Por Oswaldo Osorio 

Eros nace del vacío y de la tierra y se
constituye en la fuerza de atracción universal
-Hesiodo-

La cartelera de cine de la ciudad ha estado llena de amor durante las últimas semanas: El amor perjudica seriamente la salud, de Manuel Gómez Pereira, Hechizo de amor, de Griffin Dune, Amor Prohibido, de Marshall Herovitz, Mensaje de amor, de Luis Mandoki, etcétera; además de otras tantas películas que no traen el amor en su título pero sí como tema principal de su argumento: Por siempre, de Andy Tenant, La camarera del Titanic, de Bigas Luna, Tienes un E. mail, de Nora Ephron, Shakespeare apasionado, de John Madden, y otra vez etcétera.

Paradójicamente (salvo el filme de Bigas Luna) ninguna de ellas  ameritaría ser reseñada o criticada con un mínimo de profundidad, a causa de la ligereza o desatino con que todas han abordado un tema tan serio y trascendental para los hombres y en un medio con tan ricas posibilidades como es el cine. La mayoría de estas películas han reducido su respectiva historia de amor a la anécdota, a la superficialidad, al lugar común o a todas las anteriores; desatendiendo todo lo que pueden significar las palabras de Hesiodo y de otros muchos hombres en todas las artes, que a pesar de tantos siglos dándole vueltas al mismo tema, han podido decir cosas inéditas y de forma siempre diferente.

Y es que el amor, junto con la muerte, son los dos temas más universales e intemporales que existen. El cine, desde sus orígenes, hizo del amor su principal protagonista, hasta el punto de poder afirmar que en el clasicismo cinematográfico las historias de amor, ya fuera como tema central o incorporadas a un contexto o anécdota, se convirtió en un elemento totalmente imprescindible. Por eso siempre lo hemos visto, padecido e idealizado en la pantalla grande, desde las primitivas adaptaciones de Romeo y Julieta, pasando por lo que fuera una suerte de boom de las películas de amor en los sesentas y setentas, que tuvo en Un Hombre y una Mujer (Claude Leloch, 1966) y en Love Story (Artur Hiller, 1971) sus principales hitos, hasta la erotización y sexualización del amor en el cine actual, que tiene en ese video clip de dos hora llamado Nueve semanas y media (Adrian Lyne, 1986) uno de sus principales puntales.

Con el amor en el cine no se puede hablar exactamente de un género, pues éste los cubre y condiciona a todos: el horror, Con la Novia de Frankestein; el western, con Johnny Guitar; la ciencia ficción, con Barbarela; y en fin, el drama, la comedia, la acción, todo está sobornado por “esa divina llama, ese triste humo”, como alguien lo definiera alguna vez. Y en su tratamiento, este soborno viene desde el más básico esquema argumental, el convencional “chico conoce chica” hollywoodiano; hasta la reflexión profunda, casi tormentosa, que directores como Igmar Bergman o Michelangelo Antonioni hacen de este sentimiento, despojándolo sin miramientos de su aura de romanticismo, filmes como Escenas de la vida conyugal, del primero, y La noche, del segundo, buena cuenta pueden dar de ello.

El cine también ha tratado el amor con un apasionamiento, que muchas veces ha rayado con el morbo, cuando éste ha dejado de ser una solución para convertirse en un problema que tiene nombres como infidelidad, incertidumbre, celos, inestabilidad o cualquiera de esos infiernos. De aquí se desprenden algunos tipos de historias: el famoso y exacerbante amor fou (que ha alcanzado una de sus más altas cotas con La mujer de al lado, de Francois Truffaut), el amor apasionado, el inconsecuente, el idealizado, las atracciones fatales y el desamor, éste último tan amplio y complejo y con tantas historias contadas como su contrario.

La comedia romántica

Tal vez la única modalidad para contar historias de amor que ha hecho una firme carrera como género ha sido la comedia romántica. Incluso se podría decir que más o menos la mitad de estas historias de amor son comedias románticas, las cuales tienen unas características bien conocidas, que se empezaron a definir en la década del treinta cuando las screw-ball comedies comenzaron a tener una considerable presencia en la producción de Hollywood. Claro que no sólo en Hollywood, porque este género, como pocos, se distingue por la uniformidad que ha tenido en sus elementos constitutivos, cualquiera que sea la nacionalidad donde se realice. Aunque no se puede negar la influencia que la Meca del cine ha tenido en la formulación de estos elementos.

Primero que todo, su supervivencia como género depende de su adaptación a las nuevas condiciones sociales que rigen la guerra de los sexos, desde la liberación sexual y femenina de los años sesenta, con todo lo que esto pudo significar en la redefinición de las relaciones de pareja; pasando por la erotización de las historias y la subida de tono y contenidos del lenguaje y las imágenes sugeridas; hasta el tratamiento francamente abierto que se ha hecho de algunos temas que fueron tabú o tratados veladamente hasta hace apenas una década, como el de la homosexualidad. Una película que evidencia esta puesta al día de las historias de amor (aunque no se trata de una comedia), es Lolita, la obra de Vladimir Navokov llevada al cine con más de treinta años de diferencia por Stanley Kubrick primero y Adrian Lyne después.

El poder liberador de la comedia romántica es que permite a los adultos comportarse como niños, por eso sus personajes casi siempre se actúan como tontos por cosas muy serias: esta es la principal clave del género. Así mismo, hay más comedias románticas sobre cómo se conoce una pareja que sobre cómo se mantiene unida, porque de esto último es de lo que normalmente se ocupa el drama.

Son propios también del género los enredos, las mentiras y los equívocos. Casi siempre hay un tercero en discordia, ya sea hombre, mujer o cosa, que a la larga termina poniendo en evidencia el amor de la pareja, pero no sin antes propiciar situaciones de crueldad, humillación y acoso, porque en estos casos todo está permitido. Y bueno, lo más característico de la comedia romántica y que siempre la diferencia del drama, es su ineluctable final feliz, materializado generalmente con un beso (casi siempre con aplausos en el caso gringo), que es la satisfacción del deseo y el comienzo de una relación estable.

El cine seguirá contado historias de amor, con eso estamos conformes y contentos. Pero lo que sí se está haciendo menos tolerable, es esa subutilización y subvalorización del tema por parte de muchos realizadores, sobre todo los de Hollywood, como siempre. Incluso las comedias románticas no necesariamente tienen que tomarlo tan a la ligera, películas como Harry & Sally (Rob Reiner) o Felpudo maldito (Josiane Balasko) demuestran que el cine inteligente y reflexivo no es incompatible con este género. Sólo pedimos más respeto con el amor y con los espectadores y menos películas como las que encabezan este texto. Eso es mucho pedir, pero no imposible de cumplir.

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