Oswaldo Osorio

Las misiones y viajes espaciales en el cine  parecen ser un medio propicio para reflexionar, de forma compleja y hasta trascendental, sobre asuntos esenciales, como la naturaleza humana, el sentido de la existencia y el destino de la humanidad. Eso está claro desde hace medio siglo con  2001: Una odisea espacial (Stanley Kubrick, 1968). La nueva película de James Gray, Ad Astra, parece tener esas pretensiones, pero termina anegándose en un sobre expuesto conflicto emocional del protagonista sin peso ni fuerza.

Kubrick en su odisea sorprendió con novedades en los efectos especiales, el realismo científico y un abstracto argumento que hacía alusión a esos temas esenciales mencionados antes. Ese fue el punto de referencia para quienes querían hacer de la ciencia ficción y los viajes por el cosmos algo más que pirotécnicas aventuras para un público infantilizado, además de ser la película con la que definitivamente la ciencia ficción dejó de ser un género menor.  

Era la época de la Guerra fría y la carrera espacial, por lo que a este primer golpe de cine del occidente capitalista, respondió su contraparte socialista con Solaris (Andréi Tarkovski, 1972), con un relato aún más introspectivo y complejo, pero no menos cuidadoso en su concepción visual, incluso anteponiendo el componente dramático sobre el género cinematográfico.

Luego del éxito de La guerra de las galaxias (Georges Lucas, 1977), el público volvería a esa infantilización y, al menos en la línea de viajes espaciales, habría que esperar a que Contacto (Robert Zemeckis, 1997), basada nada menos que en un libro de Carl Sagan, le devolviera ese aire trascendental a este tipo de relatos. Incluso otra película de Hollywood de ese mismo año, Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997) de cierta forma lo logró, a pesar de que tenía un componente de cine de horror. 

Hasta las comedias como Guía del autoestopista galáctico (Douglas Adams, 2005) que han emprendido este largo viaje, en medio de su ingenioso humor le dan puntadas a esas ideas de peso que se quedan luego de que la película se termina. De las misma forma que lo hizo Danny Boyle con Sunshine (2007) o Christopher Nolan con  Interestelar (2014). Filmes que en su misión de salvar a la Tierra emprenden un viaje que, de nuevo, sirve como excusa para plantear serios cuestionamientos sobre la humanidad y cómo esta se relaciona con el tiempo y con el cosmos.

Es por eso que ad Astra solo se puede ver como una película indecisa entre esa trascendentalidad (que finalmente cambia por sensiblería) y su afán por incrustarle de mala manera algunas secuencias de acción forzadas o innecesarias, como la de los “simios asesinos espaciales”, que parecen sacados de la trama de una película de serie B.

Publicado el 22 de septiembre de 2019 en el periódico El Colombiano de Medellín.

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