El corto

Por: Santiago Andrés Gómez

Para Adri, mi vida

La empleada del aseo en el banco me ha mirado por la puerta de cristal tres veces desde que estoy aquí, en la acera del frente, esperando a que salga mi mamá. Mira el guacal donde llevo el gato, me mira a mí y vuelve a entrar. Debe creer que llevo una bomba, un arma o algo así. Pero yo no puedo hacer nada para evitar esta apariencia. El gato está enfermo y mamá y yo venimos de la tercera sesión de un tratamiento que se le está haciendo al animalito donde un veterinario. Antes de volver a casa teníamos que pasar por el banco y yo sabía que a mí no me dejarían entrar con la mascota, de modo que me puse a esperar afuera. Lo que piense la gente es algo que no puedo controlar.

Yo ya tengo suficientes problemas, aunque casi todo está bajo control. Nada más me falta por llamar al sonidista para confirmar el ensayo de esta tarde. En verdad, espero que la llamada no sea necesaria, que él ya lo tenga en cuenta y haya separado el ensayo en su agenda, pero no sobra marcarle. Ya le he recordado nuestra cita a los actores, muy aplicados pero un poco impuntuales, he quedado con la Luciérnaga de ir a su casa por la cámara que me va a prestar y, desde anoche, el taxista al que vamos a alquilar el carro, y que sin embargo no conozco, me dijo por teléfono que no había problema, que a las siete estaría en el parquecito de la unidad.

Es un lío comprometer a la gente sin que haya plata de por medio, y dirigir sin que alguien más le ayude a uno en la producción, pero eso es a lo que hay que medirse cuando apenas se está empezando. El sonidista me dice que no recordaba que hoy ensayábamos. Me pregunta si tiene que ser precisamente hoy, porque a la hora del ensayo quiere ver por televisión un partido de fútbol. Yo le digo que desde hace una semana habíamos acordado esta cita para probar el audio con los actores, y que no puede faltar porque aún no hemos hecho esa prueba y la grabación comienza el próximo lunes. Él se queda callado.

Un celador del banco se asoma a la puerta y se queda mirándome. Yo le pregunto al sonidista si entonces va a ir o no y él, como a regañadientes, me dice que bueno, que allá va a estar, pero que espera que no nos demoremos mucho. Me pregunta si conseguí el cable que me había exigido para la grabación, pues desde luego es fundamental para ensayar. Le digo que sí, que solo tengo que pasar por mi casa para recogerlo.

El celador no me quita los ojos de encima.

Ahora no queda sino confiar en que mamá salga rápido para acompañarla a llevar el gato a casa, ir hasta donde la Luciérnaga, recibir la cámara y salir para la unidad, pero mamá se está demorando mucho. Yo siento una presión en el pecho. En tres cuartos de hora tengo que estar en el parque.

El celador acaricia su revólver. Yo subo el paño con el que cubro el guacal y llamo al gato con mimos y gestos de mi mano para que se asome. El celador se da cuenta de que solo estoy cargando a mi mascota, alza su cabeza, retrocede y vuelve a entrar al banco.

Cuando mamá sale, suena mi celular. Es un agente de la policía preguntándome si yo soy la encargada de una película que se va a grabar esta noche. Mamá llega hasta donde mí y se pone a hablarme, pero yo alzo una mano interrumpiéndola y me alejo. El agente me dice que la patrulla que solicité al comando para que nos cuidara ya está lista, y que solo quería verificar si la grabación sí se va a hacer. Yo le digo que claro, pero que solo es un ensayo, que lo más duro es la próxima semana. Nos despedimos, cuelgo y le pongo la mano a un taxi que sigue derecho, sin dignarse a recogernos. Mamá se me acerca.

       ¿Usted por qué es tan altanera? –me dice– Esa película la tiene como un tití, no se le puede ni hablar.

       Mamá, estaba hablando con la policía.

