La melancolía busca familia

Por Oswaldo Osorio

La libertad en Hollywood es privilegio de unos pocos: de quienes tienen mucho dinero o de quienes tienen mucho talento. Los primeros apelan casi siempre a la libertad megalomaniaca y caprichosa y los segundos a la libertad creativa. Paul Thomas Anderson pertenece al segundo grupo, y es por eso que ha conseguido realizar en el propio seno de la meca del cine unas películas originales y audaces y llenas de melancolía y humanismo, al principio de manera solapada y luego con la complicidad de algunas de sus instancias.

Este joven director californiano llamó la atención del mundo entero en 1998 apuntalado en el cine porno, podría decirse. Su recreación de lo que fuera aquella industria en los excesivos años setenta en la película Boogie nights fue tan llamativa como contundente, en especial por lo que consiguió con la dirección de actores y con la construcción de un relato complejo y eficaz que no sucumbió a ningún tipo de prejuicio frente a un tema tan singular como inédito.

Precisamente esta declarada fascinación por el mundo de la pornografía, y en especial por la vida de una de sus estrellas (John Holmes) había sido el inicio de su carrera como director, cuando realizó un falso documental titulado Dirk Diggler, un corto que sirvió como base para Boogie nights, pero también como sustituto de lo que, según él, pudo haber aprendido en una escuela de cine.

Su formación empírica se complementó en programas televisivos que le sirvieron no sólo para ganar más experiencia y el dinero para capitalizar su opera prima, sino también para conocer a muchos de sus colaboradores más cercanos, que lo han acompañado en sus cuatro películas, lo que en buena medida ha sido garantía del nivel de calidad y la definición de un estilo en su cine.

Este estilo tiene tanto que ver con aspectos formales como con la creación de sus personajes, la elección de sus temas y en general la concepción de un universo que cruza su obra sin importar lo distintas que sean cada una de las historias. Sidney: juego de prostitución y muerte (Hard eight, 1996), por ejemplo, es un introspectivo thriller sobre dos jugadores de cartas y una prostituta; mientras que Magnolia (1999) es una caleidoscópica mirada a las tristezas y soledades de un grupo de personas, que además es narrada con un pasmoso virtuosismo; y Embriagado de amor (Punch-drunk love, 2002) una turbadora comedia romántica con un patético hombrecito lleno de neurosis y complejos.

Lo que tienen en común estas historias es, en esencia, una preocupación, más que por lo que les pasa a sus personajes, por lo que sienten y por la forma en que el mundo y la relación con las demás personas los afecta. Es decir, en las películas de Paul Thomas Anderson se privilegia el universo de los personajes y las atmósferas que pueda crear a su alrededor por encima del argumento y del relato fácil y convencional. Aunque permanentemente en sus historias están ocurriendo cosas, incluso con una vertiginosidad a punto del colapso.

Esta preocupación por sus personajes se traduce en lo que parece ser la búsqueda permanente de una familia, o más bien, su sustituto: en Sidney... el viejo jugador encuentra a una pareja de hijos en un par de desheredados de la fortuna; Dirk Diggler en Boogie Nights la encuentra en el equipo de producción de sus películas; en Magnolia, cada quien está en pos de la familia, huyendo de ella o buscándola; y en Embriagado de amor el consternado Barry cambia a sus siete detestables hermanas por la mujer de su vida.

Todo este panorama parece muy triste y angustiante, y de hecho lo es en un principio, pero justamente se trata sólo del punto de partida de estas historias y personajes, porque por más atribulados y desolados que parezcan, siempre en el fondo hay algo alentador o esperanzador que resulta gracias a ellos mismos y que Paul Thomas Anderson nos lo presenta siempre de forma cálida y emotiva, a veces cruda pero no exenta de poesía y humanismo.

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