Comediante, genio y experto en nada

Por Oswaldo Osorio

 “¿Quieres casarte conmigo? ¿Tienes dinero? Contesta primero la segunda pregunta.” De este calibre eran las intervenciones de uno de los más grandes genios cómicos del cine y el siglo XX. Pero en esta singular propuesta matrimonial de Groucho Marx a la eternamente vapuleada Margaret Dumont, no sólo hay humor, sino también ingenio, cinismo y esa vocación irreverente y revulsiva hacia las más respetadas instituciones y al orden establecido, que es una de las improntas sobre las que se ha fundado el humor de los mejores comediantes de todos los tiempos.

Groucho Marx nació a muy temprana edad, o al menos eso es lo que cuenta en su autobiografía, Groucho y yo, un chispeante y delirante libro lleno de anécdotas y reflexiones que recorren su vida desde los lejanos tiempos en que su madre lo “empujó” a las tablas junto con sus hermanos, hasta los años sesenta, cuando se retiró del mundo del espectáculo y dejó huérfano a ese público que durante cincuenta años se desternilló de risa con sus locuras y disparates en el teatro, el cine, la radio y la televisión.

Marxistas de familia

Aunque no era el mayor ni el menor de los hermanos Marx, sí fue su líder indiscutible. Gummo los abandonó antes de que empezaran a hacer cine, Zeppo fue el joven galán que poco tenía de cómico y terminó por cansarse de ese mundo dislocado y extravagante en que vivían sus hermanos. Fueron Harpo, con su arpa y la silenciosa herencia del cine mudo, y Chico, con su piano y esa incontrolable pasión por las mujeres, quienes le hicieron la segunda (y la tercera) al director y principal demente del Sanatorio Marx: Groucho, ése que se negó a pertenecer a un club que lo admitiera como socio, el dueño de los diálogos más absurdos y disparatados de la historia del cine, malabarista incansable con juegos de palabras, cómico surrealista por vocación y transgresor de la moral establecida por convicción.

Desde poco antes de 1910 y durante los siguientes veinte años, Groucho y sus hermanos recorrieron todo Estados Unidos con sus actos de comedia trepidante, anárquica e irreverente. Hicieron escuela en el vodevil (como era llamado en Nueva York el music hall), actuando en pocilgas y grandes teatros, en pueblos fantasmas y ciudades, hasta que entraron a las grandes ligas de Broadway. Pareciera que todo este tiempo estuvieron aguardando, haciendo carrera y puliendo su gran acto mientras duraba la edad de oro de la comedia muda. Y efectivamente, con la llegada del cine sonoro en 1927, son los hermanos Marx, con las peroratas de Groucho como punta de lanza, quienes reemplazaron a Buster Keaton, Harold Lloyd y hasta el mismo Chaplin, los héroes de la comedia hasta aquel entonces. El reinado de la pantomima pura había terminado, ya los gags (chistes visuales) eran sólo la mitad de cualquier acto cómico que debía ser complementado con diálogos cargados de gracia e ingenio.

Con cejas y bigote generosamente pintados, anteojos y un eterno puro, Groucho Marx creó la máscara que le dio identidad y lo hizo un personaje reconocible en el cine. Porque su comicidad no sólo se fundaba en su ingenio verbal (aunque él explicaba que su forma de hablar era una forma de locura), sino también en el humor físico, empezando por su hilarante andar apachurrado y de grandes zancadas, hasta esa propensión suya y de sus hermanos hacia el caos, la destrucción y las persecuciones que llegaban al absurdo del frenetismo cuando se hacían en una pequeña habitación.

Sea lo que sea me opongo

Desde su primera película, Cocoanuts (1929), pasando por sus dos mejores obras, Una noche en la opera (1935) y Un día en las carreras (1937), hasta la película que fue su canto de cisne y la última que hicieron juntos, Una noche en Casablanca (1946), Groucho era el oficiante de todos esos estropicios y equívocos que tenían a Harpo y a Chico como sus entregados ejecutantes, mientras Zeppo trataba de concretar un romance con una bella joven y Margaret Dumont soportaba estoica las arremetidas de Groucho, para quien ella representaba la dignidad y respetabilidad que debían ser vulneradas y ridiculizadas de manera sistemática.

En otra película, Plumas de caballo (1932), Groucho canta obstinadamente una tonadilla que dice “sea lo que sea me opongo”. Ese tipo de actitudes, su oportunismo hedonista y un cinismo que rayaba con la amoralidad, desesperaba y sacaba de cabales a cualquiera que no tuviera el apellido Marx. Groucho era un dedicado iconoclasta que mezclaba juegos de palabras intraducibles, chistes que apelaban al intelecto o al absurdo e insultos sutilmente afilados que tenían como blanco predilecto a la señora Dumont, pero que también explotaban en hombrecillos rígidos y convencionales, como a aquel a quien le dijo: “Nunca olvido una cara, pero con usted voy a hacer una excepción.”

Así como aprovechó la llegada del cine sonoro, Groucho Marx tomó uno de los primeros puestos de privilegio cuando irrumpió la televisión. Durante casi quince años fue el conductor de un popular programa (que también se transmitía por radio) llamado “Apueste su vida”. El cine lo dejó porque ya sus huesos no estaban para tanta exigencia física y porque vio que su ciclo llegaba a su fin. De todas formas ese puñado de películas que Groucho hizo con sus hermanos, mucho antes de su muerte hace veinticinco años, ya se había convertido en uno de los más importantes y preciados legados del cine.

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