Las mejores películas son las que hablan del caos

Por: Oswaldo Osorio

La ciudad siempre será más fotogénica que el campo, más cinematográfica. Tal vez por todos esos siglos que la pintura se la pasó recreando la naturaleza, mientras que el cinematógrafo nació de la ciudad y el progreso, de la máquina y el movimiento, tal vez por eso el cine sea el medio ideal para dar cuenta de la ciudad, de su métrica imponente, de su respiración vertiginosa y la forma en que condiciona la conducta del ser humano, para bien y para mal.

El cine, por su carácter de arte total, por su capacidad de recrear con gran realismo y verosimilitud cualquier lugar imaginable, es también el medio ideal para hacer posible las utopías. Esto quiere decir que el cine puede crear la ciudad utópica, la ciudad ideal, donde reine el orden, el equilibrio social y la belleza, que son las características con las que Tomás Moro definió “utopía” cuando inventó el término. Una ciudad así no es posible en el mundo real, porque la ciudad nunca está terminada, pues la tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre preservar y destruir, entre el centro y la periferia, y tantas cosas más, no lo permite.

Por eso, el único lugar posible para esa ciudad utópica es el cine. Sin embargo, esa posibilidad también es momentánea, porque si bien el cine ha creado estos lugares en numerosas películas, ninguna ha terminado sin que la utopía sea desenmascarada, ya por la existencia de una ciudad caótica bajo la perfecta (Metropolis, Demolition man), ya porque solo existe en la realidad virtual de la televisión o la red (The Truman show, Matrix) o porque detrás de la ciudad perfecta hay una sociedad imperfecta o tiranizada (El joven manos de tijera, Aeon Flux).

Entonces la ciudad que se impone en el cine es la distópica. Sobre todo porque es más atractiva dramática y visualmente, pero también porque permite, a partir de la proyección en el futuro o de la alegoría fantástica, reflexionar sobre las ciudades existentes y sobre nuestro tiempo. De manera que la distopía siempre es pesimista. Parece que, como van las cosas y de acuerdo con lo que se sabe de la naturaleza humana, nadie se atreve a plantear algo distinto al malfuncionamiento, al sometimiento de las personas por gobiernos tiránicos o a pensar en sociedades caóticas donde impera el crimen y la ley de la supervivencia.

Desde Blade Runner (Scott, 1982), pasando por Brazil (Gilliam, 1987) y Delicatessen (Caro, Jeunet, 1991), hasta Niños del hombre (Cuarón, 2007), el cine se ha desbordado expresivamente cuando tiene a la ciudad distópica como escenario y protagonista. Normalmente presenta mundos híbridos y caóticos, con estéticas recargadas, casi siempre por la línea del futuro retro, donde se evidencian los tiempos oscuros que pueden venir y, generalmente, planteando cuestiones éticas o políticas de fondo sobre asuntos como la intolerancia, los fundamentalismos, el individualismo, la mecanización del ser humano, el hombre que juega a ser dios, los excesos del poder justificados por un supuesto bien común, etc.

El cine colombiano también tiene su ciudad distópica en una película que casi nadie conoce, Bogotá 2016 (Ricardo Guerra - Jaime Sánchez - Alessandro Basile - Pablo Mora, 2002), compuesta por tres historias con una proyección nada amable con el futuro de la capital y de sus habitantes. Pero en realidad, la distopía en las ciudades que muestra el cine nacional está en el presente mismo, sobre todo en los últimos veinte años, cuando el cine urbano desplazó la tendencia tradicional de un cine preponderantemente rural y de provincia.

De esta forma, distópica es esa Cali enferma y violenta que presenta Óscar Campo en su lúcida y alucinada Yo soy otro (2008), también lo es el silletero de La sombra del caminante (Ciro Guerra, 2005) y sus personajes traumados por la violencia, distópico es el barrio de invasión bogotano de Como el gato y el ratón (Rodrigo Triana, 2002) en el que todos terminan matándose entre sí, e igualmente, lo es esa Bogotá sucia, fea y corrupta a todos los niveles que retrata con ingenio y cinismo Felipe Aljure en La Gente de la Universal (1995).

Pero de acuerdo con esta lógica, la ciudad más distópica del cine colombiano es, sin duda alguna, Medellín. Rodrigo D (Víctor Gaviria, 1990) le reveló a esa mitad de la ciudad que estaba convencida de su utópica “tacita de plata - ciudad de la eterna primavera”, que tenía una contraparte distópica, como Jeckyl y Hyde, otra ciudad con todo ese caos que bajaba de las laderas marginales, donde la urbe se expandía desigualmente a causa de los desplazados que la violencia bipartidista expulsó de los campos. Igualmente, el mismo Gaviria, con La Vendedora de Rosas (1998), le revela a la pujante gente de Medellín otra ciudad que veía a diario, pero que no quería conocer de cerca ni saber sus razones, una ciudad joven, desamparada y marginal que respiraba en sus calles más centrales.

Y luego vienen otras películas (e innumerables documentales) que dan cuenta del insólito hecho de ver convertida esta paradisíaca ciudad, con pretensiones utópicas, en la más violenta del mundo durante la década del noventa. Esa paradoja es la que le da el carácter distópico a esta ciudad en cintas como La Vírgen de los Sicarios (Barbet Schroeder, 1999), en la que matar a un perro duele más que matar a una persona; en Rosario tijeras (Emilio Maillé, 2005), que muestra a una ciudad en la que los muertos son “rematados” en su propio velorio; o en Apocalípsur (Javier Mejía, 2007), donde esta ciudad tiene como sonido de fondo los carros bomba del narcoterrorismo, mientras caen del cielo volantes que ofrecen recompensa por sus villanos, como en el viejo oeste.

Y es por todo esto que Medellín puede ser la ciudad distópica hecha realidad, lo hemos visto claramente en el cine. Pero la diferencia con las películas distópicas del resto del mundo, es que las de aquí no han tenido que inventar ni exagerar nada.

Publicado en Septiembre de 2010 en el periódico Universo Centro de Medellín.

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