Un taxi se detiene al fin. Mamá y yo nos subimos.

       La próxima semana yo no voy a poder acompañarla a donde el veterinario –le digo–. El rodaje comienza el lunes.

       ¿Y si comienza el lunes por qué está tan afanada desde ya?

Estoy cogida de la noche. El ensayo más importante de todos los que hemos tenido es en media hora y tengo que pasar primero por donde la Luciérnaga.

       No, mija. ¡En media hora no le da! –dice ella.

El taxista deja a mamá en casa. Yo le pido al hombre que me espere, subo por el cable que me ha pedido el sonidista, bajo y seguimos hasta donde la Luciérnaga, quien me saluda bostezando con un vaso de jugo en la mano y me invita a pasar. Yo le digo que solo vine por la cámara. Él espabila.

       Ah, verdad… La cámara… –dice, pero no se mueve– ¿Y quién va a ser el que va a manejar esa cámara?

       Pues yo. ¿No te dije desde hace días?

       Ah… Es que yo no sé si prestar esa cámara para que otro la maneje…

Yo me enfurezco por su inconsecuencia.

       Bueno, bueno –dice la Luciérnaga–. Yo se la presto, pero más bien la manejo yo. Ya voy por ella.

Estoy que echo chispas. Es absurdo que la gente prometa cosas que después no cumple. Además, si la Luciérnaga quiere ser el camarógrafo de la película, no se ha dado cuenta de que así tendría que pasar en vela todas las noches de la semana entrante. De todos modos, la situación no da para hablar de ello todavía, y por el momento no le digo nada. Llegamos a la unidad un cuarto de hora tarde, pero los actores no han llegado aún, como es natural, ni tampoco veo por ninguna parte al taxi que vamos a alquilar. El único que está es el sonidista, sentado en las escaleras del Museo con un gesto gruñón.

       Yo aquí esperando como una güeva –me dice.

Un celador de la unidad pasa corriendo a nuestro lado con su escopeta en alto. Yo debo moverme un poco para que no me atropelle.

       Aquí traje el cable –digo–. Probémoslo para ahorrar tiempo mientras los otros llegan.

Desde la tienda que hay junto al museo se me acerca un hombre gordo de camisa abierta, con el pelo canoso y lacio. Me pregunta si yo soy la directora de la película, me dice que es el dueño del taxi y que su empleado ya viene con el carro. Mi celular suena. Es el policía. Me dice que él y su patrulla están a dos cuadras resolviendo un caso que se presentó en la unidad y tuvieron que atender, pero que esperan no demorarse o por lo menos venir tan pronto arreglen la situación. A lo lejos se ven los actores, que vienen a paso lento. El sonidista se me acerca.

       ¿Y el convertidor? –dice.

       ¿Cuál convertidor? –digo.

       Sin convertidor el cable no sirve para nada.

       Señorita, ya llegó mi empleado –me dice el gordo.

       Vos no me hablaste de ningún convertidor –digo al sonidista.

       Yo sé cómo hacer un empalme, pero necesito una navaja –dice la Luciérnaga.

       Hola –dicen los actores.

       Esto va a ser una demora –dice el sonidista sacando una navaja de su bolsillo.

       Fresco, que yo voy a ver el partido con unos amigos y aquí no nos podemos demorar –dice la Luciérnaga.

       Trajimos los mentirosos –dicen los actores.

Yo les pido que me los muestren. Uno está muy bien, el otro parece un revólver de muñequito.

       ¿Hasta qué horas va a necesitar el taxi, señorita? –me dice el gordo.

Le digo que no creo que más de dos horas.

       ¿Entonces mi revólver no sirve? –me dice uno de los actores.

       Listo, podemos empezar –me dice la Luciérnaga.

       Para el ensayo este mentiroso está bien, pero hay que conseguir otro para la grabación, un revólver de verdad, si es el caso –digo, y luego añado con voz animosa–: ¡Bueno, vamos pues!

