Las espadas y sandalias contraatacan

Por: Oswaldo Osorio

Ante el estreno de dos nuevas películas sobre Hércules, otro par sobre Pompeya y la segunda entrega de 300, es evidente que las llamadas "películas de romanos" han iniciado un nuevo ciclo que ya venía tomando impulso desde Gladiador, Troya y las dos entregas de Furia de Titanes. Pero, como se puede ver en los títulos citados, lo que menos hay aquí es romanos y es por eso que el término más preciso para referirse a este tipo de cine es Péplum. Aunque en algún momento también hizo carrera el rótulo de "cine de espadas y sandalias".

El término péplum fue sacado de una prenda de vestir de aquellos tiempos (una túnica sin mangas atada en los hombros), fue acuñado por el crítico Jacques Ciclier en la edición de mayo de 1962 de la revista Cahiers Du  Cinéma y se refiere a todas las películas cuya trama se desarrolla en la antigüedad, esencialmente greco-romana, pero que en general cubre también historias bíblicas, de la época de Jesucristo, mitológicas, de Egipto, Mesopotamia y cuantos pueblos y civilizaciones existieron algunos siglos antes y después de Cristo.   

Para los inicios del cine ya se habían hecho muchas de estas películas, sobre todo en Italia, con títulos que datan de 1905, aunque de corta duración (uno o dos rollos, como se medía el cine entonces). Pero paulatinamente se fueron haciendo más largas en duración y ambiciosas en producción, hasta llegar a hitos del cine mudo como Quo Vadis? (Filoteo Alberini, 1912) o Cabiria (Giovanni Pastrone, 1914). Esta última aún goza del prestigio propio de un clásico, por la monumentalidad de su producción (algunos usaron el término de "Cine mamut" para referirse a este ciclo), su larga duración (tres horas o diez rollos) y hasta la participación en el guion de Gabrielle d'Annunzio (fue promocionada incluso como la primera película de la historia en la que un gran escritor hacía parte de una producción cinematográfica).   

Eventualmente en Hollywood se hicieron importantes películas de péplum, como Intolerancia (David Griffith, 1916) o Los diez mandamientos (Cecil B. Demille, 1923), pero habría que esperar unas décadas para que Hollywood encontrara, en este periodo y sus temas, una cantera ideal para crear esas colosales películas con las que quiso recuperar el público que estaba perdiendo con la reciente popularidad de la televisión, esto con la lógica de oponer el viejo e infalible cine monumental cargado de acción y aventuras a la nueva pantalla chica de tramas y espacios reducidos. A este ciclo pertenecen filmes como Sansón y Dalila (Demille, 1948), Quo Vadis? (Mervyn LeRoy, 1951), La túnica sagrada (Henry Koster, 1953), Los diez mandamientos (Demille, 1956), Ben-Hur (William Wyler, 1958), Espartaco (Stanley Kubrick, 1960) y Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, Rouben Mamoulian, 1963).

El regreso a Italia

Estas cintas, sin embargo, fueron solo una tendencia dentro de Hollywood en aquella época, porque donde sí se convierte en una verdadera industria fue en Italia. En los últimos años cincuenta y los primeros sesenta se realizaron en aquel país más de cien películas de este tipo, algunas de las cuales podían ser grandes producciones, pero que sobre todo fueron productos de bajo presupuesto realizados en serie, pensadas más para el entretenimiento que por su rigor histórico y exportadas con la misma facilidad que la pizza y la pasta.

El ciclo inició con el héroe por antonomasia de aquellos tiempos: Hércules (Pietro Francisci, 1958), protagonizada por el célebre fisiculturista Steve Reeves, lo cual es un indicio del tipo de cine que pretendía ser este, que privilegiaba la musculatura y buen porte sobre el talento actoral (cosa que no pasaba con los villanos). Luego de una segunda entrega tras el enorme éxito de esta película, se vino una avalancha de películas péplum entre las que había de todo, desde algunas súper producciones y cintas de calidad, hasta innumerables cintas de consumo cargadas de acción, algo de erotismo, desidia por la exactitud histórica y disparates o excesos que rayaban con el kitsch. Esta etapa del cine italiano vio su fin con el advenimiento del spagetti western que, guardadas las diferencias temáticas, espaciales y temporales, en términos de producción e industria fue un ciclo muy similar. 

Aunque no se puede considerar un género cinematográfico propiamente dicho, por todo el rango que cubre en términos de tiempo y espacio, así como por la gran variedad de temas e historias que este inmenso rango puede propiciar, sí se pueden identificar unas características generales: la radicalización moral entre buenos y malos, la presencia del clásico héroe que lucha con muy poco contra un tirano o un régimen, las secuencias de acción tanto de lucha cuerpo a cuerpo como de grandes batallas, las intrigas palaciegas o por el poder, un velado erotismo y, claro, la historia de amor.

El nuevo furor por este tipo de cine que estamos presenciando se puede explicar desde varias razones: la facilidad con que, gracias a la imagen digital, se pueden recrear aquellos antiguos escenarios y simular grandes masas de personas, así como los seres fantásticos propios de la mitología (¡Liberen al Kraken!); las posibilidades de crear secuencias de acción y confrontaciones que no estén mediadas por artefactos o tecnología, lo cual siempre representará una forma de representación más dramática y una emoción más vívida en el espectador; y el simple hecho de que puede contener todos esos ingredientes básicos del más puro cine de entretenimiento: los atractivos escenarios, las grandes historias, la contienda entre el bien y el mal, la historia de amor (imposible), la posibilidad de fantasía y el héroe que lucha solo con su fuerza, su bondad, carisma y temeridad.

Publicado el 10 de marzo de 2014 en el periódico El Colombiano de Medellín. 

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