como él, de manera que cuantas veces miente, engaña, traiciona y estafa, esas mismas veces será víctima de conductas similares por parte de los otros, empezando por su esposa y su sobrino. Encarnado por Álvaro Rodríguez, el sargento Diógenes es el más vistoso y fascinante espécimen de ese animalario que creó Aljure en la jungla de asfalto que es esta película. Él es ese espejo en que se puede mirar el colombiano que cree que la malicia indígena o la viveza para tumbar al otro es una virtud. Su reflejo es una mueca de fealdad ética y cinismo, pero que visto a distancia es de una oscura comicidad. También tiene mucho de patético, por creerse lo que en realidad nunca es: un galán, un vivo y un hombre que “es Ley”. En últimas, es un ser paradójico, como su muerte, acaecida en medio de un estado de alegría y placer, pero muerte al fin y al cabo.

9. Violeta (Violeta de mil colores, Harold Trompetero, 2005)

Muy pocas películas colombianas hablan sobre la mujer y todavía son menos las que la tienen como protagonista. Y entre esas pocas, esta cinta es, sin duda, la que consigue ahondar más en el íntimo sentir de una mujer y en la condición femenina en general. A Violeta, interpretada con entrega por Flora Martínez, la soledad y la angustia existencial la devoran. En su exilio geográfico (está en Nueva York) y emocional nos hace testigos de su diatriba contra la vida, contra el amor y contra sí misma. En un relato fragmentado y con una propuesta visual audaz (lo cual tiene mucho que ver con el personaje), esta mujer se nos presenta desesperada y desconsolada, pero también con una trágica y poética belleza que conmueve, tanto por sus palabras como por todos sus fallidos episodios. El sexo, el amor y la muerte son todas puertas que toca, pero siempre sale mal librada. La única solución es la más difícil: enfrentarse a sí misma. Entonces, por la gracia del cine, las podemos ver a las dos, la frágil y honesta consigo misma frente a la conflictiva que se auto inflige miedo y culpa. De esta confrontación no puede salir otra cosa que una liberación, y de allí resulta una Violeta feliz y serena.  

10. Porfirio (Porfirio, Alejandro Landes, 2012)

Otro personaje y actor al mismo tiempo, Porfirio Ramírez Aldana, un hombre condenado a la cárcel de una limitación física, la cual es consecuencia del conflicto colombiano. De esta forma, en esta última y reciente película, se repiten algunos elementos esenciales de la cinta con que empezó este conteo y el cine nacional. Pero lo inolvidable de Porfirio no es tanto esta condición en que se encuentra o el inesperado y contundente final de su historia, sino la forma como Rodrigo Landes lo presenta a partir de un relato contemplativo que ausculta la cotidianidad de este hombre. En su narración sin afanes, la película consigue transmitir el sopor e impotencia de un hombre que trata de tener una vida normal, que espera con paciencia la ayuda prometida de un Estado que nunca le cumple a personas como él. Por eso asistimos a sus más íntimas y personales acciones, aguardamos en silencio su silencio, lo acompañamos en su creciente pero muda desesperación, hasta que nos reconforta saber que al fin se decidió a hacer algo, no importa que tal vez acabe peor. Porfirio es una de las tantas víctimas del conflicto colombiano, como todas esas que desfilan y son contadas por decenas día a día en los noticieros y que no significan nada para casi todos, pero a este hombre en particular el cine lo ha sacado de las cifras anónimas y lo a ungido de vida y doméstica poesía.

Publicado en la Revista Kinetoscopio No. 100, octubre - diciembre de 2012.  

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