Dos actores entran al taxi y los que van a hacer de atracadores se quedan afuera. Luego se sube la Luciérnaga, que lleva el micrófono del sonidista complicadamente adosado a la cámara. Meto mi cabeza por una ventanilla y les doy a los actores unas cuantas indicaciones con temple y claridad. Quiero que hablen con frescura pero sin bajar la guardia, que piensen que todo esto es un robo, y no una película. Que sientan su papel. Le digo a la Luciérnaga que quiero que enfoque el rostro de los actores y vaya de uno a otro con todo el agite de la situación.

       ¿Entendido? –pregunto.

       Entendido –dicen en coro.

       Listo, ¡grabando!

El bombillo rojo de la cámara se enciende. Retrocedo dos pasos. Miro a lado y lado.

       ¡Acción! –grito.

Como respondiendo a mi voz, unos disparos interrumpen la toma. Todos quedamos paralizados. Un hombre vestido de negro se acerca corriendo con un revólver en la mano desde el fondo de la calle y pasa a toda velocidad al lado de nosotros. Algo silba en mi oreja, suenan dos tiros más, yo me tiro al suelo y a unos cuantos metros el hombre trastabilla, intenta reponerse, da dos pasos inseguros y se agacha. Dos policías llegan trotando hasta donde él. A lo lejos suenan nuevos disparos. Todos miran lo que sucede con una tensión contenida, como si eso no estuviera pasando, pero también como si fuera lo único que pasara.

Uno de los policías alza al muchacho jalándolo de un brazo y lo hace gritar muy fuerte. En el suelo hay sangre. El otro policía saca un celular y marca. Entonces suena el mío. Me demoro en contestar, me sacudo el polvo, no caigo en cuenta de que me está llamando a mí. Me dice que hoy no podrán custodiarnos, que han tenido que enfrentarse a unos ladrones y deben trasladar a los que puedan capturar al puesto de inspección del barrio.

Yo cuelgo. Cuando los policías pasan al frente nuestro, veo bien al joven que llevan detenido. Es un adolescente de rasgos delicados y feroces. Está pálido, asustado, con el rostro atravesado por un gesto de angustia y de dolor. Mi corazón anda a mil. Decido interrumpir el ensayo y los demás acceden gustosamente, pero en toda la semana ya no podrá resarcirse esta noche y los actores me piden que aplace la grabación del cortometraje porque todavía no se sienten bien preparados. Yo quedo de llamarlos para ver cómo resolvemos, nos despedimos y me devuelvo a casa pensando mil cosas.

Todo se ha venido al traste. Si hay que aplazar la película, tengo que cambiar muchos arreglos que ya había convenido para la alimentación y el transporte de los que me colaboran, y eso significa casi un mes de nuevas conversaciones, de nuevos trámites, porque también hay que cuadrar una fecha en la que todos coincidan, sin contar con los imprevistos, que suelen ser innumerables. No creo que yo tenga ánimos para eso, además de que en mi memoria no solo se repiten los gestos de desidia del sonidista y me fastidia tener que seguir rogándole a él, que de todos modos es el único sonidista que me trabajaría gratis, sino que resuenan en mi mente los disparos que acabamos de oír y brilla la sangre del muchacho al que hemos visto detener. Estoy harta de tanto caos, y me parece cruel hacer una película sobre un atraco, cuando es en verdad algo tan brutal, tan horrible. Ya no quiero hacer este corto, no quiero saber nada de él, y me gustaría que ni siquiera tuviera que llamar a la gente para cancelarlo.

Entro a casa y encuentro a mamá frente al televisor, viendo una telenovela. El gato está acurrucado debajo del sofá. En la mesa del comedor hay un plato tapado con otro. Mamá me pregunta cómo me fue. Yo levanto el plato que cubre mi comida. Son lentejas, aún humeantes.

       Ay, mamá –digo–. Para qué le cuento.

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