No solo soy una cara bonita

Por: Oswaldo Osorio

Cuando en Operación Monumento alguien felicita al personaje interpretado por George Clooney por un logro que obtuvo, este le responde: "No solo soy una cara bonita". Y efectivamente, lo mismo se puede decir al considerar la carrera como director de quien  es -y esto en otros casos parecería contradictorio-  una de las principales estrellas y símbolos sexuales de Hollywood durante, al menos, las últimas dos décadas.  

Son solo cinco películas, y aunque no mantiene una consistencia en las características y calidad entre todas ellas, sí ha conseguido lo suficiente como para considerarlo un director de respeto, con un par de grandes títulos, sin ningún proyecto que decepcione por completo y la promesa de que pueden venir mejores y más grandes cosas en su carrera tras la cámara.

Ciertamente esta carrera tenía que parecerse a su recorrido como actor, esto es, un trabajo definido por una saludable versatilidad que va desde comedias desenfadadas (sin ser tontas) hasta adustos y certeros dramas comprometidos políticamente. Y en todos ellos el mismo Clooney combinando su trabajo de director como actor, pero sin necesariamente verse tentado siempre por el rol protagónico.

Su ópera prima es Confesiones de una mente peligrosa (2002), un abigarrado relato en el que más o menos supo materializar las siempre elusivas realidades del sesudo guionista Charlie Kaufman. Pero es con su segunda película, Buenas noches, y buena suerte (2005), una limpia historia sobre la censura en la televisión durante los años cincuenta, con la que demuestra todo lo que se puede esperar de él: un sólido relato, sustentado en una premisa con una gran carga ideológica y, como sería de esperar, con un consistente y versátil trabajo de los actores.

Luego llega con Ella es el partido (2008), una juguetona historia sobre los inicio del fútbol americano, una cinta divertida, perspicaz y entretenida, justo como la imagen que proyecta George Clooney cuando hace de estrella de cine; para luego dejarse venir con Los idus de marzo (2011), un regio thriller político en el que se muestra implacable develando las sinuosidades de la siempre cuestionable ética de quienes están envueltos en la política, especialmente en tiempos de campaña.

De acuerdo con la lógica como ha venido construyendo esta aún corta carrera de cineasta, lo que seguiría sería otra historia más ligera en su tema y tratamiento, que son justamente las características de esta última película, Operación Monumento (2013), la cual cuenta la historia de aquel destacamento de soldados durante la Segunda Guerra Mundial que fuera encargado de recuperar las miles de obras de arte robadas sistemáticamente por los nazis en toda Europa.

Se trata más de una "película de actores" en términos del deleite que se pueda obtener de ella, pues la trama no dice nada más allá de la anécdota descrita antes y la apuesta principal fue hecha por la variedad y el colorido del grupo de soldados encargados de la misión, así como de las relaciones que establecen entre sí y su entregada pasión por el arte y lo que este representa: la historia y el más noble espíritu de la humanidad. 

No se trata tampoco de un gran director que pasará a la historia, incluso como actor lo más probables es que la posteridad lo recuerde vagamente como ahora recordamos a Glenn Ford o Rock Hudson, por ejemplo, pero se agradece cuando una estrella de Hollywood hace algo más que interpretar al mismo personaje una película tras otra, como ocurre tal vez con un Tom Cruise o un Nicholas Cage; sino que, además de tratar de variar su registro en distintos proyectos, también tenga la capacidad de hacer sus propias películas y, de cuando en cuando, sacar un buen título que incluso llegue a recordarse más que su nombre.  

Publicado el 23 de febrero de 2014 en el periódico El Colombiano de Medellín.

 

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